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Star Trek: ¿La máquina de lavar cerebros?

Entre la parroquia conspiranoica circula el bulo de que que 'Star Trek' nació como un proyecto de control mental para convertir a los americanos en simples piezas de ese juego perverso llamado comunismo. Y lo más curioso es que hasta hay algo de verdad

19/08/2016 - 

VALENCIA. Pese a que el director es Justin Lee (el figura detrás de la mitad de la franquicia de Fast & Furious), todo apunta a que el estreno de Star Trek: Más Allá será uno de los éxitos de un verano en el que ninguna de las promesa ha conseguido reventar la taquilla. Acción y espectáculo seguro que no faltan, pero está por ver que mantenga el impulso que le dio J.J. Abrams en el último reboot, sobre todo porque ni Roberto Orci (que casi la dirige) y Alex Kurtzman repiten como guionistas. Eso sí, las críticas en EEUU están siendo tan buenas como en las dos entregas anteriores.

Probablemente hay que vivir en alguno de esos planetas perdidos en el espacio que visitaba el Entreprise para no saber de qué va la serie creada por Gene Roddenberry para la cadena NBC en 1966, y que en España no se estrenó hasta 1969 y con el título Viaje a las estrellas (que luego se cambió por La conquista del espacio). Aunque la tripulación sigue desde entonces surcando galaxias desconocidas, el argumento es de sobra conocido: unos buenos muy buenos van salvando planetas mientras los malvados de turno no paran de dar pomada.

Mucho (muchísimo) se ha escrito sobre la serie y, de todo eso, lo más curioso es que algunos juran y perjuran que nació como un proyecto de control mental para ablandar los cerebros de los espectadores americanos y que aceptaran lo que los conspiranoicos llaman el Nuevo Orden Mundial (que entonces se cocinaba a fuego lento en Moscú).

Ya se sabe, eso de una tripulación compuesta de seres de varias nacionalidades que defienden el uso de la diplomacia antes que el de los phaser para resolver conflictos, y que viven felices en un eterno orden militar y en una sociedad sin dinero no podía ser más que una alegoría de ese juego tan peligroso que se llama comunismo. Por extraño que parezca algo, no mucho, de cierto sí que hay.

Según las teorías del conspiranoico Alan Watt, las predicciones de la RAND formaban parte de “una sutil manera de los medios para condicionar psicológicamente y acostumbrar [al público] a cambios sociales que nuestros líderes han planeado implementar. Si cuando esos cambios se llevan a cabo, el público está familiarizado con ellos y los acepta como una ‘progresión natural’ y, así, reduce una posible resistencia o conmoción”.

El origen de la polémica

La polémica nació en 2013 cuando una página trekkie —así se llaman los seguidores irredentos de la saga— decidió colgar una entrevista olvidada con el actor Jeffrey Hunter. Aunque el tipo, que murió en 1969, está totalmente olvidado, en su época protagonizó Centauros del desierto (1959) y El sargento negro (1960), ambas de John Ford, e incluso había hecho de Jesús en Rey de Reyes (Nicholas Ray, 1961). Como necesitaba una estrella, Roddenberry le ofreció interpretar al capitán Christopher Pike (el protagonista) en el episodio piloto. Sin embargo, The Cage (así se llamaba el capítulo) no gustó mucho en la NBC y el rol se lo quedó finalmente William Shatner, que se hizo famoso haciendo de Capitán James T. Kirk.

Cuando Star Trek todavía era un proyecto, Hunter concedió una entrevista en la que daba por sentado que la serie se estrenaría. Luego añadió una curiosa frase: “Lo que más me llama la atención es que está basada en las proyecciones de cosas que van a ocurrir de la RAND Corporation. Excepto por los personajes de ficción, será como echar un vistazo al futuro y seguro que algunas de esas predicciones serán ciertas durante nuestras vidas”.

La alusión a la RAND Corporation sonó como una explosión en el mundo de los conspiranoicos. No en vano, este think tank creado en 1948 era un viejo conocido desde que nació para realizar estudios principalmente sobre cuestiones militares. Cuando, en su discurso de despedida (1961), el presidente Eisenhower alertó a los americanos del peligro del complejo militar-industrial, probablemente estaba pensando en algo así. Con el tiempo fue ampliando su campo de actividades a todo tipo de estudios, desde la creencia en los ovnis (que probablemente ayudó a fomentar) a cualquier tema que sirviera para tomar decisiones basadas en el análisis de datos.

¿Qué hay de cierto?

La clave del enigma está en Harvey P. Lynn, expiloto militar y asesor de la RAND Corporation. Aunque totalmente olvidado, en The making of Star Trek (1970), Roddenberry incluyó una de las cartas que intercambió con él (en concreto la última), a quien conoció a través del coronel Donald I. Prickett, y en el que reconocía su contribución como asesor científico. En otra carta, en la que Prickett recomendaba a su amigo, lo calificaba como alguien en quien se podía confiar y que guardaría el secreto. La versión oficial, la de RAND, es que sólo aportó alguna idea para el diseño del cuadro de mandos de la Enterprise y que lo hizo a título personal. La primera parte de la frase es falsa; la segunda, no se sabe.

Lo que sí parece cierto es que Lynn sólo colaboró en los aspectos técnicos de la serie (con lo que ganó se compró una tele en color) pero de lo que no hay la menor prueba es de que tuviera que ver con las proyecciones de cosas que van a ocurrir de la RAND. Tampoco las hay de que tuviera algo que ver con la filosofía humanista de la serie.

De hecho, Lynn participó en la fase previa y (puede) que en los guiones de los primeros capítulos pero poco más. Seguramente colaboraría en el episodio piloto (The Cage), pero este no se llegó a estrenar ya que a la cadena le parecía demasiado rebuscado (no vio la luz hasta 1988). Además, si fue un proyecto de control mental, tampoco se puede decir que tuviera mucho éxito: debido a su baja audiencia, la NBC cambió la hora de emisión durante la tercera temporada y acabó cancelándola. Sólo el entusiasmo de los fans consiguió que regresara en 1979 como saga cinematográfica y luego a la TV con La Nueva Generación(1987).

Sin negarle el mérito a Lynn que le dio una pátina científica a la serie, lo cierto es que algunas de sus aportaciones fueron por casualidad: lo de la teletransportación era una excusa para evitar rodar aterrizajes, mucho más caros. Además, el tono filosófico de la serie fue mérito de Roddenberry y guionistas como George Clayton Johnson.

Además, reducir todo a una conspiración de los medios liberales para lavar cerebros puede estar bien para alimentar blogs de tercera, pero es un flaco favor a la serie en la que se produjo el primer beso interracial de la historia; que se atrevió a criticar la guerra de Vietnam; que fue pionera en la defensa del ecologismo, la integración racial y la igualdad de la mujer; o que—en aras de la convivencia— decidió incluir un tripulante ruso ante las críticas del diario Pradva. Como dijo Roddenberry sobre su serie: “¿Intolerancia en el siglo XXIII? Si la Humanidad sobrevive tanto, tendrá que haber aprendido a disfrutar de las diferencias entre los seres humanos y las culturas”.

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