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la pantalla global

Lloyd Kaufman: el genuino rey de la basura

Se publica en España Todo lo que siempre quise saber sobre cine lo aprendí de ‘El vengador Tóxico’, la divertida biografía del fundador de la productora Troma

30/10/2015 - 

VALENCIA. El negocio del entretenimiento está lleno de personajes arrogantes y pretenciosos, a menudo carentes de talento, cuyo ego no cabe en un estadio de fútbol. A Lloyd Kaufman, el fundador de la productora Troma, no puede decirse que le falte ego, pero al menos es consciente de lo que se trae entre manos: “Aunque creo haber tenido suerte de vez en cuando, muchas de las películas del catálogo Troma son, usando un término técnico, una basura”. Lo asume bien pronto, en la página 21 de Todo lo que siempre quise saber sobre cine lo aprendí de ‘El Vengador Tóxico’, un desternillante libro de memorias escrito en colaboración con James Gunn (hoy célebre director de Guardianes de la galaxia) y publicado originalmente en 1998, que finalmente ha sido traducido al castellano por Tyrannosaurus Books.

Serie Z hay mucha, pero Troma juega en su propia liga. Fundada en 1974, la compañía ha sobrevivido más de cuarenta años en la jungla cinematográfica americana, produciendo cine de bajo presupuesto según una curiosa norma: “Cuando realizamos una película, a menudo no filmamos lo que queremos, sino lo que podemos”. Junto a su inseparable socio, Michael Herz, han logrado hacerse un hueco en el corazón de un público sin prejuicios, adicto a la casquería y el despendole, que no se preocupa demasiado por los fallos de raccord, los efectos especiales de baratillo o las interpretaciones infames, siempre y cuando el resultado final permita echarse unas buenas risas. Así se han forjado auténticos mitos del cine trash como El Vengador Tóxico (The Toxic Avenger, Lloyd Kaufman y Michael Herz, 1984).


Según Kaufman, más que como un libro de historia, su escrito “es valioso para jóvenes cineastas, como manual práctico y espiritual sobre la dirección de películas independientes”. Obviamente, en el mundo del cine ha llovido mucho (y de muy diversas maneras) desde que lo escribió, y casi nadie rueda ya en celuloide o trata de estrenar cine de explotación en las pantallas comerciales, pero el aluvión de anécdotas y datos curiosos que relata en sus cuatrocientas páginas mantienen la vigencia y explica de manera meridiana su filosofía artística. Así lo reconoce Roger Corman en una amable introducción en la que, de algún modo, cede a Kaufman el lugar de privilegio en el podio de los titanes del bajo presupuesto y la escasez de recursos. Lógico, teniendo en cuenta que American International es uno de los modelos de Troma. El otro, con menos pedigrí, es la Cannon, donde Kaufman trabajó en sus inicios, una productora de cine de consumo rápido que ha sido reivindicada recientemente gracia al documental Electric Boogaloo: La loca historia de Cannon Films (Mark Hartley, 2014).


En las tripas de la bestia

Kaufman, a punto de cumplir setenta años, ha sido durante mucho tiempo un habitual en festivales de cine de todo el mundo, donde aprovechaba para hacer publicidad de sus películas acompañado de algún incauto disfrazado de Vengador Tóxico, repartiendo flyers y tratando de convencer a quien quisiera escucharles de las bondades de sus películas. Hábil tahúr del marketing, se le podría descalificar asegurando que no es más que un mercachifle y un embaucador de tercera, pero las cosas no son tan sencillas. De hecho, dio sus primeros pasos trabajando en la industria de Hollywood, con el director John G. Avildsen, para quien realizó labores de producción en Rocky (1976) y búsqueda de localizaciones en Fiebre del sábado noche (1977), antes de que el proyecto fuera a parar a manos de John Badham. Incluso formó parte del equipo de producción de Mi cena con André (Louis Malle, 1981).

