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Samarcanda, la legendaria ciudad de Tamerlán

Nombre mítico en la Ruta de la Seda, la ciudad uzbeka de Samarcanda fue durante siglos un cruce de caminos, culturas y ambiciones imperiales. Hoy, sus monumentos recuerdan aquel pasado, pero con las voces del presente

  • La madrasa de Sher-Dor, reconocible por los mosaicos con tigres, en el Registán
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El nombre de Samarcanda resuena de inmediato en el imaginario de la Ruta de la Seda, ese entramado de caminos que durante siglos unió Oriente y Occidente y que convirtió Uzbekistán en un territorio de paso, intercambio y mestizaje cultural. En ese eje de caravanas, Samarcanda se erigió como una de las ciudades más deslumbrantes de Asia Central, un lugar donde comercio, conocimiento y poder se entrelazaron para dar forma a una urbe legendaria. No en vano, fue el anhelo de viajeros de todas las épocas, y pronunciar su nombre sigue envuelto en un cierto misticismo. Esa misma fascinación es la que me ha traído hasta Uzbekistán. En cierto modo, sigo la estela de quienes soñaron con contemplar la capital del vasto imperio de Timur-i-Lenk —en persa y turco significa Timur ‘el Cojo’—. No llego en una caravana cargada de mercancías, sino en un tren repleto de personas. Procede de Taskent, actual capital del país. El cansancio es tal que no puedo ni con mi alma, así que me dirijo directamente al alojamiento. Samarcanda tendrá que esperar hasta mañana.

Soy consciente de estar en esa ciudad legendaria mientras desayuno. Una enorme cristalera deja pasar la luz y puedo admirar las primeras cúpulas azules: una combinación equilibrada de azulejos y diseños casi imposibles que revela la riqueza artística de una ciudad soñada, pero tan real como el café que tengo entre las manos. Sin conocer aún nada, más allá de lo que veo desde mi mesa, me siento como Alejandro Magno cuando contempló Samarcanda por primera vez: «Todo lo que había oído sobre Samarkanda es verdad, excepto que es más hermosa de lo que había imaginado». Lo dijo cuando Tamerlán todavía no se había propuesto convertirla en el centro del mundo ni levantar la ciudad más hermosa de Asia. Spoiler: lo logró. En el siglo XIV, Samarcanda se transformó en uno de los grandes nudos de comunicaciones del mundo. Reunió lo mejor de las culturas de Europa, Persia, India y China, y atrajo a los más brillantes arquitectos y artesanos para levantar mezquitas, madrasas, bazares, palacios y plazas. La dinastía Timúrida desapareció, pero las maravillas se mantuvieron a lo largo de los siglos, resistiendo incluso la época soviética, en la que la ciudad sufrió un fuerte declive. Hoy, su casco histórico es Patrimonio de la Humanidad.

  • Dos mujeres rezan -

La perfección del arte timúrida

Lo más habitual es comenzar la visita por el Registán, la gran plaza monumental y la imagen icónica en todos los catálogos turísticos. Sin embargo, decido desviarme del recorrido clásico y caminar hacia la colina de Afrassiyab. Las calles peatonales están abarrotadas de puestos callejeros donde se exhiben sedas brillantes, alfombras de Hudjum y los tradicionales gorros uzbekos, junto a inevitables souvenirs que delatan que estamos en el siglo XXI.

En ese paseo hacia la parte más antigua llego a la necrópolis de Shah-i-Zinda —en persa significa ‘el Rey Viviente’—. El nombre se debe al mausoleo de Qutham ibn Abbas, primo del profeta Mahoma, al que la tradición atribuye ese sobrenombre por la leyenda que asegura que no murió, sino que descendió a un pozo para aguardar el Juicio Final.

Al cruzar la puerta, el rezo de los fieles acalla el murmullo de los visitantes —en su mayoría mujeres— que comienzan a ascender la escalinata. Mi guía me pide que cuente los escalones al subir y al bajar y que luego le diga el número exacto. Sigo sus instrucciones con curiosidad. Al posar el último pie en lo alto, me detengo, sobrecogida: ante mí se abre una calle estrecha flanqueada por opulentos mausoleos revestidos de cerámica vidriada, que parecen competir entre sí en belleza.

Permanezco inmóvil, deslumbrada por su brillo: mosaicos de turquesas, azules profundos y blancos, realzados con toques negros; arabescos florales y geométricos de una delicadeza extrema; inscripciones coránicas que recorren muros y portales. La gente se descalza, sube y baja los altos escalones que llevan a las estancias funerarias, se detiene, reza y hace fotografías. En el interior, la belleza vuelve a imponerse con la misma intensidad: paneles cerámicos, yeserías pintadas y, en algunos casos, cúpulas doradas. Absorta comprendo los elogios al arte timúrida, un arte que en estos mausoleos —levantados entre finales del siglo XIV y el XV— parece haber alcanzado su perfección.

 

  • Mezquita de Hazrat Khizr -

 

Sigo caminando por esa avenida sagrada hasta llegar al corazón espiritual del complejo: el mausoleo de Qutham ibn Abbas. El acceso se realiza a través de una puerta de madera ricamente decorada, un umbral que los peregrinos cruzan con recogimiento. El silencio se convierte en protagonista y, mientras contemplo el lugar, el tiempo parece detenerse. Al salir, la luz del día y el gentío me devuelven al presente. Vuelvo a atravesar los mausoleos con la misma admiración. Incluso con las gafas de Stendhal. Al bajar las escaleras las cuento de nuevo. Son cuarenta. Le digo el número a mi guía y me explica que quien las cuenta al subir y al bajar sin equivocarse queda libre de pecado. Pues eso que me llevo.

