VALÈNCIA. La danza también es herramienta de encuentro, escucha y, por qué no, reconstrucción. Dansa València ha llevado su actividad más allá de teatros y auditorios para desplegar dos talleres en municipios afectados por la Dana: por un lado, jóvenes del IES Carles Salvador de Aldaia y mujeres vinculadas a la Koordinadora de Kolectivos del Parke, en el barrio de Parque Alcosa de Alfafar; por otra, el cuerpo como espacio de expresión y cuidado compartido en contextos de fragilidad social.
Por un lado, en el instituto de Aldaia, el punto de partida es, por naturaleza, la vergüenza, los tabús, y los prejuicios que están tan presentes en esos espacios y esas edades. Andrea Torres reconoce que cada intervención en un centro educativo supone un reto: “Tratamos de conectar con nuestro adolescente propio, recordar cuando éramos adolescentes y las cosas que nos pasaban”.
El grupo, además, tenía características diversas: alumnado de bachillerato artístico junto a jóvenes en riesgo de exclusión o con diversidad funcional. “Nos juntábamos personas que no se conocían entre ellas, con características muy concretas”, señala Torres, que insiste en el enfoque inclusivo del trabajo: “Partimos de la base de que todo el mundo tiene un cuerpo. Ya sea tu motor la voz o la gestualidad, lo que nos une es eso”.
La propuesta ha pasado por trabajar desde lo más sencillo: “Hemos trabajado mucho los gestos cotidianos, o pequeñas frases coreográficas, a partir de cosas muy simples, como el caminar”, explica. Incluso los movimientos inspirados en TikTok se han colado en el proceso: “Para ellos eso también es cotidiano. Si lo desean expresar así, sus danzas cotidianas son bienvenidas y las transformamos”.

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- Foto: DANSA VALÈNCIA
Un espacio de cuidado en el flamenco
En Parque Alcosa, Eva Moreno partía de otra realidad: mujeres con cargas familiares, trayectorias diversas y poco acceso a actividades culturales. “El derecho a disfrutar del arte y la cultura en cualquier condición social no se cumple. Nos parecía muy importante poner algo tan maravilloso como un taller de flamenco en lugares que han estado muy olvidados”, afirma.
El grupo ha sido heterogéneo y, en su mayoría, sin experiencia previa: “En general no habían bailado nunca. Muchas veces las mujeres no participamos de actividades por la carga de cuidados. Solo eso ya es un hecho reivindicativo”, explica Moreno.
Frente a eso, el flamenco es la herramienta propuesta para contrarrestar y su carácter accesible: “Parece muy inaccesible y muy difícil, pero es importante quitarle hierro y hacerlo posible para quien quiera acercarse”.
Para la coreógrafa, el flamenco “es un juego de energías que llega directo. Y cuando lo practicas, es fácil llevarlo a cada cuerpo”. Una práctica que, además, cuestiona los cánones: “Se agradece la grandeza de los cuerpos, las diferencias. Todo eso es súper flamenco”.

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- Foto: DANSA VALÈNCIA
Más allá del escenario
Más allá de los efectos en las personas participantes, ambas coreógrafas coinciden en la importancia de estos procesos para sus propias prácticas artísticas. Andrea Torres señala que la mediación abre nuevas perspectivas: “Nos repercute en ampliar nuestras miras, ver cómo la danza permea en otros lugares. Parece que te piden producción, residencias… y esto te recuerda que la danza puede estar en todos los sitios”.
También a nivel creativo, añade, trabajar con lo cotidiano influye en la escena: “A veces en lo más sencillo nacen las cosas que más funcionan. Trabajar con estas premisas nos recuerda ir a lo cotidiano”.
Eva Moreno, por su parte, defiende la mediación como parte esencial del trabajo artístico: “Todas las artistas tendrían que tener esta faceta. Es tomar tierra, estar en contacto con la realidad. Aunque te ves dos veces con un grupo de personas que no se conocían, se crean vínculos. Estamos tocando material delicado: los cuerpos, las emociones. Y compartirlo en comunidad da mucha fuerza”.