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PERFILES CULTURALES 

Recetario cultural: las lecturas de cabecera de Felisa Gordero

28/11/2019 - 

VALÈNCIA. No es una mujer de proyección pública, su paso por la vida de la gente ha estado siempre fuera de los focos: en las aulas donde enseñaba a leer a los pequeños, en las habitaciones o salas donde convalecía de su larga enfermedad. Pero deja una huella profunda: hace sentirse especial al que esté a su lado. Culturplaza acude a su casa para desentrañar su truco.

Felisa Gordero (Tavernes de Valldigna, 1956), es maestra de primaria y entusiasta de las personas. Nos recibe en el salón y rodeada de la gente que alimenta su asombroso enganche a la vida: su hija, su nieto y Benjamín Brotons, su mejor amigo. Está en su semana de descanso de la quimio y enseña su mejor versión, tiene el ánimo expansivo que la caracteriza. Hace 17 años que un cáncer le pisa los talones y la ha convertido en “telonera” de la doctora Ana Lluch: su sonrisa en los foros médicos alivia más que el último grito en goteros. Nunca olvida reivindicar la sanidad pública, a la que insiste en proteger de las amenazas que borrarían del mapa experiencias como la suya: dos pasos por quirófano, tres ensayos clínicos, cuatro tipos de quimioterapia y siempre una mano tendida. Por eso empieza la charla confesando sus dudas: ¿debe hablar de libros, de su enfermedad, de su visión de la vida?

No parece fácil separar una cosa de otra y así lo acordamos. No parece necesario siquiera. Ella es adicta a la cultura y, cuando su salud le da un respiro, devora igualmente libros como experiencias, películas, viajes, compañías. Los ciclos de la quimio son como un metrono, la meten y sacan de la orilla donde todo espera. Le diluyen también la memoria, pero ya no le angustia. Ha aprendido a quedarse con el momento, no le resuenan títulos ni autores sino emociones, personas o los escenarios de un hallazgo (en los paseos por librerías o ferias con su amiga la Seca). “Sólo sé que he disfrutado de ellos”, porque ya no pierde el tiempo con un libro que no le guste. Se deduce que obra igual con las personas. No deberíamos caer enfermos para empezar a ser selectivos, la cuenta atrás corre para cada uno de nosotros.

Marco, de cinco años, nos mira con sus pestañas flexibles mientras ocupamos el sofá del salón y no esconde el enfado de que le hayamos robado a la “buela”. Pronto ha sacado todos sus libros a la mesita baja y consigue su protagonismo, “¡Mira! ¡Buela! ¡Hemos hecho una torre de cuentos!” Si yo fuera pirata, Dinosaurios, Los tres cerditos

“Si Marco no se hubiera puesto malo, me hubiera dado tiempo a preparar unas notas…” El niño lleva dos días sin ir al cole y su hija, que vive al lado, le ha pedido que lo cuide. Está encantada con el recado, no obstante saca su libreta, tiene unas notas que leer y quiere ser muy seria con la entrevista. El pequeño la boicotea con sus mohines y reclamos, pide que la lleve a visitar la almohada mágica, pero ella lo frustra con cariño, le recuerda que ha desactivado ya sus poderes. La insistencia del niño nos sobrecoge a todos, benditas enfermedades de la infancia y benditos libros leídos por las abuelas a pie de cama, sobre todo si son como Felisa. La Humanidad ha dado lo mejor de sí gracias a esas convalecencias con olor a infusión de manzanilla y sábana sudada.

Gracias a las abuelas.

Y a las maestras.

Un rato antes hablaba de que “el sentido de la vida es ayudar a las personas”, al hilo de su vocación y los recuerdos agradables que le trae. “Enseñar a leer es un puntal ─se explaya con los ojos brillantes─ una de las cosas que más me ha gustado de ser maestra. Les das una llave mágica, les metes en un mundo, de la mano, les ayudas a que se identifiquen con personajes que sienten lo mismo que ellos, que abran su mente, que activen la imaginación, el vocabulario, que conozcan mundos nuevos…” El principito, de Saint-Exupéry, lo ha trabajado en el aula y cree que es un libro para niños cuando lo leen acompañados de “alguien que les ayude a enfocar la linterna”. “Hubo un momento en que fui muy muy feliz y fue hace dos años, en verano, yo fregaba, mi nieta mayor en la hamaca, tenía 6 años: la vi reír con el libro en la mano y me dije ¡el libro ya la ha conquistado!

