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VIVAN LAS CASAS DE COMIDAS

Monteolivete, el barrio donde come el proletariado

Almuerzos, guisos y barras. La clase obrera sabe lo que se hace

Por | 11/10/2019 | 6 min, 39 seg

VALÈNCIA. "Por proletarios se comprende a la clase de trabajadores asalariados modernos, que, privados de medios de producción propios, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo para poder existir", escriben Marx y Engels. La idea de clase trabajadora que se reivindica frente a los jefes capitalistas es propia del comunismo, pero lo cierto es que el término ya existía en la Antigua Roma y la Revolución Francesa. Ha llegado hasta nuestros días con menos controversia, aplacado por el paso del tiempo. En el imaginario colectivo, pensar en el proletariado sugiere un oficio más bien físico, un barrio más bien humilde y carcajadas. Esos obreros que comulgan con el almuerzo de bocadillo y cacaus; que disfrutan de la barra y la tapita de ensaladilla. Esos que en València se prodigan por Monteolivete

Estamos en un barrio obrero, sin afán de ofender. Mont-Olivet (oficialmente en valenciano) pertenece al distrito de Quatre Carreres, junto con otras zonas de temperamento similar, como Malilla o En Corts. Sus puntos de interés son el Museo Fallero, la Iglesia de la Virgen y la antigua Facultad de Magisterio. Pero el verdadero interés reside en sus gentes, cerca de 22.000 vecinos, que nada tienen que ver con los señoritos pijos de El Ensanche ni con los modernos fronterizos de Ruzafa. Aquí vive el pueblo llano, y eso tiene una traducción en la gastronomía. Señoras que hacen cola en la pescadería, señores que recogen la barra de pan encargada, y bares, muchos bares, donde se comentan las noticias del periódico.

Hoy damos un paseo por Monteolivete, un barrio vivo, en permanente ebullición. Donde las viejas costumbres se enriquecen con las nuevas etnias, porque cada vez llegan más vecinos de otras nacionalidades. Donde comer sigue siendo comer; sin pamplinas.


Las 9 de la mañana y las terrazas puestas. En J.M. ya están dando los almuerzos. Al lío.

El gran descubrimiento que motivó este artículo fue el buen hacer de J.M. Bar Restaurante. Vaya que sí. Si hablamos de la necesidad de barras económicas y casas de comidas en una ciudad con tantas posaderas como València, nos va a tocar mirar hacia los barrios. En este establecimiento de Monteolivete se dan las dos virtudes. La casa de Vicente y Antonia, con las iniciales de sus dos hijos en el nombre (Jordi y Miquel), tiene 27 años de recorrido. Ella tenía la mano para la olla y él, el talante para la barra. El resultado es que a mediodía sirven platos de lentejas, vitoreados por los trabajadores de la zona, y por la noche se tapea, desde pescadito frito a bandejas de marisco que quitan el hipo. Compran en la pescadería de la esquina de enfrente. "Servimos buen producto, pero no abusamos de los precios, que la economía no está para tonterías", dicen. Y así es como todo queda en el barrio. 

Puestos a hablar de tapeo, también cabe mencionar Taberna Fabianos. Cerca de veinte años de militancia y oye, como si nada. Hace aproximadamente un año que Diana Milena y José Balaguer aceptaron la comandancia de este negocio, que ya contaba con una clientela habitual, compuesta mayoritariamente por gente mayor y del barrio. Siguen sirviendo lo mismo: cuchara y tapeo. "Pero hemos intentado mejorar la calidad y modernizar los platos para atraer a clientes más jóvenes", cuentan. Eso sí, nadie les quita las buenas costumbres: un día cocido madrileño, otro arrós amb fesols i naps, que si gazpacho manchego y, claro, paella valenciana. Incluso platos típicos del Norte, como las manitas de cerdo, el bacalao a la vizcaína y la merluza a la marinera. En esto de llenar la tripa, de calentar el cuerpo y el alma, nadie mejor que los obreros, alimentados por los guisanderos de toda la vida. 


Y en esto que sales de Fabianos y te apetece algo dulce. Que la vida está para darse el capricho. 

Momento merienda. En Monteolivete se encuentra una de las pastelerías más conocidas de València, Montesol, que presume de elaborar tartas y bollos desde 1966. Si me fuera a morir mañana, pediría los milhojas. La receta familiar que custodia Ángel Ferrer es motivo más que de sobra para peregrinar al obrador: crujiente pasta de mantequilla, suave relleno de crema (o chocolate) y al cielo. Otro templo del dulce, con una propuesta muy especial, es Peter's Delicatessa. La pastelería alemana más antigua de València, fundada en 1980, ha permitido que el público valenciano conozca la repostería centroeuropea más auténtica. "Cuando nosotros empezamos, era una cosa única y nadie había oído hablar del strudel", cuenta Peter Früh Eckert. Ahora la Selva Negra o la tarta Sacher se prodigan por otros obradores y se sirven en los restaurantes, pero pocos la preparan tan bien. Volveremos. 

Sucede que Mont-Olivet, con toda la valencianía que rebosa, es un barrio multicultural. Su población ha incrementado el número de orígenes, y por ende, de etnias. Solo hay que fijarse en el Restaurante Aleimuna, uno de los marroquíes con más arraigo de València, donde guisa una cocinera autóctona con más de 20 años de experiencia. La carta recoge especialidades como el zaalouk (puré de berenjenas y tomate) y el harira (sopa tradicional marroquí), el cuscús y la pastela. El tayín (de ternera y ciruela, de pollo y limón) se sirve dentro de una cerámica que comulga con la estética del establecimiento. Pues bien, vamos a dar una noticia que el barrio tendrá que lamentar. "Me jubilo en mayo, este será nuestro último año", cuenta la dueña. Hagamos que la despedida sea por todo lo alto.

Se nos está acabando el barrio. Pero espera, espera, que me han dicho que aquí cerca...

Más allá de los límites que nos conciernen, pero dentro del distrito de Quatre Carreres, nos encontramos con un establecimiento muy particular que merece una mención en el texto. Los de Monteolivete lo harían. Hablamos de Solo de Mar, detrás de la Ciudad de la Justicia, cuya clientela bien luce bermudas que americana. Hace seis años que Máximo Martínez puso en marcha este concepto, hasta la fecha insólito en la ciudad, porque se define como "culo inquieto" y le apetecía la aventura. Se trata de una pescadería, de las que venden al público, que a su vez consta de tasca, para disfrutar del producto de mar ya cocinado. Que si pescadito frito, que si langostino; una ostra y algo de pulpo; berberechos y salazones; todo a precio razonable. De verdad, da gusto mancharse las manos por las buenas causas.

Que si de algo saben los obreros es de eso, del barro, y que todo se lleva mejor con entrega, sobre todo si es a la buena mesa. Monteolivete tiene terraza, tiene calor. Nunca faltará una cuadrilla sentada a la mesa, ya sea disfrutando de unos garbanzos o de una tortilla, porque resulta que el hedonismo también era eso: la vida sencilla, la vida mejor.


Que si de algo saben los obreros es de eso, del barro, y que todo se lleva mejor con entrega, sobre todo si es a la buena mesa. Monteolivete tiene terraza, tiene calor. Nunca faltará una cuadrilla sentada a la mesa, ya sea disfrutando de unos garbanzos o de una tortilla, porque resulta que el hedonismo también era eso: la vida sencilla, la vida mejor.

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