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LA PANTALLA GLOBAL

Neo-Western: Los cowboys del siglo XXI

El estreno de The Salvation y la próxima película de Quentin Tarantino auguran un nuevo revival del género estadounidense por excelencia

11/12/2015 - 

VALENCIA. En tiempos de posmodernidad y cruces genéricos, no es una gran sorpresa que llegue a las pantallas españolas The Salvation, un western de producción danesa, por mucho que el país nórdico no se haya distinguido a lo largo de su historia por sus aproximaciones a un género tan genuinamente americano. Ni siquiera llama la atención en exceso que su director sea Kristian Levring, uno de los primeros firmantes del Dogma 95, que se dio a conocer entre nosotros con The King is Alive (2000), cuarta película producto del manifiesto. Aquí se deja de experimentos formales y se pone al servicio de una narración carente de voluntad transgresora, más preocupada por rendir homenaje a los maestros que por dar nuevas vueltas de tuerca al lenguaje fílmico.

El carácter exótico del film, ambientado en 1870, se extiende a su reparto. Mads Mikkelsen es un danés que, tras la derrota militar de su país contra Alemania, ha emigrado a Estados Unidos con su hermano, en busca de una vida mejor. Tras el periodo de adaptación y el aprendizaje del idioma, su esposa y su hijo viajan para encontrarse con él, pero los planes de futuro de la familia se verán truncados rápidamente para dar paso a la tragedia y la venganza. Completando el improbable plantel de estrellas están Eva Green, una mujer secuestrada y mutilada por los indios, que le cortaron la lengua, y el exfutbolista Eric Cantona, que forma parte del grupo de pistoleros con el que el matón de turno (como siempre, al servicio de intereses económicos más altos) tiene atemorizado al pueblo donde transcurre la acción. No se puede negar que se trata de un trío raro, raro, raro. En realidad, como todo lo que envuelve una película que, sin embargo, no es el primer western danés de la historia.

Tal honor (si es que lo es) quizá haya que atribuírselo a Guld til præriens skrappe drenge (Carl Ottosen, 1970), la película que recogió en Dinamarca el testigo del spaghetti western italiano, posteriormente denominado eurowestern, para incluir, precisamente, todas las producciones de género (muchas de ellas, españolas) que surgieron en el continente entre los años sesenta y principios de los setenta. Era una cinta en tono de comedia, con cowboys cantarines y chistes de dudoso gusto que, no obstante, alcanzó cierto éxito en el mercado interior del país. The Salvation, en todo caso, se sitúa en el otro extremo, ya que subraya el tono de drama y supone todo un juego para el espectador versado en el tema, pues incluye tributos más o menos explícitos a cineastas como John Ford o Sergio Leone

El western está de vuelta (otra vez)

El estreno de The Salvation coincide con el paso por festivales como Sitges o Gijón de Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015), otro western atípico, en este caso protagonizado por un estupendo Kurt Russell, en el que un grupo de cowboys emprende un viaje para rescatar a una mujer raptada por los indios. Los ecos de Centauros del desierto (The Searchers, John Ford, 1956), donde John Wayne convertía en obsesión la búsqueda de su sobrina, secuestrada por los comanches, vuelven a ser evidentes en el planteamiento argumental, pero la tribu con la que se van a encontrar Russell y sus compañeros está bastante menos civilizada que la de los westerns clásicos: Son auténticos hombres de las cavernas que se proveen de seres humanos porque los necesitan como alimento. Querido lector, bienvenido al western caníbal. Aunque, si volvemos a ponernos quisquillosos, el primero fue Cannibal! The Musical (Trey Parker, 1993), donde los futuros creadores de South Park ya mezclaron vaqueros buscadores de oro, antropofagia y… ¡Canciones!

¿Bastan unos cuantos cowboys daneses y un puñado de indios con hambre de carne humana para hablar de un nuevo revival del western? Seamos sinceros: No. Pero es probable que la cosa cambie cuando el 8 de enero se estrene The Hateful Eight, la nueva travesura de Quentin Tarantino, también con Kurt Russell entre los protagonistas. Que el título remita a un clásico (Los siete magníficos, The Magnificent Seven, John Sturges 1960) no hace sino aumentar las expectativas sobre esta nueva aproximación del cineasta a un género que ya abordó en su anterior trabajo, Django desencadenado (Django Unchained, 2012), un cruce entre spaghetti y blaxploitation que solo funcionaba a ráfagas. No es habitual que Tarantino haga dos películas seguidas dentro de similares coordenadas, así que cabe esperar un mayor grado de inspiración esta vez. De hecho, los escasos críticos norteamericanos que han tenido la oportunidad de verla, no han podido evitar mostrar su entusiasmo en las redes sociales.

