VALÈNCIA. Cada vez que una familia muy adinerada, como magnates o grandes propietarios, sufre, las noticias se petan con cada detalle. No tienen más que abrir el periódico. Son sucesos que causan fascinación porque estamos hechizados por los millonarios. Nos excitan, sus historias son un material evasivo tan efectivo como la ciencia ficción, de hecho, la inmensa mayoría de nosotros antes de morir quizá tengamos más fácil llegar a otro planeta que amasar una fortuna de millones de euros.
Sin embargo, la mirada que tenemos hacia las alturas en cine y televisión ya no es como antes. En la época del amor y lujo como género, se disfrutaba del sufrimiento de los millonarios, de sus cuitas, de sus romances imposibles y sus herencias envenenadas, pero había un nivel, un estilo y una elegancia. Hollywood se hinchó a ofertar películas de estas características, como Gigante de George Stevens o Escrito sobre el viento del gran Douglas Sirk, y no digamos series, con Dallas, Falcon Crest y Dinastía a la cabeza. Pero ahora tenemos otra cosa. Las pequeñas veleidades de aquellos millonarios, adulterio o alcoholismo, actualmente se han convertido en verdadera degeneración.
Se parte de la base de que la riqueza implica corrupción moral, incapacidad para encontrar el equilibrio mental debido a la abundancia, juego sucio por sistema y con una marcada tendencia a las adicciones. La noruega Exit fue un gran ejemplo. Tenía un punto de parodia, se podía tomar como humor negro, pero en realidad estaba escrita a partir de testimonios reales de los grandes financieros noruegos. Decían los autores que un setenta por cierto de lo que aparecía era cierto.
Estos ricos recurrían sistemáticamente a la drogadicción extrema y las escorts para encontrar momentos de placer y relajación. Las esposas eran objetos decorativos que quedaban atrapados en una casa o jaula de oro mientras ellos expresaban su verdadera personalidad en apartamentos secretos. Un poco como los austriacos de clase media en sus sótanos, tal y como retrató Ulrich Seidl en su aclamado documental, pero con tarjetas de crédito sin límite de gasto.

Actualmente, además, tenemos la hustle culture y la manosphere, que asumen un mejunje de filosofía calvinista y delirios esotéricos como el pensamiento positivo para difundir a través de youtubers e influencers donde cualquiera puede hacerse rico porque todo depende de actitud, disciplina y voluntad individual. Ahí tenemos a Andrew Tate y su “ser pobre es una elección” (no sé si lo seguirá pensando en el talego), o Dan Peña y la idea de que eres pobre porque tienes miedo. Y en el otro lado, en lo que ya llaman la femosfera, a las mujeres que “renuncian al romance y buscan hombres de alto valor”. Todos ellos inspirados en los Elon Musk, Peter Thiel, Jeff Bezos y compañía que tienen el comportamiento de supervillanos de Marvel en un mundo real en el que no existen los superhéroes.
Tanto una broma como las memeces que recogen los periódicos son la mitad de una verdad y este tipo de degradación moral y pensamiento anti-intelectual y anti-político, si suena es porque está presente en la sociedad. Y, a lo que vamos, configura la imagen de los ricos y poderosos como genuinos canallas que buscan elevadas cotas de placer y bienestar a costa de quien sea. Lejos quedaron los emprendedores filantrópicos, ahora el que tiene pasta es un monstruo por correlación directa y, en la ficción televisiva y cinematográfica, si algo alivia las pulsiones del público es verlos pasarlo mal.
Una académica, Hanna Kuusela, denomina a ese sentimiento schadenfreude, en alemán, que quiere decir disfrutar del sufrimiento ajeno. No hace falta irse a casos extremos como los protagonistas de Exit, esa emoción se puede explotar de forma mucho más sutil en una serie como The Crown. Ya comentamos aquí lo interesante adentrarse en cómo la dictadura de la opinión pública acababa secando las vidas de los miembros de la familia real hasta hacerla insoportable, tanto la suya como la de los incautos que se emparentaban con ellos. Y vete tú a abdicar, cuando has sido adiestrado precisamente para llevar esa vida. La monarquía moderna es un gran reality show y por eso gozamos tanto con esa serie, porque detrás del oropel había más tristeza que entre la gente corriente que no llega a fin de mes. Si tú no tienes felicidad, de sabio no tienes ná, cantaba el filósofo.

Otro caso más ambivalente han sido las Kardashians, fielmente seguidas en esta columna. Su reality ha dado miles de claves sobre el rumbo del mundo moderno, especialmente sobre las tendencias que aparecen en ese gran manicomio que es Estados Unidos, pero al mismo tiempo el gancho del que se ha quedado colgado la mayor parte de su público es su sufrimiento. Por mucha pasta que les cayera de la nada, las rupturas sentimentales marcaban el ritmo. En el caso de Lamar Odom, con una escena en un puticlub propia de los personajes de Exit. De hecho, los críticos han subrayado que es la vulnerabilidad la que ha reforzado la atención sobre esa familia; atención que en la economía del siglo XXI se traduce en dinero. No por casualidad, todo empezó con un vídeo porno robado y a partir de ahí, una amiga secundaria y con poco carisma de Paris Hilton fue capaz de construir todo un imperio.
Y en todo este caldo de cultivo, los ejecutivos del entretenimiento han tomado nota y nos bombardearon con Industry (HBO), Billions (Showtime), Empire (Fox), The Righteous Gemstones (HBO), WeCrashed (Apple)… y destacada entre todas ellas, la inmortal, la eterna Succession. Esta vez no hay emprendedores, como en la vieja escuela, el contexto es el capitalismo patrimonial, el de los ricos de cuna que no han hecho nada más en su vida que esperar para heredar e ir fogueándose en las empresas de papi. El choque entre el padre, el cruel, pero empresario hecho a sí mismo, Logan Roy, y sus inútiles hijos es un choque de trenes. Pero también es ciencia ficción evasiva. Se plantea que esa clase de personas está abocada a perderlo todo.
Y más de lo mismo es White Lotus, donde le hincamos el colmillo a lo más detestable que hay, los turistas de alto poder adquisitivo. En el momento en el que disfrutan al máximo de todo lo que tienen, en un viaje exótico de alta gama, podemos comprobar lo vulnerables, miserables e infelices que son. Comentamos en su día el desamparo del turista cuando sale de sus rutinas, a estos les pasa lo mismo. Fuera de su terreno, son como bebés, torpes y patosos, que solo saben comer y cagar. Además, sus matrimonios saltan por los aires, sus hijos les desaíran, sus finanzas quiebran, les roban con facilidad por palurdos y son unos horteras de tomo y lomo. Aquí en mitad del schadenfreude también nos plantean otro escapismo de ciencia ficción, pensar que la riqueza no te libra de ser ridículo y desgraciado. Y eso es lo que ha sido siempre Hollywood y ahora las plataformas: la fábrica de los sueños.