Llegamos con tiempo a Potries, una pequeña localidad en el corazón de La Safor que cuenta con unos 1.200 habitantes. Paseamos por el pueblo –es bonito y tranquilo– que este año optó a ser Capital Europea de la Cultura 2031 con el lema ‘Orgull de pobles’, atraídas por una música que no sabemos de dónde viene. Recorremos sus callejuelas hasta que damos con el origen. Son las notas de la dolçaina que un grupo de amigos toca en la terraza de Cassoleta, este restaurante que lleva tiempo siendo un secreto a voces entre quienes buscan tesoros escondidos.
Cassoleta es de esos sitios que te gustaría que conocieran solo la gente a la que quieres mucho. No vaya a llenarse de influencers y la próxima vez cueste encontrar mesa. Pep Solà trabaja estrictamente con producto de cercanía y de temporada. La propuesta se centra en un menú (30 €) con tres entrantes, además del pà amb allioli i tomaca, en el que eliges el primero –pedimos un arroz de pulpo, calamar, alcachofas y azafrán muy rico, nada pesado–. Antes ya habíamos caído rendidas con los entrantes –brotes verdes con pollo a la brasa, manzana verde y tzatziki; crema de hervido de puerros y calabaza con pastel de capellà; y una coca de berenjena con tomate seco y bufa de Barx–. Con ingredientes humildes y una presencia destacada verduras, Pep elabora un menú en el que te comes –y te relames– La Safor en cada bocado.
Cassoleta funciona también como eje vertebrador del pueblo. Música en directo los fines de semana, jornadas dedicadas al calçot, el putxero o la fideuà. De esto iba la restauración antes de tantos fuegos artificiales. Propósito y verdad. Dar bien de comer con lo que tienes alrededor.