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tribuna libre / OPINIÓN

Ojos que no ven

9/10/2017 - 

“Si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos”. Rebusco en mi memoria una palabra que me reconforte, una grieta de luz entre esta oscuridad, una nota que amortigüe el ruido, un pensamiento lúcido. Y los encuentro en José Saramago.

La cita inicial es suya, de su Ensayo sobre la ceguera. Describe una sociedad irracional, marcada por una repentina ceguera que algunos no son capaces de advertir y que afecta a toda la población; una metáfora sobre la humanidad actual, desconcertada y subyugada. No puedo evitar trazar paralelismos, aunque en este caso la ceguera nuble la vista, voluntariamente, a quien mejor debería ver.

De la ceguera hay distintos grados. Existe el ciego que se cree visionario. El que se siente henchido de vanidad, dueño del destino histórico de un pueblo. Pronuncia palabras cordiales, habla de paz, de diálogo, de mediación. ¿Debemos pensar que el diálogo o la mediación van a cambiar en algo las cosas? A la vista de los acontecimientos, parece improbable. Hay dos posiciones enconadas y una hoja de ruta de la que Carles Puigdemont no se ha salido ni un milímetro hasta ahora.

La ceguera autoinducida, o visión parcial, ha impedido al president señalar con antelación un quórum del censo electoral que diera validez al referéndum de autodeterminación. Bastaba con que ganara el sí, como era previsible. Tampoco se aprobó la Ley de Transitoriedad en el parlamento catalán por una mayoría cualificada, lo que resulta obligatorio para las normas de gran calado, como la reforma de l’estatut, que requiere de dos tercios de los votos.  

Y queda el último paso, el definitivo; el salto del ángel, a ciegas, por el que asoma el precipicio, la incertidumbre. La Declaración Unilateral de Independencia y su respuesta por parte del Gobierno central pueden conducir a un clima de tensión social e institucional inaudito en España durante las últimas 4 décadas.

Otro grado de ceguera es el que ha envuelto en una nebulosa a la Moncloa. Una falta de visión total para anticiparse a los hechos, para instalar cortafuegos en el software separatista. Mariano Rajoy quería ganar por inercia, jugando a no perder, como quien se cree invencible tras diversos combates electorales. Pero ha subestimado al rival. Primero obstaculizó las reformas catalanas, dando alas al independentismo. Finalmente ha pasado del inmovilismo a la urgencia, al proponer un pacto económico de última hora y enviar las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado a impedir lo que el Gobierno fue antes incapaz.

Un reto tan complejo merecía de una acción conjunta y equilibrada de las fuerzas políticas, de un permanente diálogo con el resto de partidos, incluidos los catalanes, de una respuesta que procurara reforzar lazos y no desanudarlos, y de un ejercicio estratégico y didáctico con nuestros países aliados. Podemos cuestionar la validez del resultado e incluso de la propia consulta, pero la imagen internacional de España ha sufrido un duro revés. Hay ojos que no ven, pero corazones que sí sienten. ¿Algún oftalmólogo en la sala?

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