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ciclo de películas en la sgae

Los años en los que España se permitió ser salvaje hasta en el cine

La transición se pensó y se repensó durante la Transición. Entre tanto cambio, hubo espacio para la transgresión y también para la censura. La SGAE de València ha hecho un ciclo con algunos de los títulos más representativos

17/09/2019 - 

VALÈNCIA. Por exceso o por defecto, los cineastas durante la Transición vivieron hasta el final la libertad que se respiraba en una España que lo tenía todo por hacer. Era 1977 y el recuerdo de Franco aún no había normalizado el ambiente. A marchas forzadas, unas elecciones debían cambiar todo con una parte de la población aún con la mente pensando en que lo de que te gobernara un dictador no estaba tan mal. Ante esto, el activismo por la democracia (en el sentido más amplio de esta) acabó bañando todos los ámbitos: el educativo, el social, y por supuesto, el cultural. A golpe de 25 fotogramas por segundo, un grupo de cineastas puso en pantalla aquellas reivindicaciones que la gente tenía, las que no salían en los telediarios, las que no se podían contar. Eran carnales, sociales, amorosas. En todo caso, una vergüenza nacional.

A partir de hoy, la sala SGAE propone hacer un repaso por este cine activista, que no es radical ni en su fondo ni en su forma, sino que muestra como el cine popular también se ocupó de retratar la España que luego fue a medias. La primera película, que se proyecta hoy, es Asignatura Pendiente, de José Luis Garci, con guion del mismo y José María González Sinde. En ella, José y Elena, un antiguo y fugaz amor adolescente se perdieron la pista hace años. Un fortuito encuentro desata un affair que en realidad es pura poesía falocéntrica. El personaje al que pone piel y voz José Sacristán es en realidad un reflejo de la juventud española ante la posibilidad de engañar a la España en la que ha vivido hasta ahora para satisfacer sus deseos más enterrados: la libertad. Convierte así al ligoteo en un hecho político, y de paso, recuerda al conservadurismo de entonces que la manera en la que las parejas se iban a relacionar también cambiaría a partir de ahora. 

Tigres de papel

Le seguirá el film Tigres de papel, el comienzo del cine de Fernando Colomo. Cuentan las crónicas cinematográficas que Colomo pensaba haber hecho una obra profunda, pero cuando se proyectó en el festival de San Sebastián, la gente empezó a reirse y se acabó promocionando como una comedia. Fue una de las primeras películas bajo la etiqueta de "comedia madrileña". También fue una de las primeras en las que un personaje fumaba un porro. Eso formaba parte de la comedia entonces, pero en realidad, la gente no veía que en las contradicciones de una pareja progresista separada se hallaba un reflejo de cómo respondería la política a las aspiraciones sociales de la ciudadanía años adelante. Y ese porro no era reivindicación vacía, sino el retrato de una España que se iba a enfrentar con sus propios sueños en una época en la que no soñar se veía mal, sobre todo en Madrid. Por eso, Colomo decidió enmarcar toda la historia con las primeras elecciones democráticas como telón de fondo.

Lo mismo pasa con el tercer título en cuestión, El disputado voto del señor Cayo, una adaptación basada en un novela de Miguel Delibes que fue llevada a la pantalla por Antonio Giménez Rico. En el film, dos militantes socialistas y un candidato del mismo partido viajan a Burgos para hacer campaña por pueblos del norte de la provincia. El señor Cayo, que vive en un pueblo con tan solo otras dos personas, les hará ver una realidad que buscaba superar las dinámicas y las aspiraciones urbanitas de una clase política que se estaba creando casi desde cero. De paso, descentralizó el relato de la Transición, que únicamente se relataba desde Madrid. Y ya se empiezan a lanzar ideas (está rodada en 1986, con la Transición ya consolidada y acabada) de cómo el país que finalmente se había construido no escapa de las dinámicas de los partidos y de los viejos males del resto de las democracias representativas, con el toque especial de España. 

Foto: BEGIN AGAIN

La contraposición la marca El crimen de Cuenca, un film de Pilar Miró que se topó con la censura en el ya avanzado años 80. Miró quiso contar la historia de Gregorio Valero Contreras y León Sánchez Gascón, dos hombres que confesaron un crimen bajo las torturas de la Guardia Civil en 1913. Retratar de esa manera a la institución de Interior acabó con el secuestro de la película y con su realizadora procesada militarmente. Finalmente, años después, se pudo estrenar y ha acabado siendo uno de los episodios más recordados de esa época en la que la libertad de expresión se reivindicaba diariamente como algo positivo. 

El caso de Miró recordó que el cine, como todas las industrias culturales, tienen un límite permitido institucionalmente. La Guardia Civil situó el techo. No era en una depravación, ni en una palabra malsonante, ni siquiera en un chiste. Era en el retrato desfavorable de una institución en un país que aún se veía frágil. El contexto se acabó comiendo a la obra, que tiene valor cinematográfico en sí. Sin embargo, no será el film de Pilar Miró el que se vea en la SGAE, sino un documental realizado por Víctor Matellano que devuelve a los lugares del rodaje al personaje de "El Cepa".

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