Marco se ha conformado con su torre de cuentos y palpita entre sus rodillas. Su amigo Benjamín elige el objetivo y capta a Felisa, sus ojos vivos, su coquetería, el amor que derrama por los dedos cuando abre un tomo y lo acaricia: Patria (Aramburu, Tusquets, 2016), “que debería ser de obligada lectura en los institutos”, la saga Dos amigas, de Elena Ferrante (Lumen, 2017), el prodigioso El Mundo de Ayer, de Stefan Zweig (Acantilado, 1ª ed. 1942), que incluso se lo regalaron mutuamente ella y su amigo, después de olvidar que alguno de los dos lo había regalado primero.

Las conexiones entre vida, trabajo y libros no tardan en aflorar y enseguida se la oye perorar sobre la ficción como salvavidas. Entre el cáncer y la metástasis se incrustó una depresión dolorosa, más dolorosa todavía que el miedo a la muerte. Cuando salió del pozo pudo volver a leer y eso la alivió en los momentos más duros de su vuelta al neón del Clínico, a los goteros y los PET- TACs. “Leer me ayuda a mirar dentro de mí y lejos de mí”. Los dos vectores son igualmente útiles, según ha comprobado. “Puedes viajar, ver escritas cosas que sientes y no sabes expresar, reafirmar o rechazar tus convicciones…”. Vivir otras vidas. Esto último no es baladí para quien calcula sus pasos  por centímetros, sus calendarios por días. Es la única superviviente de las mujeres que participaban junto a ella en la última tanda de terapia, un formato novedoso que acaba de ser instaurado. Uno diría que los libros que abre le alargan la vida.

“Pocas cosas me han ocurrido ─añade, citando a Borges─ y muchas he leído. ¡Y al escritor argentino sí le ocurrieron muchas cosas!”

“La capacidad de leer debería estar en la batería de preguntas de un psiquiatra ─sugiere─, se hace imposible cuando estás deprimido: no te concentras, ni te emocionas, ni te entusiasmas. La lectura me da la medida de mi ánimo”. En el 2008, cuando le dijeron que tenía metástasis, tuvo que apartar esa palabra del centro que había ocupado en su cabeza. Libros de autoayuda le regalaron muchos, pero los leía sin entusiasmo: alimentación, esoterismo, vida después de la vida. La novela negra, sin embargo, le ayudó a orillar el miedo. “Entré a través de Henning Mankell, leí todas sus novelas, me resultaba fácil”

Indagamos la causa, la novela negra no es sencilla, exige atención, un catálogo de nombres que retener, una intriga que desentrañar. “Era por Wallander, el inspector ─concluimos─. ¡Un trasto absoluto! Brillante, indisciplinado, bebedor, torpe con las mujeres: ¡llegué a enamorarme de él!” Una vez más, la identificación con un personaje. Alguien roto, que persevera, que no se rinde. Quizá la referencia lejana de alguien a quien amó. Quizá ella misma, en su deseo de seguir en pie.  

“Buela, llévame a la almohada mágica, anda…” Y en ningún momento se le ofrece al niño un móvil ni una tablet para congelar sus reclamos, Felisa lo incluye con naturalidad en la escena y sigue con su relato. Antes ha comentado que ya no podría ejercer de maestra porque no tiene la velocidad que exigen las nuevas tecnologías. “El mundo avanza muy rápido, mensajes breves, respuestas rápidas, mucha información y pocos filtros”. Se pregunta cómo se puede invitar a los niños a que amen los libros si aman la velocidad, “porque la lectura significa tiempo, esfuerzo, alma, reflexión. La inmediatez es incompatible con el disfrute de un libro”. La tecnología le aturde, “abre tantos caminos que no sé elegir”. “Amar y aprender a amar los libros ─concluye─ es una disciplina, pide entrenamiento, como quien aprende a bailar o aprende música, no surge fácil. Y empieza en casa”.

