VALÈNCIA. Una ciudad no crece solo en superficie o en población. Una ciudad crece, sobre todo, gracias al relato que construye sobre sí misma. Cada modelo urbano implica una idea de ciudadanía. Cada política pública fija prioridades. Así, en Europa conviven hoy dos grandes formas de entender el crecimiento urbano. Una concibe la ciudad como un bien común que debe ser regulado, cuidado y distribuido entre los ciudadanos. La otra entiende la ciudad como un activo económico sometido a las reglas del mercado global. Estas diferencias afectan a la vivienda, a la movilidad o al turismo, pero se hacen especialmente visibles en la cultura. Porque la cultura no solo ocupa espacio urbano, sino que le da sentido. La cultura define qué se conserva, qué debe cambiarse, qué se exhibe y hasta quién tiene derecho a habitar la ciudad.
Las ciudades que han optado por un crecimiento regulado consideran habitualmente la cultura como un servicio público estructural equivalente a la sanidad o la educación. Viena es el ejemplo más sólido. El presupuesto cultural municipal de la capital de Austria supera los 300 millones de euros anuales y se articula como una política de acceso universal, apoyo a la creación local y conservación del patrimonio histórico (Stadt Wien, Kulturbericht, 2022). La ciudad mantiene una red densa de museos públicos, teatros municipales, bibliotecas de barrio y centros culturales de proximidad. Un ejemplo paradigmático es el MuseumsQuartier que, inaugurado en 2001, no funciona como un parque temático del arte contemporáneo, sino como una extensión del espacio público. Combina grandes instituciones como el Leopold Museum con espacios de producción cultural emergente y plazas abiertas de uso cotidiano. El acceso gratuito a la cultura es lo habitual, no la excepción. Y de este modo la cultura se integra en la vida de la ciudadanía y no se limita al consumo del turista ocasional (European Cultural Foundation, Culture in Cities, 2021).
Viena, como ciudad-comunidad, se apoya, además, en una política urbana coherente. Más del 60 % de la vivienda en Viena es pública o cooperativa, lo que permite que artistas y trabajadores culturales sigan viviendo en la urbe, tal y como lo hacen el resto de las clases medias, que son las que principalmente viven la cultura (Stadt Wien, Housing Report, 2021). De esta manera, la identidad urbana se preserva porque la población que la sostiene puede permanecer en la ciudad.
Bilbao ofrece un caso ilustrativo de una ciudad española que ha empleado la cultura para transformarse en beneficio de su comunidad de ciudadanos. Esta transformación cultural de la ciudad, desarrollada tras la crisis industrial de los años ochenta, se articuló en torno a una fuerte intervención pública. La punta de lanza fue el Museo Guggenheim que, inaugurado en 1997, es el hito más conocido de la reformulación de Bilbao y una apuesta compleja. El museo está gestionado por la Fundación del Museo Guggenheim Bilbao, una entidad formada principalmente por el Gobierno Vasco, la Diputación Foral de Bizkaia y el Ayuntamiento de Bilbao. La titularidad y la gestión del museo son públicas y entre 1997 y 2019 el Guggenheim generó más de 6.000 millones de euros que revirtieron en la ciudad y sostuvo miles de empleos directos e indirectos (Fundación Guggenheim Bilbao, Impacto Económico, 2020). Sin embargo, reducir el modelo bilbaíno al llamado “efecto Guggenheim” es una simplificación.
El éxito del Museo Guggenheim se explica porque se insertó en una estrategia urbana más amplia que implicó profundas reformas en el urbanismo y la edificación de la ciudad y la potenciación decidida del patrimonio y los centros culturales propios. El Museo de Bellas Artes de Bilbao fue ampliado y reforzado como institución identitaria. El Azkuna Zentroa, antiguo edificio industrial reconvertido, se concibió como centro cultural híbrido, con bibliotecas, salas de exposiciones, actividades comunitarias y espacios de ocio no orientados al turismo. De esta manera, el gasto cultural per cápita del Ayuntamiento de Bilbao se sitúa de forma estable por encima de la media española (Ministerio de Cultura, Estadísticas Culturales, 2022). Y esta inversión cultural irradió a toda la trama urbana de Bilbao, transformando una urbe gris en un espacio vivible y vivido para sus habitantes. La cultura no sustituyó a una ciudad preexistente; la acompañó en su mejora consciente y constante.
