Conocer un destino no es limitarse a visitar su capital; es recorrer el país y descubrir otros rincones para hacerse una idea más general de cómo es. Por eso, después de pasar unos días en Sofía, maravillarme con la Catedral de San Alejandro Nevski y sumergirme en una historia fascinante, pongo rumbo a Plovdiv, la segunda ciudad más grande de Bulgaria. El trayecto dura unas dos horas, tiempo suficiente para que la copiloto recuerde un detalle revelador: Plovdiv es uno de los lugares habitados de forma continua más antiguos de Europa, con asentamientos neolíticos que se remontan a más de seis mil años. ¿Seguirá la historia latiendo en sus calles o habrá quedado sepultada bajo los estratos de la tierra? Me intriga la huella que han dejado tracios, romanos, bizantinos y otomanos. La respuesta no tarda en llegar, pues ponemos rumbo al centro de la ciudad, aprovechando las horas de luz que aún quedan.
Entre casas bajas y calles adoquinadas llego a una gran vía peatonal llena de cafeterías, escaparates y terrazas bulliciosas. Llama la atención la mezquita Dzhumaya, con sus nueve cúpulas y un minarete de 23 metros de altura que recuerda el pasado otomano de la ciudad, en la que llegó a haber más de medio centenar de mezquitas otomanas. Junto a ella, una cafetería con el mismo nombre, donde se pueden tomar delicias turcas. Y allí, en medio del ir y venir de la gente, emergen unas gradas de mármol: los restos del estadio romano de Plovdiv, construido en el siglo II d. C. Me siento en la grada, como si fuera una de esas treinta mil personas que aquí se reunían. Ante mis ojos solo aparece una pequeña porción del estadio; el resto permanece oculto bajo edificios de nueva planta —en alguna tienda pueden encontrarse fragmentos—. La antigua Philippopolis convive con la Plovdiv actual de forma casi paradójica. Donde hubo carreras, competiciones y celebraciones públicas, hoy hay tiendas, turistas y calles pavimentadas.

- Restos del estadio romano -
- Olga Briasco
Me levanto y continúo caminando, expectante ante el siguiente hallazgo. No tarda en llegar: el foro romano. Hoy poco queda del corazón político, comercial y administrativo de la urbe romana, pero caminar entre fragmentos de columnas y muros bajos que dibujan la antigua planta de la plaza me resulta inquietante. Hace apenas unos minutos, escuchaba el ruido del tráfico y el murmullo de las terrazas; ahora me envuelve un silencio casi enigmático. Resulta fácil imaginar la actividad en este centro neurálgico, especialmente en el Odeón, un pequeño teatro que hoy está incrustado entre edificios modernos con algún que otro grafiti. Es increíble como las capas de la historia conviven con tanta naturalidad. Tanto que, nada más salir del foro el ruido de la ciudad regresa con su algarabía.
El barrio más bohemio
El pasado de la ciudad está presente en pequeños detalles, incluso en el moderno barrio de Kapana, un laberinto de callejuelas estrechas en el que es fácil desorientarse (de ahí su nombre: Kapana significa trampa). El barrio está lleno de murales multicolores, galerías de arte contemporáneo, cafés y restaurantes. Sin embargo, basta con fijarse en las placas de las calles para descubrir su herencia. Los nombres evocan los antiguos oficios artesanales que se concentraban aquí: Kozhuharska (cuero), Zhelezarska (hierro) o Ziatarska (oro). Salvando las diferencias, me recuerda al barrio del Carmen de València, donde los nombres de las calles conservan la memoria de antiguos gremios y actividades tradicionales.

- Grafitis en las calles del barrio de Kapana -
- Olga Briasco
A medida que cae la noche, Kapana se va transformando. Las luces cálidas iluminan las calles y la música se escapa de algunos locales repletos de mesas altas y grupos de amigos. También hay familias, viajeros y locales disfrutando de las terrazas más tranquilas. En uno de estos restaurantes, ubicado en una calle tranquila adornada con farolillos, hacemos un alto en el camino para cenar.
Casco antiguo de Plovdiv
Al igual que Roma, Plovdiv se alza sobre siete colinas cargadas de leyenda. Pero esta no habla de Rómulo y Remo, sino de una maldición. Cuenta la tradición que un joven marchó junto al ejército de Alejandro Magno y, en sus conquistas por Babilonia, alcanzó la gloria. Con el tiempo, su familia le pidió que regresara para ayudarlos, pero el joven, cegado por la ambición, decidió quedarse. Herida por su actitud, su madre lanzó una terrible maldición: «Si regresas, te convertirás en piedra». Y así, cuando finalmente volvió a su tierra, el encantamiento se cumplió. El joven y los siete camellos que lo acompañaban, cargados de riquezas, se transformaron en las siete elevaciones naturales de roca sobre las que se asienta la ciudad. Sin embargo, si las cuentas bien, verás que hoy solo quedan seis, pues una fue dinamitada en el siglo XX para extraer piedra y pavimentar sus calles.

