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NOSTÀLGIA DE FUTUR / OPINIÓN

The Fake Economy

17/01/2019 - 

Hace aproximadamente cinco años València vivió una historia rocambolesca que fue relatada por Eugenio Viñas en este periódico, Los espacios públicos de la ciudad vieron como una empresa de tapizados del automóvil se quedaba la concesión de venta ambulante de horchata, y sus improvisados carritos aparecían y desaparecían de la calles como una estrella fugaz. De manera extraña consiguieron la concesión, pero de manera menos extraña el negocio fracasó.

Un año antes el magnate americano Sheldon Adelson consiguió convencer a no pocos funcionarios, políticos y periodistas de las bondades de su Eurovegas, desencadenando una ridícula batalla administrativa entre Cataluña y Madrid para conseguir los máximos beneficios fiscales, dádivas públicas y demás genuflexiones regulatorias. En realidad, lo que Aldenson estaba haciendo era utilizarnos para negociar con un tercero.

Más o menos sería por aquella época cuando las ciudades se llenaban de tiendas de cigarrillos electrónicos en un momento en que la burbuja inmobiliaria estaba bien explotada y la moda de los cibercafés, inmobiliarias y yogurterías había terminado. La explotada burbuja había dejado como legado un paisaje de proyectos abandonados a medio hacer. Una nación rotonda que había transferido demasiados recursos de lo productivo a lo especulativo.

Hace mucho menos, en 2016, unos “emprendedores” que lo único que gestionaban era una tienda de muebles de jardín en Marbella fueron todavía capaces de seducir a algunos medios con su proyecto de casino y hotel de seis estrellas que devolvería la Fórmula 1 a La Marina de València.

Justo antes de acabar este año 2018, la Comunidad Autónoma de Extremadura presentaba a bombo y platillo su nuevo macro proyecto, una distopía urbana llamada Elysium, que probablemente no llegará a realizarse.

Todavía saboreamos la resaca de las consecuencias del boom inmobiliario ligado a un capitalismo dopado que generó crecimiento sin aumentar la productividad. Empresas dopadas, como explicaba en otra columna de opinión, directamente con la EPO del sector público e indirectamente con la testosterona de los créditos de las cajas.

Pedro Bravo, en un artículo publicado la semana pasada, daba en el clavo al comparar las fake news con las empresas fake que “buscan la excitación de los mercados para dar el pelotazo y utilizan las ciudades como escaparate”. El fenómeno de las empresas fake abarcaría a las startups de alquiler de bicicletas que aparecen y desaparecen de un día al otro, modelos de movilidad compartida financiados con la publicidad o vendiendo los datos de los usuarios, o empresas de co-working sobrevaloradas financieramente.

Una fake o false economy, una falsa economía, no es un término nuevo. Se refiere a un intento de ahorrar dinero que a la larga se traduce en un gasto más grande. Una falsa economía es elegir unas zapatillas más baratas que no duren más de un mes. Una falsa economía puede ser también la privatización de un servicio público de autobuses si ahorra dinero a corto plazo pero genera grandes perdidas para el bienestar de los usuarios, de manera agregada, a largo plazo.

El concepto actualizado de fake economy debería recoger el significado original incluyendo los casos que analiza Pedro Bravo junto a los ejemplos, diferentes en escala pero similares en el fondo, que mencionaba al principio de este artículo.

La fake economy, igual que las fake news, es un fenómeno peligroso y no tan sencillo de reconocer. Propongo unas características que nos pueden ayudar a identificar las expresiones de la fake economy en nuestros territorios, vidas y mercados.

La fake economy genera beneficios a corto plazo —o aparenta que lo hace— a través del empleo o la inversión pero lleva acompañados unos costes sociales, económicos o medioambientales mucho más importantes a largo plazo en forma de las ruinas urbanas, la obsolescencia, la contaminación, la asignación de recursos que estarían mejor aprovechados en otro lugar o la regulación contraproducente asociada.

La fake economy está fundamentalmente descontextualizada: presenta proyectos y servicios absolutamente estandarizados y replicables independientemente del lugar donde se hagan.

La fake economy no tiene como objetivo principal satisfacer una necesidad con un producto o un servicio sino que subordina dicha producción a conseguir otras cosas, como datos de los clientes o inversión de terceros.

La fake economy suele buscar beneficios administrativos, rebajas fiscales y condiciones favorables de regulación ya que, al no depender de los activos de un determinado territorio, puede acabar basando su modelo de negocio en dichos beneficios administrativos. Cuando desaparezcan esas condiciones, la actividad económica fake también lo hará.

La fake economy trae consigo negocios efímeros, volátiles. Negocios que aparecen y desaparecen de nuestra paisaje urbano y tiene, a la vez, una tendencia irrefrenable a la auto-réplica y el crecimiento, casi como si fuera un virus.

La fake economy es una amenaza real para nuestras ciudad, que prometiendo beneficios inmediatos construye esquemas ponzi con nuestros activos económicos, sociales y territoriales trayendo consigo, a posteriori, costes mucho mayores.

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