VALÈNCIA. “Preferimos no proyectarnos hacia el futuro en un mundo en constante cambio, y no siempre para bien”, responden desde Tenderete cuando se les pregunta cómo imaginan el futuro del festival, ahora que cumplen 15 años. La mayor cita de la autoedición de València lleva más de una década sosteniéndose desde la colectividad y el riesgo, en medio de una ciudad que sienten cada vez más distante hacia sus vecinos y vecinas, como también hacia sus sueños e ideas.
Aun así, Tenderete, que se sostiene principalmente por el esfuerzo y la convicción de quienes lo organizan de que estos espacios siguen siendo necesarios, vuelve los días 4 y 5 de enero con una edición en La Rambleta, que arrancará con una ‘preparty’ este sábado 3 en La Gilda Laboratori Gráfic (a partir de las 18h), donde habrá una exposición de La Caverna, un concierto de Yo Somos, bingo fanzinero y más actividades.
Quince años después de aquella primera edición en 2011, Tenderete sigue funcionando como un punto de encuentro para proyectos muy diversos. Ya lo dicen sus impulsoras: “Cualquier persona que doble unos folios por la mitad, los grape y los quiera compartir con el resto del mundo es bienvenida a Tenderete”. Gracias a esta apertura de miras, más de 120 proyectos llegados de distintos países se reunirán estos días en València: desde propuestas gráficas y editoriales hasta cassettes, ediciones colectivas o prácticas difíciles de encasillar. Una programación que combina mesas de fanzines y libros con conciertos, charlas y talleres, sin aspirar a crecer más de lo necesario ni a encajar en moldes ajenos.
Con motivo de este aniversario, hablamos con el ilustrador Luis Demano, uno de los impulsores del festival, para repasar el origen del proyecto, los momentos clave de su trayectoria, el sentido vital y político de la autoedición y las tensiones de sostener un evento independiente en una ciudad que está expulsado a muchas de las personas que han sostenido su tejido cultural.
-Cuando arrancó Tenderete, ¿qué necesidad concreta veníais a cubrir en València?
-La primera edición de Tenderete se celebró en València en 2011, en el interior de un edificio en ruinas en el centro del barrio del Carmen. Recuerdo que alguien instaló en la habitación central un tubo de metal, no muy estable, desde el que podías descolgarte del tercer piso al primero, en plan estación de bomberos. Afortunadamente no murió nadie y fue muy divertido. Se vendieron más cervezas que fanzines, una tendencia que se ha invertido con los años, supongo que para bien.
Posteriormente a esta primera edición, creamos el colectivo Vendo Oro, con el que seguimos organizando Tenderete después de 15 años, aunque del grupo original sólo quedamos tres personas. Desde entonces ha pasado mucha gente por el colectivo, algunas fugazmente y otras para quedarse. Tanto unas como otras han hecho posible que el proyecto siga en pie, aportando generosamente su tiempo y energía. Pero lo más importante de todo ha sido el relevo generacional interno que ha habido, trayendo aire fresco y nuevas formas de entender y poner en práctica Tenderete.

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-Quince años después, ¿cómo ha cambiado la ciudad para un proyecto como Tenderete? ¿Qué implica hoy, en la práctica, seguir organizándolo?
-València se ha convertido en la capital de la especulación inmobiliaria, algo que hace cinco años era difícil de imaginar, aunque se intuía por la tendencia de su clase política de copiar dinámicas urbanísticas propias de Madrid o Barcelona. Así que como podrás imaginar cada vez es más difícil sacar adelante un proyecto como Tenderete. Las condiciones materiales de las personas condicionan su estado de ánimo, y reducen nuestra capacidad para abordar proyectos y mantener a flote nuestra salud mental en el intento. Esta ciudad está expulsando a muchas de las personas que le aportaron una dimensión cultural que ahora vuelve a estar en riesgo. Cuando el turismo es más importante y se invierten más recursos en él que en las vecinas y vecinos de la ciudad, su tejido social está condenado a desaparecer junto con su riqueza cultural. Por ejemplo, toda la red de centros sociales ocupados gracias a la que Tenderete pudo consolidarse, ha sido eliminada en su mayoría, y los pocos espacios que quedan están en constante peligro por el desarrollo de la especulación y la represión institucional.
-¿Ha habido momentos en los que Tenderete ha tenido que decidir qué tipo de festival quería ser -o qué no quería ser- para no perder sentido o desaparecer?
-En este sentido, la decisión más difícil de tomar siempre ha sido nuestra capacidad para crecer o menguar, según la situación por la que estemos pasando. Hace unos años hacíamos dos ediciones anuales (por eso llevamos 23 ediciones en estos 15 años) pero decidimos dejarlo en una, porque con el paso del tiempo nuestras energías se han ido limitando, y empezamos a celebrar sólo la edición de invierno, siempre el 4 y 5 de enero. Nunca hemos tenido muchas pretensiones, así que si llegado el momento tenemos que volver a celebrar un Tenderete de dimensiones reducidas, como al principio, pues lo haremos sin problema. Desaparecer tampoco nos preocupa. Así es la vida.
-Si tuvierais que señalar un par de hitos clave en la historia del festival, ¿cuáles serían?
