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Robert y Aline se quieren


La Cúpula recupera en un solo volumen los 37 años de relación sentimental y comiquera entre el mítico dibujante Robert Crumb y su mujer Aline Kominsky. C'est la créme de la Crumb!

6/12/2015 - 

VALENCIA. Las cosas no siempre son lo que parecen y los dibujantes de cómics, a veces, tampoco. Valga la reflexión por Robert Crumb (Philadelphia, 1943). Aunque muchos le toman por el mejor dibujante del noveno arte, él asegura que el título le corresponde al chaladado de su hermano Charles (la historia completa está en el documental homónimo que les dedicó Terry Zwigoff). Otros le han considerado (con razón) el pope del underground, aunque estilísticamente es el heredero natural del clasicismo de Harvey Kurtzman, Walt Kelly, Carl Banks o Chester Gould. También se le ha puesto la etiqueta de degenerado sexual misógino, y resulta que lleva felizmente casado con la (moderadamente) feminista militante Aline Kominsky desde 1978.

Pues precisamente de eso va la cosa, de su relación profesional y sentimental (es imposible separarla) con Aline. Cuando se conocieron, Crumb ya era una auténtica leyenda. A sus espaldas tenía personajes tan memorables como el Gato Fritz (dos veces adaptado al cine ya en esa época), el gurú simplón Mr. Natural, Mr Snoid (al que Kortatu dedicó un temazo), el payaso Stinko, Pinoblaire (el joven con nariz de polla), la negra Angelfood McSpade… y toda su galería de tan extraños como entrañables personajes. También había dejado atrás las drogas y a su primera mujer o viceversa porque, en este caso, el orden de los factores tampoco afecta a la suma.

Por sus peculiares puntos de vista sobre el sexo (en el que nunca faltaron los maltratos, las prácticas aberrantes y todo tipo de filias) la sociedad bienpensante (blanco habitual de sus lápices) no lo tenía en muy buen concepto. Es lo que pasa cuando eres el único dibujante en el planeta que pinta los nabos más grandes que Richard Corben. Para las feministas, además, era una especie de Satanás, un cosificador de mujeres de manual. Por si alguien no lo conoce, se puede decir que si cuando hablamos de sexo y nombramos a Woody Allen pensamos en psicoanálisis, al pronunciar Crumb hay que remitirse a lo que se esconde más allá de la psiquiatría.

Quiso la casualidad que un día, a través de amigos comunes, Aline y Crumb se conocieron. A ella le hacía gracia que él tuviera un personaje bautizado como Honeybunch Kaminski, la típica girl next door rolliza e hipersexualizada. Por aquel entonces Aline formaba parte de un colectivo feminista (Wimmen Comix) capitaneado por Trina Robbins, toda una leyenda entre las mujeres dibujantes tanto por su trayectoria (había colaborado con gente como Frank Frazetta en Vampirella) como por su compromiso en defensa de los derechos de las mujeres.

Al final, Crumb (que ya empezaba a estar harto de ser considerado una especie de Papa Oso del underground) y Aline, que tampoco le veía el rollo a eso de quemar sujetadores, se hicieron novios. A la joven le costó poco aficionarse a dibujar escenas de sexo guarro que solían acabar con ella supurando lefa por la nariz. Luego, como buena pareja convencional, se casaron y tuvieron una hija (Sofía).

La historia acabó con la compra una casa en la campiña francesa pagada con una caja llena de dibujos. El coco había sentado la cabeza y formado la típica familia disfuncional de clase media. Así pasaron de jipis a encarnar la burguesía de la que tanto se habían reído y no les quedó otra que continuar la fiesta burlándose sin piedad de ellos mismos.

Los trapos sucios se lavan en público

Fruto de esta relación nació el cómic Dirty Laundry (Trapos sucios) en 1974. En él, la pareja formó uno de los combos creativos más prolíficos de la historia del cómic (así de pronto, sólo me acuerdo de otro: Frank Miller y la colorista Lynn Varley). En él, cada uno se dibujaba a sí mismo y compartían con el mundo lo que era una especie de diario de su relación de pareja y en el que no abandonaban ni un momento su estilo habitual (él mismo ha siempre ha sido su mejor fuente de inspiración). Con los años, a la fiesta también se unió su retoño Sofía, y todo ello lo acaba de recopilar La Cúpula en rústica bajo el título de ¡Háblame de amor!

Lo divertido de Dirty Laundry es todo, desde los guiones totalmente surrealistas de los primeros números (en los que se pasa en un par de página de una abducción por extraterrestres liderados por Timothy Leary a practicar sadomasoquismo en la cocina de su hogar) al retrato de una pareja madura de los últimos números. El estilo inimitable de Crumb marida perfectamente con el de su esposa, y eso que hay niños de cuatro años que manejan el lápiz mejor que ella. Ahí está la gracia, el maestro parodiado por su aprendiz.

Para los seguidores de Crumb, un tipo relativamente reacio a conceder entrevistas (aunque no tanto como cuenta la leyenda, ahí está The R. Crumb Handbook de Peter Poplaski), ¡Háblame de amor! es toda una autobiografía y, sobre todo, una oportunidad única de repasar su trayectoria vital, desde los locos años 70 hasta que se convirtió en un habitual de las paredes de los museos de medio mundo y se permitió la chulería de deconstruir La Biblia haciendo en Génesis la adaptación más fiel que se recuerda .

Un paseo desde el Crumb obseso sexual hasta el entrañable abuelito cargado de manías y que ve abrirse el cielo cuando le regalan una empaquetadora.Por ejemplo, entre desvarío y desvarío, a Crumb le queda humor para bromear sobre uno de los problemas más surrealistas que puede tener un dibujante que vive voluntariamente al margen del sistema: ser el padre, por casualidad, de merchandising moderno.

Fue a principios de los 70, cuando un dibujo suyo (el mítico Keep on trucking) empezó a aparecer en todo tipo de objetos de manera masiva, de camisetas hasta tazas pasando por lo que uno se quiera imaginar. Más cabreado que un mono, decidió acudir a los tribunales para reclamar sus derechos y ¡oh fatalidad! no sólo el juez falló que su dibujo pertenecía al dominio público sino que Hacienda le quería cobrar como si se hubiera forrado con los derechos de autor.

Poco después, afortunadamente, recuperó la propiedad intelectual de su obra. Un caso que marcó un antes y un después y que (dato curioso) fue lo que permitió a George Lucas en 1977 forrarse el riñón vendiendo muñequitos de Star Wars y dar por inaugurada la edad de oro del merchandising.

¡Háblame de amor! es más que un cómic de Crumb, es un pequeño retrato de la evolución del mundo y su estulticia desde los años 70 y una magnífica ocasión para disfrutar de más de 250 páginas de uno de los dibujantes más importantes y personales de la historia del tebeo. En este contexto de fiestas empalagosas, un regalo políticamente incorrecto para ayudará a sobrevivir a tanta tontería.

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