Pero él prefería hacer otras cosas, entre ellas distribuir películas que de otro modo no hubieran encontrado hueco en las cartelera americanas. Como cuenta en el libro, su idea era crear “un pequeño estudio que podría resultar único e hiciera películas de horror, sexo y ciencia ficción dirigidas a un determinado tipo de público. Si hacías una comedia romántica, cabía la posibilidad de que no la viera nadie, pero si hacías una película de monstruos o con muchos pechos, tenía asegurado cierto público, pasara lo que pasara”. Y empezaron con las tetas. De hecho, aunque Troma se ha ganado un lugar en la historia por sus monstruos mutantes y su violencia gráfica, sus inicios como productora se circunscriben a comedias sexys como Squeeze Play (1979), una cinta “rodada sobre la marcha” que generó beneficios y marcó su modelo a seguir, hasta que los grandes estudios descubrieron el filón y filmaron Porky’s (1982), Movida de verano (1983), Hot Dog (1984) y otras, que además, y “para empeorar la situación, se aprovechaban de la desleal ventaja de contar con una iluminación adecuada, buenos guiones y actores decentes”, como reconoce socarronamente Kaufman.


Así pues, tocaba dar un giro. “Mientras algunas compañías de serie B intentan copiar a las grandes, y otros independientes se limitan a pasar de ellas, Troma busca claramente hacer exactamente lo contrario de lo que se espera que hagamos”, subraya Kaufman. “Por supuesto, escuchamos a los expertos, pero luego hacemos lo opuesto. A veces, esto nos da beneficios económicos; tenemos suerte y llenamos ese nicho de mercado abandonado por los grandes estudios. Pero, sobre todo, lo hacemos porque odiamos el statu quo y nos gusta sacudir un poco las cosas. Tenemos mala pinta, llevamos chaquetas de polipiel. Ese fue uno de los motivos principales por los que empezamos a rodar El Vengador Tóxico”. Y dieron con la fórmula, no solo porque a fecha de hoy ya han realizado tres secuelas y una major tiene los derechos sobre el personaje para hacer un remake que, en principio, dirigirá Steve Pink (Jacuzzi al pasado), sino porque inauguró un estilo que seguirían en otros títulos como Mutantes en la Universidad (Class of Nuke ‘Em High, 1986), que también originó dos secuelas, y comenzaron a forjarse una imagen que a lo largo de los años ha fascinado a cineastas como Quentin Tarantino, Peter Jackson, Kevin Smith o Sam Raimi, todos ellos admiradores confesos de la productora.


Ninguno de ellos ha trabajado en Troma, pero sí lo hicieron otros que en el inicio de sus carreras no tuvieron acceso a grandes producciones y dieron sus primeros pasos en el submundo de la serie Z. Como una desconocida Marisa Tomei, que tiene un minúsculo papel (sin frase, solo grita) en El Vengador Tóxico; o Billy Bob Thornton, a quien se puede ver en Chopper Chicks in Zombietown (Dan Hoskins, 1989). La lista, ya sea de producciones propias o de material ajeno perteneciente a su catálogo de distribución, incluye a Samuel L. Jackson (búsquenlo en la interesante blaxploitation vampírica Def by Temptation, 1990) y Oliver Stone (que actúa en The Battle of Love’s Return, 1971), entre otros. También supieron darse cuenta de que Kevin Costner se convertiría en una estrella y compraron los derechos de Malibú (Sizzle Beach USA, Richard Brander, 1981) y Shadows Run Black (Howard Herad, 1984), con las que Troma ha recaudado unas ciento cincuenta veces la inversión en ambas películas. Y no conviene olvidar que fueron los primeros en dar una oportunidad a Trey Parker y Matt Stone, los creadores de South Park, a los que ayudaron con su opera prima, la desternillante Cannibal! The Musical (1993). Hasta J.J. Abrams, el nuevo Midas de Hollywood, trabajó para Troma, cuando solo era un adolescente, componiendo la banda sonora de Nightbeast (Don Dohler, 1982).