- Terrazas en el barrio Kapana -
- Olga Briasco
Quizá parte de ella la estoy pisando ahora, mientras subo cuesta arriba por empinadas calles empedradas que llevan hasta el casco antiguo, enclavado sobre las colinas Taksim, Dzhambaz y Nebet Tepe, las tres donde se asentó el primer núcleo humano y que hoy conforman una única elevación. Aquí se alza la parte más señorial de la ciudad, integrada por más de un centenar de sorprendentes mansiones levantadas en el peculiar estilo del Renacimiento nacional búlgaro (siglos XVIII y XIX). Es temprano y las calles están desiertas. El silencio me lleva a imaginar a los ricos comerciantes entrando y saliendo de sus hogares, negociando seda, tabaco o especias. El sol comienza a iluminar las fachadas de vivos colores, cubiertas de dibujos florales, con ventanas y miradores que sobresalen sostenidos por vigas de madera. Esta ornamentación iba más allá del gusto estético, era una declaración visible de estatus y riqueza.
Me siento un poco perdida, así que entro en la oficina de información. Aquí me dan un mapa con la localización de las casas y adquiero una entrada combinada. La primera que visito es la casa Balabanov, cuyo austero exterior —una fachada de piedra pintada de color granate— sorprende con su interior: amplios salones por cuyos ventanales entra la luz natural y artesonados de madera en los techos, dignos de cualquier palacio. Cada estancia parece diseñada para recibir invitados, cerrar acuerdos y demostrar prosperidad sin tener que decirla. El patio de la Balabanov conduce directamente a su contrapunto: la casa Hindlian. En su interior sorprenden los frescos de ciudades como Venecia o Constantinopla, que parecen el mapa visual del mundo comercial en el que se movía su propietario, el comerciante armenio Stepan Hindlian. Aquí las paredes no solo decoran, narran sus viajes. También me llama la atención el baño, pues cuenta con sistema de calefacción —algo poco común en la época—.

- La Casa Hindliyan, una de las más bonitas del Renacimiento búlgaro -
- Olga Briasco
La siguiente visita es la casa Klianti, una de las viviendas más antiguas (siglo XVIII). A diferencia de la anterior, aquí los frescos no representan grandes paisajes exóticos, sino que predominan los motivos florales, geométricos y simbólicos. Las salas son más recogidas, lo que permite percibir mejor la vida cotidiana de una familia acomodada. La última parada es la farmacia Hipócrates, que ocupa la planta baja de la casa de Sotir Antoniadi, uno de los primeros médicos titulados de la ciudad. Su discreción hace que pase casi desapercibida, pero una vez dentro comprendo que la búsqueda merecía la pena. Fundada en el siglo XIX, cuenta con frascos de vidrio etiquetados en latín, cajas metálicas, morteros de piedra y balanzas de precisión. Es fácil imaginar al farmacéutico midiendo polvos medicinales en esa pequeña habitación.

- Restos del odeón de Filipópolis en Plovdiv -
- Olga Briasco
Durante el recorrido también hay iglesias, restaurantes, galerías de arte, tiendas de antigüedades y artesanía, y museos. Y muchas más mansiones, como la casa Lamartine, llamada así porque el poeta y viajero francés Alphonse de Lamartine se alojó en ella, aunque tan solo fueron tres días en el verano de 1833. En ese paseo, llego hasta lo más alto de la colina Taksim Tepe, donde se ubica el teatro romano, construido a finales del siglo I d. C. Al acceder, me sorprende su ubicación: está incrustado entre casas del siglo XIX y, desde las gradas, la vista se abre hacia la llanura tracia, dominando un horizonte que a lo largo de los siglos ha cambiado radicalmente. El escenario conserva parte de su decoración original: columnas corintias, frontones y relieves que evocan la solemnidad del mundo clásico. En el centro hay una estructura escénica moderna que empaña ligeramente el entorno, aunque resulta reconfortante que todavía siga ejerciendo la función para la que fue construido. Me siento unos minutos en la grada, tocando el mármol frío y mirando el horizonte. Aquí las capas de la historia vuelven a salir a la luz, en esa convivencia de épocas que me fascina.
Al descender de nuevo hacia las calles más transitadas, comprendo que la belleza de Plovdiv reside en ese contraste de barrios y en ese pasado que se asoma al presente; en su capacidad de no borrar sus capas, sino de convivir con ellas.

- Fuente en la plaza principal en Plovdiv -
- Olga Briasco
Qué más hacer en Plovdiv (Bulgaria)
Las mejores vistas de plovdiv: Desde lo alto de Nebet Tepe se divisa el casco antiguo, con sus casas tradicionales; el majestuoso teatro romano, asomando entre los tejados, y el río Maritsa extendiéndose hacia el horizonte. La mejor hora para subir es el atardecer, cuando la luz dorada realza la ciudad.
Iglesia de san dimităr: Situada en el barrio de Marasha, es una de las iglesias ortodoxas más antiguas. Desde fuera llama la atención con su aire sobrio y al entrar te envuelve un ambiente místico, con sus frescos brillando a la luz tenue de las velas. Además, conserva una campana centenaria y una iconostasis de madera tallada que es una maravilla.
Guía práctica de Plovdiv
Cómo llegar: Desde Sofía en coche (1 h 30 por la autopista A1) o en tren (2–2 h 30). Consejo: Lleva calzado cómodo, el casco antiguo tiene calles empedradas y cuestas, poco aptas para sandalias frágiles y suelas lisas. Moneda: Leva búlgara (BGN). 1 leva búlgara equivale aproximadamente a 0,51 €. Web: turismobulgaria.es

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 134 (marzo 2026) de la revista Plaza