En uno de esos sábados en los que no sabes qué hacer con tu vida, si tirarla a un cubo de basura o envolverla en papel de celofán y ponerle un lazo, entré en un cine de Benidorm. La película me importaba poco. Lo que necesitaba era huir de mis pensamientos. La sala era pequeña, éramos muy pocos delante de la pantalla. Fue la primera vez que oía los nombres de Torrente y Santiago Segura. Ver aquella película fue mano de santo. Enseguida olvidé mis preocupaciones. Desde la primera escena, en que el expolicía se emborracha en un local de alterne, no paré de reír. Una carcajada tras otra. Millones de espectadores quedaron enganchados a este antihéroe en una España en la que aún se podían hacer chistes verdes, y quedaba clara la diferencia entre la realidad y la ficción.
No volví a pisar ese cine, pues cerró años después. El éxito de Torrente, el brazo tonto de la ley convenció a su creador para iniciar una saga. He visto todas sus películas. En total, suman 81 millones de euros en recaudación y trece millones de espectadores.
Torrente 5: Operación Eurovegas se estrenó en 2014. España ha cambiado mucho desde entonces, hasta el punto de ser irreconocible. Es un país nórdico, en el peor sentido de la palabra: tristón, apagado, sin futuro ni pulso.
Después de su última criatura, Segura entendió que era inoportuno escribir más historias de Torrente. Había surgido una generación de espectadores con el cutis muy fino. La censura, llamada hoy cancelación, se envolvía en causas supuestamente nobles. Se arrinconó a artistas que no entraban por el aro de la corrección política. De las mil minorías no podías hacer bromas, bajo la amenaza de ser acusado por un delito de odio. Así se pretendía acallar a las voces disidentes.
Segura mantuvo durmiente a Torrente, que significa todo lo contrario a la España de progreso. Es homófobo, machista, fascista y racista. Convenía hacer comedias familiares, como la saga Padre no hay más que uno, y no buscarse líos.
Pero los tiempos han cambiado. La gente está cansada de que le digan lo que tiene que comer, cómo ha de hablar y fornicar, y de qué forma ha de viajar. La tiranía woke se tambalea. Hay artistas que plantan cara a la censura porque hay un público que los respalda.
En estas circunstancias llega Torrente presidente. Cuando se lean estas líneas, se habrá estrenado. Poco sé de la película, más allá de que el protagonista se presenta a unas elecciones como candidato del partido NOX. Hace meses corrió un vídeo sobre el rodaje. Levantó críticas entre seguidores del partido que se asemeja a esas siglas. Craso error. Veremos quiénes son objeto de burla en la película, la más corta de la saga, con sólo ochenta minutos de duración.
Torrente presidente será un éxito en taquilla. Directores como Santiago Segura garantizan la supervivencia de las salas, digan lo que digan los críticos del meñique erecto. Será la película del año, frente a la última del amortizado Almodóvar y la de Los Javis. Por un lado, lo cutre y lo repugnante; por otro, lo comprometido y sensible. Por supuesto elegiremos lo primero. Ver Torrente presidente será el desquite de la España que está al otro lado del muro, la mitad de un país al que un Gobierno de desalmados le orina en la cara cada día. Esa España acudirá en masa a ver la película, como rechazo a quienes le han destrozado su país. Como Dirty Sánchez se niega a convocar elecciones, votaremos llenando las salas.
España necesitaba el regreso de Torrente, la caspa hecha persona, y, aun así, a este sujeto despreciable lo preferimos a quienes aseguran estar en el lado correcto de la historia. Stalin también lo estaba.
Bienvenido sea José Luis Torrente a nuestras vidas precarias. Queremos reírnos, necesitamos una catarsis y olvidarnos de la charca en la que chapoteamos cada mañana. La charca española.
* Este artículo se publicó originalmente en el número 134 (marzo 2026) de la revista Plaza