Discurso beligerante

Con el tiempo, Troma se ha convertido en una productora de culto, que garantiza tanta diversión como malas películas. El estudio ha sabido crear una imagen de marca que abarca desde el nombre de la ciudad donde se desarrollan la mayoría de sus historias (Tromaville), hasta algunos de los títulos de sus films, como Troma’s War (Michael Herz y Lloyd Kaufman, 1988) o Tromeo & Juliet (Lloyd Kaufman, 1996), pasando por personajes icónicos como Sgt. Kabukiman NYPD (Michael Herz y Lloyd Kaufman, 1990). Pero no todo su catálogo merece acabar en el vertedero. Entre la larga lista de cintas que han producido, también se pueden encontrar pequeñas joyas de género, como la entrañable El monstruo en el armario (Monster in the Closet, Bob Dahlin, 1986) o una maravilla que combina expresionismo y cine de vanguardia titulada Screamplay (Rufus Butler Seder, 1985), y que ha sido considerada, no sin razón, un precedente directo de BartonFink (Joel y Ethan Coen, 1991).


Aunque ha atravesado momentos difíciles a lo largo de su historia, Troma mantiene el tipo contra viento y marea. Y no es una frase hecha. Kaufman enarbola un discurso beligerante contra la gran industria que muchos han tildado de conspiranoico, y que a veces pasa desapercibido entre sus constantes chistes escatológicos, pero que está perfectamente articulado y no carece de argumentos de peso. Como productor independiente, se las tiene que ver a menudo con las instituciones cinematográficas estadounidenses, que obviamente velan por salvaguardar los intereses de las majors, y para quienes Kaufman ha sido una molestia durante décadas, al poner al descubierto su diferente vara de medir. Troma tiene problemas constantes de censura (ejercida por la MPAA, organismo para la calificación de películas en EE UU), mientras a otros se les trata con diferente rasero. Beware: Children at Play (Mik Cribben, 1989), por ejemplo, sufrió numerosos cortes para obtener la autorización para menores de 13 años, entre ellos el de una secuencia en la que se le arranca el corazón del pecho a un hombre. Una escena muy parecida a la que se puede ver en Indiana Jones y el templo maldito (1984), pero los censores no pusieron ninguna pega a la película de Steven Spielberg.


Es una guerra que Kaufman sabe que tiene perdida, pero eso no le hace callar. Es consciente de que sus productos son de ínfima calidad, pero también que parte siempre con desventaja, porque la censura nunca tiene que ver con la moral, sino con el dinero. Sus películas son consideradas ofensivas, pero él tiene su propio criterio: “Pretty Woman (Garry Marshall, 1990) tiene muy pocas cosas de las que se consideran ofensivas por parte del público en general y la MPAA. No tiene vello púbico, alegres pezones o escenas sangrientas de las que se ven en las noticias cada noche. Y gracias a Dios apenas contiene palabrotas. En su lugar, Pretty Woman enseña a mis hijas que la vida de una prostituta –no de una escort de lujo, sino de una puta callejera– no está tan mal. Seguramente se acabe casando con un príncipe millonario”. Juzguen ustedes si es un discurso menos peligroso que el de El Vengador Tóxico.


Son solo algunas de las opiniones vertidas por Kaufman en un libro salpicado de anécdotas (rechazaron a una desconocida Madonna en un casting), chistes malos y curiosidades, que la propia Troma adaptó al cine (de aquella manera, claro) en TerrorFirmer (Lloyd Kaufman, 1999). Pura cultura pop para amantes del cine sin prejuicios, que a buen seguro disfrutarán viendo desfilar por sus páginas a zombies paletos, surferos nazis, superhéroes mutantes, moteras asesinas, abuelas caníbales y hasta una Julieta llena de piercings que haría a Shakespeare revolverse en su tumba. El perfecto manual para saber todo lo que no hay que hacer (o sí, según se mire) para triunfar en el mundo del séptimo arte.

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