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LA NAVE DE LOS LOCOS / OPINIÓN

Nada es lo que parece

La política española se ha convertido en un juego de tahúres del Manzanares en el que nada es lo que parece. Todo es engaño, disimulo, trapacería y pose; todo se reduce a unos intérpretes mediocres dando vida a papeles previsibles en una obra sin imaginación 

22/02/2016 - 

Las últimas elecciones generales iban a ser el comienzo de un nuevo tiempo. Así lo proclamaron los evangelistas del cambio. Dos meses después, seguimos asistiendo a escenas de la vieja política aunque, eso sí, con la contratación de jóvenes actores que han demostrado gran pericia para beneficiarse de los privilegios del sistema que antes criticaban. La política española se ha convertido en un juego de tahúres del Manzanares en el que nada es lo que parece. Todo es engaño, disimulo, trapacería y pose; todo se reduce a unos intérpretes mediocres dando vida a papeles previsibles en una obra sin imaginación ni ingenio. El público se aburre con el repertorio. Muchos ciudadanos lamentan haber votado el 20-D porque se sienten traicionados por quienes les prometieron poner los intereses del país por delante de los de sus partidos.  

Leer los periódicos cada mañana conduce al tedio y a la impotencia. Esta partida de ping-pong a la que asistimos desde diciembre, en la que cada líder espera el fracaso del contrario, demuestra que España está en manos equivocadas. Tal vez no haya mejores manos porque a lo más alto de la política sólo llegan, salvo excepciones, aquellos que han acreditado un amplio expediente de indecencia y torpeza. Las burocracias de los partidos están para eso: para laminar cualquier brote de excelencia en sus filas e impedir las críticas al líder. ¿Cómo entender, si no, que tengamos todavía a un presidente en funciones resistiéndose a abandonar el cargo, anegado por los casos de corrupción?

Ninguno nos dice la verdad de lo que se habla en reservados de restaurantes exclusivos ni en discretas casas de amigos comunes

Ninguno nos dice la verdad de lo que se habla en reservados de restaurantes exclusivos ni en discretas casas de amigos comunes. Hay conversaciones públicas en las que se mandan mensajes con el propósito de confundir, y otras secretas en las que se negocia el pacto de investidura. En la sociedad de la transparencia, en la democracia 3.0, las decisiones importantes siguen tomándose en la oscuridad. Mientras tanto, en sus ratos libres, los protagonistas de esta ópera bufa se hacen propuestas inasumibles, se niegan el saludo y afirman, con mucha teatralidad, que “jamás, jamás” apoyarán al contrario en una investidura cuando sabemos, gracias al conde de Romanones, que en política jamás significa dentro de 24 horas. 

Lo peor de todo no es que nos engañen, pues la política es el arte de la simulación, tal como nos enseñó ese veterano actor llamado Alfonso Guerra. No nos molesta la obligación de leer entre líneas para concluir que la verdad se oculta bajo sus palabras.  Eso es comprensible: que los políticos mientan para alcanzar o retener el poder. Lo que peor se lleva, sin embargo, es la ínfima calidad de sus mentiras. 

Cuando Suárez y Carrillo se conocieron

Hace más de treinta años, cuando la denostada Santa Transición estaba en marcha, el exfalangista Adolfo Suárez y el eurocomunista Santiago Carrillo se reunieron en un chalet del periodista José María Armero, a las afueras de Madrid. Querían conocerse. Muy pocos estaban al tanto del encuentro secreto. No sé si fue el exfalangista o el eurocomunista quien, después de saludar al otro, preguntó si iban a hablar de política con mayúsculas o con minúsculas. Los dos estuvieron de acuerdo en que el país no estaba para perder el tiempo. Era mucho lo que estaba en juego. 

Después de varias horas de una conversación de hombría y tabaco negro, Carrillo le pidió a Suárez que le repartiera cera en sus intervenciones públicas. Cuanto más, mejor. Que si el ogro de Moscú, que si el responsable de Paracuellos y esas cosas. Suárez, tan zorro como su interlocutor, le tomó la palabra y encendía el miedo a los comunistas. Las familias de bien, cuando le escuchaban, decían: “¡Dios mío, qué vuelven los rojos!”. Los rojos volvieron, fueron legalizados y se quedaron en nada. El consejo de Carrillo había funcionado. Engañaron a todos, en especial a los señores del bigotito. 

Hoy algunos jovenzuelos sostienen que estamos en una segunda transición, pero si así fuera —cosa que está por ver— ninguno de los cuatro líderes que tenemos en mente puede compararse a Suárez o Carrillo. No hablamos de ética sino de saber estar, de representar un papel con solvencia para hacerlo creíble. Los políticos de ahora, además de ser incapaces de improvisar un discurso, mientan con poca gracia y se desenvuelven con escaso aplomo. Por eso ha llegado la hora de pedir que la función acabe ya. Todo es tan ridículo… Cuanto más se esfuerzan en mostrar sus diferencias, más cerca se ve la posibilidad del acuerdo. Salvo cataclismo, el señor Pedro Sánchez gobernará. Ir a otras elecciones sería un suicidio para él y para su partido. El precio de la factura es lo que aún ignoramos. Será elevado.

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