Y no parece que sea para menos. Tarantino ha rodado en Ultra Panavision 70 mm., un espectacular formato de ancho doble que no se utilizaba desde Kartum (Khartoum, Basil Dearden, 1966), y le ha encargado la banda sonora a Ennio Morricone, un compositor con quien ya había trabajado previamente, indisolublemente asociado para siempre con los westerns almerienses de Sergio Leone y Clint Eastwood. Una vez más, parece que la mente inquieta de Tarantino ha concebido un film excesivo (tres horas de duración), que se desborda en su habitual acumulación de referencias y detalles, como el de llamar Mayor Marquis Warren al personaje de Samuel L. Jackson, en homenaje al director Charles Marquis Warren, responsable de Charro, un western menor protagonizado por Elvis Presley en 1969. Puro pastiche posmoderno que posiblemente reactivará el interés por el género, un fenómeno cíclico cuya última manifestación todavía es relativamente reciente.

De hecho, solo hay que remontarse a 2008 para encontrar artículos relativos al “Nuevo Western”, a propósito del estreno de El tren de las 3:10 (3:10 to Yuma, James Mangold, 2007), a su vez un remake del film homónimo dirigido por Delmer Daves en 1957. A diferencia del original, la versión actualizada aprovechaba para hacer un retrato del primer capitalismo americano, también sutilmente apuntado en The Salvation (situada en un contexto histórico en el que está a punto de irrumpir con fuerza el petróleo). Fueron unos años en que los cowboys aparecieron con frecuencia en las pantallas comerciales, casi siempre en películas que desmitificaban su esencia clásica. Títulos como Brokeback Mountain (Ang Lee, 2005) o El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (The Assassination of Jesse James by the Coward Robert Ford, Andrew Dominik, 2007) revisaban el wild west de las leyendas desde una nueva óptica, que quizá tuviera que ver también con la nacionalidad de sus directores. En una línea similar se situaban productos televisivos como Deadwood (2004-2006), la magistral serie (inconclusa) creada por David Milch, o Los protectores (Broken Trail, 2006), una miniserie dirigida por Walter Hill.

Muertes y resurrecciones

Años atrás, cuando se había dado al género por muerto y enterrado, fue Clint Eastwood, uno de sus grandes iconos históricos, quien le insufló nueva vida (con permiso de Lawrence Kadan y Silverado, rodada en 1985). Primero lo intentó con El jinete pálido (Pale Rider, 1985), un sólido remake de Raíces profundas (Shane, George Stevens, 1953), y después lo logró con una de sus obras mayores, Sin Perdón (Unforgiven, 1992), en un momento en que parecía que los cowboys de celuloide no tenían futuro alguno. La industria respaldó el atrevimiento (y el talento) de Eastwood con cuatro Oscars (incluyendo los correspondientes a película y dirección), que de algún modo aplaudían también la voluntad del cineasta de restablecer los mitos del género, ligado de manera directa a la historia de los Estados Unidos. Tres años después, Jim Jarmusch cuestionaría nuevamente esos mitos en Dead Man (1995), pero esa es otra historia.

El western es un género tan antiguo como el propio cine. Hay que remontarse hasta 1903 para toparse con Asalto y robo de un tren (The Great Train Robbery, Edwin S. Porter), título fundacional de un género en cuya edad de oro destacaron cineastas como John Ford, Anthony Mann, Bud Boetticher, Delmer Daves, William A. Wellman o Howard Hawks, entre otros. Ellos construyeron en el periodo que abarca desde la segunda mitad de los años treinta hasta la primera de los cincuenta el universo mítico del cowboy, que después pasaría por un proceso de revisión a partir de su relectura europea (con el spaghetti western como principal punta de lanza) y de la mirada desencantada del llamado western crepuscular, que cuestiona los arquetipos heroicos precedentes desde presupuestos tanto críticos como nostálgicos, de la mano de directores como Sam Peckinpah o Monte Hellman. Un largo proceso histórico que dista mucho de haber llegado a su fin, a tenor de las constantes resurrecciones protagonizadas por un género que, a base de tiroteos, escaramuzas con los indios, viajes en diligencia, construcción de ferrocarriles y duelos al sol no ha hecho otra cosa en más de cine años que hablar de la condición humana. Por eso es eterno.


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