Arrebuja al niño entre sus piernas y vuelve a su libreta con un gesto metódico, condescendiente, como si hubiéramos descuidado la caligrafía. “Durante mis primeros años de maestra empecé a leer en valenciano y disfruté mucho ─busca los títulos, revuelve las páginas como si rastreara un tesoro en un álbum de fotos─, era el curso 82-83 y empecé con Quim Monzó, Rodoreda, Carme Riera, Sánchez Cutillas con su Matèria de Bretanya…Pero fue años después cuando descubrí un libro que para mí sería mágico: Al cor de la quimereta, de Encarna Sant-Celoni (Tabarca Llibres, 2009)”. Es el libro que elegiría para llevarse, pero no dice dónde, ¿a una isla? ¿Al mas-allá? “Fue empezar a leerlo y entrar de golpe en mi infancia porque ella es de Tavernes”. No es por los paisajes, responde, “Es por las palabras” Y cada vez que lo lee le provoca el mismo impacto emocional, “con la normalització llingüística había olvidado expresiones, canciones, giros. Es una novela excelente donde el lenguaje coloquial de mi infancia aparece en cada página, transcurre en un pueblo de la Safor y en la época que yo fui niña. Me toca mucho el alma”.

Su amigo dispara con el objetivo puesto ahora en el libro, debe destacar junto a su retrato. Para ella es una caja de música, una capa profunda de su retina, la primera neurona de su memoria. Los idiomas son patrimonio del tiempo y de sus pobladores, los hablantes los custodiamos como vigilantes de un museo vivo. En las escuelas se pasa el relevo a los vigilantes del mañana y ella ha enseñado así el español y el valenciano.

“Mis referentes en la enseñanza: Adela Cortina, Savater. Y Jose Antonio Marina, por supuesto, la educación en España necesita un pacto de Estado sin complejos y él debería dirigirlo

Los autores enredan la conversación como una hiedra y Felisa no se cansa, se levanta gatuna del sofá a la estantería y hasta llega su hija a por el pequeño y ella aún tiene mucho en su libreta. Marco ha olvidado las zapatillas y es otro arrumaco y otra despedida y cree que es el único imantado por la almohada mágica de su abuela pero no lo es. “De pensamiento te recomiendo a Muñoz Molina con su ensayo Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013), y el magnífico Sapiens, de animales a dioses (Yuval Noah Harari, Debate 2014), que contiene historia, economía, política y provocación, los alumnos de mi hija en bachiller se han quedado impresionados. Y tampoco quiero olvidarme de los libros que te transportan a realidades exóticas: Cometas en el cielo (Khaled Hosseini, Ed. Salamandra, 2003), la Autobiografía de Malala (Yo soy Malala, Alianza ed. 2013).

 “Tengo que hacer un verdadero esfuerzo para recordar los libros de los últimos años ─insiste─ por eso quería que Benjamín estuviera aquí esta tarde: él sí que se acuerda de todo, sabe un montón de citas…” Su amigo se retira la cámara de la cara y sonríe de forma templada, es fácil reconocer en él su escudero, su archivador de libros y de personas, posiblemente conozca más de un secreto. “Antes me reía porque has dicho ¡Tengo un problema…! ─apunta él─ Has hecho una pausa y luego… ¡ja, ja! Un problema de memoria, has dicho, ¿lo habías olvidado?”

Nos reímos tanto que si el pequeño estuviera aún a sus pies suspendería su lucha de dinosaurios para mirarnos perplejo; se habría perdido algo. La abuela pronto le enseñará que no vale la pena el drama, que las miserias personales hay que tomarlas con humor. No le viene bien la lástima, no nos la perdonaría. “¿Sabes lo que me hace más feliz? ─confiesa mientras cierra la libreta─ La normalidad. Que los días se sucedan sin sobresaltos y que la gente se comporte conmigo con normalidad, me molesta el cómo estás, cómo han ido las pruebas…”

“El único libro que releo de autoayuda ─añade─, es a David Serban-Schreiber, Hay muchas maneras de decir adiós (Ed. Espasa)”. El autor que, después de dos décadas conviviendo con el cáncer, dejó testamento de cómo se puede vivir plenamente y despedirse con naturalidad, de forma llana y valiente. “Ha muerto el autor, por cierto”, añade sin dramatismo.

Sin duda, Felisa es una alumna que aprueba con nota. “¡Morirse lleva mucho tiempo! ─bromeaba al inicio de la tarde─ Tengo a todo el mundo hasta el gorro con lo mío”. Asistir al humor y al coraje que despliega con su enfermedad es una lección. Sin duda, no se deja nunca de ser maestro, y ella lo es dentro y fuera del aula todo el tiempo. El que aprende a morir, transmite Felisa, ha aprendido a vivir. Por eso estar con ella revitaliza. Tiene una almohada mágica y ya no me creo que haya desactivado sus poderes.

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