En el camino hacia la plaza me detengo en el Bazar Siab, repleto de personas comprando y vendiendo. El bullicio me lleva a la Ruta de la Seda, pues en aquella época fue uno de los mercados más importantes. Al entrar, el olor a especias y productos frescos es muy intenso y sorprenden las montañas de frutos secos, las frutas y verduras, los panes decorados… En ese paseo entre puestos descubro el kurt, un queso fuerte y agrio que, con una cerveza, es un buen snack.

Junto al mercado se alza la mezquita Bibi Khanum, ligada, cómo no, a una leyenda. Se cuenta que la esposa de Timur mandó construirla durante una de sus campañas militares con la intención de crear una obra tan grandiosa que eclipsara a todas las demás. Cuando solo faltaba el arco del portal, el arquitecto exigió un beso como condición para terminarlo. Aunque fue dado a través del velo, dejó una marca que Timur descubrió a su regreso, ordenando la ejecución del arquitecto.

Más allá de la leyenda, las crónicas confirman que la mezquita fue levantada en cinco años con materiales traídos desde la India por noventa y nueve elefantes y el trabajo de cientos de artesanos. Hoy, el edificio muestra las huellas del tiempo y las consecuencias del terremoto de 1966, pero su antiguo esplendor aún se percibe a través de las partes que se mantienen en pie (el cuerpo central y las dos naves laterales). En el medio del patio hay un gran atril que alberga un Corán gigantesco. Frente a la mezquita reposan los restos de Bibi Khanum y de algunos de sus familiares.

  • Interior del Registán -

El epicentro de Samarcanda 

Todavía no he llegado al Registán —en persa, ‘lugar de arena’—, pero su presencia es omnipresente, recordando la función de faro que tuvo, más allá de lo religioso. Obviando los edificios modernos, me imagino cómo aquellos caravaneros se orientaban por una silueta entre las arenas para llegar hasta aquí. Como ellos, camino hacia la plaza esperando ese encuentro que auguro mágico. No me decepciona. Las tres madrasas se alzan esbeltas, desafiando el paso del tiempo y haciendo la leyenda realidad. Estoy ante uno de los lugares más extraordinarios que he visto y, de algún modo, ante lo que una vez fue el centro del mundo.

Al entrar desgrano más la historia del lugar. El Registán comenzó a tomar forma con la madrasa de Ulugh Beg, inaugurada en 1420, donde se estudiaba Astronomía, Ciencias, Filosofía y Teología. Se distingue por las estrellas que decoran su fachada. Frente a ella se levanta la madrasa de Sher-Dor, reconocible por los mosaicos con tigres (o leones, no se sabe muy bien) en su portal, una imagen insólita en la arquitectura islámica, donde se evita representar seres vivos en edificios religiosos. La tercera es la madrasa de Tilya-Kori, que llama la atención por el uso abundante de dorados y mosaicos en el interior, especialmente en la mezquita que alberga. Mujeres posan vestidas con trajes de época; otros pasean bajo las enormes arcadas, y yo intento fotografiar la inmensidad del conjunto. Al final opto por el minimalismo.

  • Espectáculo nocturno del Registán -

Hoy, esas madrasas ya no acogen estudiantes, sino pequeñas tiendas de artesanía y souvenirs, pero, aun así, todo está rodeado de un aura mágica, quizá de Las mil y una noches. Recorro cada rincón de la plaza, deteniéndome en los detalles y en la magnitud del conjunto. Al salir sigo visitando la ciudad, el barrio judío, el pasado soviético y admirando esas calles en las que sobresalen las cúpulas azules.

De noche regreso a la gran plaza. El sol se pone tras las madrasas tiñendo el horizonte de rojo. Poco a poco las luces se iluminan hasta ser las protagonistas. La explanada se llena de gente de todas las edades para asistir a un espectáculo de luz y sonido. Me sitúo en lo alto para tener mejor vista. Las luces proyectan momentos y personajes de la historia de Samarcanda que ya no son tan ajenos a mí. Disfruto del ambiente, admiro el Registán y sonrío, consciente de estar cerrando el círculo de un sueño que ya puedo decir que he cumplido y que no me ha decepcionado.

  • El observatorio de Ulugbek, a las afueras de Samarcanda -

Qué más hacer en Samarcanda (Uzbekistán)

Mausoleo Gur-e-amir: Aquí reposan los restos de Amir Timur, junto a varios familiares, entre ellos su nieto Ulugbek. El mausoleo no fue concebido para él —había mandado construir el suyo en Shakhrisabz—, pero tras morir inesperadamente en Kazajistán y quedar el camino bloqueado por la nieve, fue enterrado aquí. En 1941, la tumba fue abierta y se confirmó que Timur era cojo y alto para su época. La leyenda afirma que una inscripción advertía que quien la abriera sería derrotado por un enemigo más temible; al día siguiente, Hitler invadió la Unión Soviética.

Observatorio de Ulugbek: Ulugbek fue gobernador, pero también astrónomo. De hecho, es conocido por elaborar un catálogo de estrellas —en el que describió 1.018— y por definir la duración del año estelar en 365 días, 6 horas, 10 minutos y 8 segundos. Para ello mandó construir un gran cuadrante con el que pudo determinar las alturas del Sol, la Luna y los planetas. Y esto es lo que se puede ver en el observatorio, además de conocer más aspectos de la Astronomía.

Guía práctica de Samarcanda

Cómo llegar: A Uzbekistán hay vuelos directos de Madrid a Taskent. Desde aquí a Samarcanda la opción más cómoda es en tren. El trayecto dura 2 h 15 min. Consejo: Dedica dos días a Samarcanda para ver con calma la ciudad. Moneda: Som uzbeko (15.000 Som equivalen a 1 euro).

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* Este artículo se publicó originalmente en el número 133 (febrero 2026) de la revista Plaza

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