La lógica de la 'marca cultural'
El contraste de los modelos de Viena o Bilbao con otras ciudades españolas que han experimentado un notable crecimiento y cambio durante las últimas décadas es muy significativo. Barcelona, por ejemplo, dispone de una densidad cultural extraordinaria y es una urbe cuya historia, patrimonio y dinamismo resultan apabullantes. Cuenta con grandes instituciones públicas históricas como el Museu Nacional d’Art de Catalunya, el MACBA o el Gran Teatre del Liceu. Sin embargo, desde los años noventa la cultura ha sido integrada de forma creciente en una estrategia turística de marca-ciudad. El impulso asociado a los Juegos Olímpicos de 1992 abrió una etapa de proyección internacional que, con el tiempo, ha supuesto la subordinación de gran parte de la política cultural a la atracción turística.
Barcelona creció más de un 40 % en número de visitantes a museos y equipamientos culturales entre 2010 y 2019, mientras que el presupuesto cultural municipal por habitante permaneció prácticamente estancado (Ajuntament de Barcelona, Pressupostos i Cultura). Al mismo tiempo, proliferaron en la ciudad espacios culturales gestionados por entidades privadas o consorcios externalizados, con modelos de financiación mixtos y tarifas cada vez más costosas. La cultura ganó visibilidad global, pero perdió capacidad redistributiva y de creación de comunidad. Muchos barrios centrales se transformaron en escenarios de consumo cultural para visitantes, mientras los residentes eran desplazados por el aumento del alquiler, que superó el 36 % entre 2013 y 2019 (Observatori Metropolità de l’Habitatge).
Málaga es, probablemente, la ciudad española que ha llevado más lejos la lógica de la marca cultural. En dos décadas pasó de tener una red cultural modesta a concentrar más de treinta espacios museísticos. Algunos son públicos, como el Museo de Málaga, pero muchos responden a un modelo de franquicia cultural: el Centre Pompidou Málaga o el Museo Ruso son extensiones de marcas internacionales gestionadas mediante convenios y contratos temporales. El turismo creció de forma notable y en 2019, antes de la pandemia, la ciudad superó los cuatro millones de visitantes (Ayuntamiento de Málaga, Datos Turísticos). En la actualidad esta cifra casi se ha duplicado y, sin embargo, el empleo cultural se precarizó y el centro histórico perdió población residente de forma acelerada (Universidad de Málaga, Estudios Urbanos, 2020). La cultura se convirtió en motor económico, pero también en factor de expulsión de la ciudadanía.
Venecia es el ejemplo extremo de este proceso de alienación urbana. La ciudad es en sí una marca, un icono en la mente de cada habitante del planeta. Su patrimonio cultural es excepcional, pero su gestión urbana la ha convertido en un decorado global. Cerca de 25 millones de turistas anuales conviven con menos de 50.000 residentes en el centro histórico (Comune di Venezia, 2019). Los museos funcionan como nodos de consumo rápido y la vida cultural local se ha visto reducida a eventos para visitantes. La UNESCO ha advertido del riesgo de pérdida irreversible de tejido social y cultural (UNESCO, Venice Report, 2020). El patrimonio sobrevivirá al éxito de la marca. La ciudad, probablemente, no.
La elección de Valencia
La diferencia entre estos modelos, Viena o Venecia, no reside solo en el número de museos o en su prestigio. Reside en su función urbana. Las instituciones culturales estables, históricas e identitarias tienden a generar continuidad, memoria y acceso universal. El resto son actividades empresariales que introducen lógicas de rentabilidad, rotación y jerarquización en el acceso a la cultura. Valencia se encuentra hoy ante la elección de ser un espacio de ciudadanía o un dispositivo de consumo. Posee un patrimonio histórico muy relevante, una red cultural consolidada y una identidad propia fuerte. Al mismo tiempo, experimenta un aumento rápido del turismo y de los precios de la vivienda. El alquiler creció más de un 30 % entre 2015 y 2022 (INE; Idealista Data). La tentación de convertir la cultura en reclamo rápido es evidente, pero los ejemplos analizados muestran los riesgos.
Si Valencia opta por reforzar sus instituciones culturales, integrarlas en políticas de vivienda y proximidad, y proteger a quienes sostienen la vida cultural cotidiana, podrá crecer sin perderse. Si, por el contrario, subordina la cultura a la rentabilidad inmediata, seguirá un camino ya transitado por otras ciudades. La cultura no puede salvar a una ciudad por sí sola. Pero sin una cultura entendida como bien común, ninguna ciudad logra salvarse.
Pablo González Tornel
Director del Museu de Belles Arts de València