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LA LIBRERÍA

'Los huevos fatídicos', una fábula de Bulgákov sobre el poder decisivo de la masa

El autor de la célebre novela 'El maestro y Margarita' ahonda con este libro en los peligros de ser uno frente al rebaño social, especialmente si el rebaño, asustado y confuso, inicia una estampida

4/07/2016 - 

Vladimir Ipátevich Pérsikov es un profesor eternamente enfrascado en sus estudios, un zoólogo especialista en reptiles que lo último que desea es un excesivo contacto con el resto de seres humanos, ya sean estos ayudantes, colegas de profesión o alumnos. Pérsikov es feliz en la tranquilidad de su laboratorio, su reino, la parcela que define su existencia y en la cual establece las normas. Dicen que tiene mal carácter, que es hosco y huraño. Es posible. Pero es que el profesor no le ha pedido nada a nadie, ni compañía, ni opinión sobre su persona, y por tanto, qué demonios, por él se pueden ir todos al infierno. Lo único que necesita son sus terrarios repletos de reptiles. No precisa leer el periódico ni conocer ninguna noticia de un mundo cuyas dinámicas le son completamente ajenas y dicho sea de paso, estúpidas y molestas. 

Sin embargo, su aislamiento va a cambiar cuando un buen día, analizando una serie de muestras, el profesor descubre un detalle enigmático que se le había pasado por alto en un sinfín de ocasiones: un filamento rojizo, un rayo cuyas propiedades no tienen que ver con nada que haya observado antes. El fenómeno misterioso, al entrar en contacto con un organismo vivo, actúa como catalizador de la reproducción, provocando que el ser en cuestión se multiplique de un modo rápido y espectacular: el profesor Pérsikov descubre con asombro cómo las ranas obtenidas por este método son tremendamente fértiles y de un tamaño muy superior al habitual. El rayo, amplificado mediante lentes y aplicado en una cámara, ofrece unos resultados sorprendentes que pronto llaman la atención de todos aquellos quienes ni por asomo se habían interesado nunca en sus experimentos. 

El problema es que Pérsikov ha dado con algo grande y suculento en el peor momento. A la vez que sus sujetos irradiados proliferaan y se multiplican a un ritmo vertiginoso, el país vive con consternación una terrible plaga que está aniquilando sin piedad a todas las gallinas. Granja tras granja y corral tras corral, los pobres animales agonizan de un modo terrible para finalmente morir entre vómitos y espasmos, llevando a la desesperación a sus propietarios, testigos atónitos de una plaga cuyo origen nadie conoce y que les está dejando sin una parte importante de su dieta y de sus ingresos. Sin más medidas que la cuarentena y la prohibición de criar gallinas, el gobierno se muestra poco preparado para atajar la crisis. Al menos hasta que alguien repara en el potencial del rayo de la vida de Pérsikov, tal vez una salida providencial e inesperada para el drama que asola pueblos y ciudades. Si el rayo funciona con anfibios y reptiles, ¿por qué no debería hacerlo con las gallinas? ¿Qué es lo peor que podría pasar en caso de que las cosas no saliesen en base a lo previsto?

Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891-1940), autor de la archiconocida novela El maestro y Margarita, fue capaz de ver ya en mil novecientos veinticinco lo que ocurre cuando el progreso llega de forma precipitada y es gestionado por incompetentes. Los huevos fatídicos, editada por Nevsky, es una crítica feroz a casi todos los estamentos de un establishment que poco ha cambiado desde entonces: los gobiernos siguen velando por el interés de unos pocos desoyendo las voces críticas con su gestión, los medios siguen atropellando con su velocidad al público e incluso a la propia actualidad, la masa sigue moviéndose de un modo brusco como un banco de peces que vira en una dirección y en otra en función de estímulos que muchas veces no son tan amenazantes o apremiantes como parecía. 

En esta novela el ataque es constante: empleando un humor fino y un discurso plagado de dobles sentidos, Bulgákov arroja luz sobre las costuras de nuestras sociedades, exhibiendo impúdicamente las vergüenzas colectivas. En el libro, un humilde científico se convierte en codiciado objeto de deseo de diferentes agentes sociales que se apropian de su trabajo y lo catapultan a una peligrosa fama que nunca había deseado, cuyos riesgos podemos entender perfectamente desde nuestra perspectiva actual, casi un siglo después: no son pocos aquellos a quien el carro de la fama ha hecho pedazos entre sus ruedas, sean merecedores o no de un castigo. La presunción de inocencia se aplica siempre que la masa no exija sangre. Si se aplica la presión necesaria, hasta los derechos más fundamentales de un individuo pasan a un segundo plano ante las exigencias de una turba sedienta de culpables a los que linchar sin compasión.

La masa es todopoderosa, ignorante y agresiva. Y temerosa. La masa tiene músculo y no duda en golpear a quién sea. En Los huevos fatídicos y en el día a día, la masa es propensa a estampidas, a correr sin control hacia un destino muchas veces trágico, como esos lemmings que se precipitan al vacío siguiendo a un líder tan condenado como ellos. El susto inicial puede adoptar cualquier forma: solo hace falta que un vocero comience a tensar los ánimos mentando ruinas, al coco, a Venezuela o a unas peligrosas serpientes que marchan hacia Moscú sin que nadie les pueda plantar cara. La masa no piensa: reacciona. Esto es algo que el autor de Kiev sabía de sobra, que la masa es un inmenso rebaño de pacíficos herbívoros manejado por pastores astutos, un rebaño que pese a su indolencia, no duda en cornear a quien se ponga en medio o a quien pongan en medio otros. 

El profesor Pérsikov comete el error de pasar por alto esta gran verdad cuando intenta hacer oír su voz entre todas las falsedades que se dicen en su nombre: el poder de su rayo se magnifica, sus acciones se revisten de heroísmo, se le concede el beneplácito de todo un país que aguarda expectante para sacralizar sus logros, se le encumbra contra su voluntad y como siempre, se le deja caer después con un sutil empujón del pastor, que contempla desde lo alto del abismo como el pobre hombre, representante de otro mundo posible, se descalabra estupefacto contra las rocas de la incomprensión y la desidia.

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