-Siempre hemos recordado con más entusiasmo aquellas anécdotas en las que pusimos nuestra vida en juego sin saberlo, con un grado de inconsciencia de dimensiones épicas. Como aquella vez que celebramos Tenderete en el CSO (Centro Social Ocupado) Pepica la Pilona, en el Cabanyal, y el techo se desplomó por completo al siguiente fin de semana. Hubiera sido un buen final para el colectivo. O cuando hicimos una edición en el antiguo edificio ocupado de Telefónica, en Campanar, y vino la policía a cortarnos la luz que teníamos conectada a una farola, así que decidimos llenarlo todo de velas. Sin duda, la mejor opción para salir ilesos de un edificio con una sola salida, medio tapada por un montón de chatarra. Hasta recuerdo haber visto a gente subir las escaleras con carritos de niños y pensar: por ahora todo va bien. También celebramos otra edición en La Llimera, donde hacía tanto calor que la caja de los plomos de la electricidad se derritió literalmente del calor, por fortuna sin provocar ningún incendio.
En fin, luego ya está el anecdotario más triste, que implica conflictos y personas que se han ido y no volverán, aunque siempre dejando un poso agridulce que nos ha ido convirtiendo en lo que ahora somos, para bien y para mal. Así que mejor nos quedamos con las catástrofes que pudieron ser y no fueron. Sólo añadir, para la tranquilidad de quien nos quiera visitar, que ahora hemos evolucionado hacía gente responsable del bien y contratamos un seguro de responsabilidad civil para que, si alguien muere durante el evento, su familia pueda recibir una compensación o, en caso necesario, repatriar el cuerpo a su lugar de origen.
-¿Qué significa hoy autoeditarse? ¿Diríais que es más una necesidad o una manera de posicionarse políticamente?
-Cada persona, incluso dentro de nuestro colectivo, lo entiende de una manera diferente, algo que es muy positivo para transitar todas las prácticas posibles e inimaginables en el presente. Al principio de la creación del colectivo siempre surgían debates en torno a la función y finalidad de la autoedición: ¿era un fin en sí mismo o una vía para profesionalizarse? ¿Era un simple divertimento o un acto de radicalidad política al margen de la industria cultural? Ese tipo de debates ahora están más diluidos y convergen de forma orgánica, dando lugar a maneras diversas de habitar las prácticas de la autoedición. Para unas personas es una manera de dibujar sin complejos ni pretensiones, compartiendo sus filias y fobias, sin más; para otras es una forma de supervivencia política, entendida como una burbuja de oxígeno dentro de un mundo cada vez más asfixiante emocional y materialmente. Para unas es una forma de ganar dinero y poder pagar el alquiler; para otras es una forma de perder dinero alegremente. Y todas ellas son igualmente bienvenidas a Tenderete.
En el fondo, quiero pensar que seguimos siendo aquella casa en ruinas desde la que nos tirábamos del tercer piso. Nadie va a preguntarte por qué te estás lanzando al vacío: sólo miraremos, celebraremos tu insensatez y nos abriremos otra cerveza.
-En esta edición participan más de 120 proyectos de distintos países. ¿Qué tipo de trayectorias os interesa especialmente acompañar o visibilizar desde el festival?
-No hay ningún perfil concreto que queramos reivindicar. Cualquier persona que doble unos folios por la mitad, los grape y los quiera compartir con el resto del mundo es bienvenida a Tenderete. De hecho, con el paso de los años, hemos intentado reforzar el relevo generacional y la visibilización de todo tipo de proyectos, evitando al máximo la endogamia y aplicando la rotación de personas participantes cada dos años, o sea, que los colectivos que han participado un año no puedan hacerlo al siguiente, pudiendo dejar lugar a otros proyectos. Ojalá tuviéramos espacio suficiente para que todo el mundo que quisiera pudiese venir, pero por carencia de recursos, capacidad de estructura y decisión propia, no es posible ni deseable crecer más.
-¿Qué ha aportado ese cruce internacional a la forma de editar, colaborar o pensar la autoedición desde València?
-Principalmente nos ha hecho tomar conciencia de que no estábamos solas, una sensación que en los primeros años podíamos llegar a tener en algún momento. Pero resulta que había muchísima gente ahí fuera que compartía nuestro dudoso gusto por las cosas feas y contrahechas, algo que siempre es de agradecer. En todo este recorrido hemos visto nacer y morir muchos otros festivales de autoedición, tanto nacionales como internacionales, lo que nos ha dado la posibilidad de viajar a ferias de autoedición de otros países y compartir experiencias de las que Tenderete se ha ido nutriendo, tanto de formas de hacer como de personas concretas con un visión particular de las prácticas de la autoedición.

- Tenderete, en una fotografía de archivo. -
- Foto: KIKE TABERNER
-Mirando hacia delante, ¿cómo imagináis Tenderete dentro de cinco o diez años… si sigue existiendo?
-Preferimos no proyectarnos hacia el futuro en un mundo en constante cambio, y no siempre para bien, porque podríamos llevarnos muchas y malas sorpresas. Esta ciudad es capaz de lo mejor y lo peor al mismo tiempo. De unir a multitud de personas extraordinarias de cualquier parte del mundo para desarrollar proyectos imposibles, o de expulsarlas de sus casas a través de la especulación inmobiliaria y la violencia institucional, dejándolas totalmente desprotegidas. Así que preferimos vivir en el presente e ir adaptándonos a todo lo que vaya viniendo, sin demasiadas pretensiones. Seguir haciendo fanzines, dibujando, imprimiendo y que alguien se siga interesando por lo que hacemos.