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NOTICIAS DE ORIENTE / OPINIÓN

The Silver Way o el comienzo de la globalización

25/03/2018 - 

Hace una semana estuve paseando un día, a primera hora de la mañana, por la parte que, en mi opinión, tiene más carácter e interés de Manila y donde la herencia española resulta evidente: la zona de intramuros. Está ubicada en la ribera meridional del río Pasig y constituía el distrito amurallado de Manila, así como la localización originaria de la ciudad que en 1571 fundó Miguel López de Legazpi. Pocas personas saben lo mucho que estas calles estuvieron ligadas a una experiencia globalizadora exitosa y primigenia que se prolongó durante casi trescientos años.

Este desconocimiento se debe a que una parte importante de la historiografía de los dos últimos siglos ha estado liderada por estudiosos vinculados a las potencias anglosajonas dominantes, primero con el Reino Unido y luego con Estados Unidos, circunstancia que ha hecho que su aproximación se haya alienado en demasiadas ocasiones con los intereses de esos países. Y estos intereses fueron sistemáticamente contrarios a la posición hegemónica que ocupó en su día el imperio español, al que se consideró el enemigo prioritario a batir. En ese sentido, se desplegó una potente y eficaz propaganda que contribuyó a la difusión de la “leyenda negra” española, que ponía especial énfasis en los aspectos más desfavorables de la España de la época y que tenía por objeto el desgaste y el descrédito de lo que hoy llamaríamos the Spanish way. En la actualidad, quizás también por razón del actual posicionamiento anglosajón (y que se evidencia en las consecuencias del brexit y en la atípica administración del presidente Trump), se ha producido un movimiento revisionista crítico de dicha leyenda negra que permite estudiar el fenómeno desde otras perspectivas y alcanzar conclusiones distintas probablemente más ponderadas sobre lo que fue el imperio español. En este sentido, cabe destacar las estupendas aportaciones de María Elvira Roca Barea en su Imperiofobia y leyenda negra o la de Alberto G. Ibáñez en su libro La conjura silenciada contra España.

Precisamente, dentro de esos acontecimientos históricos que se han obviado o a los que no se les ha dado la relevancia que deberían haber tenido, se incardina lo que se llamó la Nao de China o el Pabellón de Manila, o la más reciente denominación de la ruta de la plata acuñada por Juan José Morales y Peter Gordon en su imprescindible The Silver Way. Se trata de una ruta comercial formidable que se estableció desde la fundación de Manila hasta la independencia de los territorios americanos de la corona española a principios del siglo XIX. Dicha ruta arrancaba en China (que era donde se fabricaban los productos; con alcance a todo el territorio chino con un especial énfasis en la zona de Fujian). Filipinas, y en concreto Manila, realizaban una función indispensable de centro de almacenaje y distribución. Una o dos veces al año, un nutrido convoy de galeones o naves debidamente custodiados cruzaba el Pacífico hasta alcanzar la costa oeste de México, principalmente el puerto de Acapulco. Seguían la ruta inaugurada por Andrés de Urdaneta, que fue quien descubrió el celebre tornaviaje (volver puede ser tan importante como ir) o ruta de regreso a México a través del océano Pacífico impulsada por la corriente de Kuro-Siwo en dirección este. Dicha travesía entre Manila y Acapulco solía durar entre 4 y 5 meses incluyendo la escala en Guam. Una vez alcanzadas tierras mexicanas, las mercancías provenientes de China eran transportadas por tierra a través de todo el territorio mexicano hasta alcanzar el puerto de Veracruz. Los productos se embarcaban en las Flotas de las Indias rumbo a España. Así, los barcos que zarpaban de Veracruz unían ambos mundos al ir cargados con los productos procedentes de Oriente, a los que se unían las materias primas y metales preciosos de los territorios españoles americanos (esencialmente de México, Centroamérica y el Caribe).

Esta ruta comercial ininterrumpida fue una de las más largas de la historia, ya que estuvo funcionando durante más de dos siglos y medio. El último galeón de Manila fue de 1815.

Se nos plantean algunas cuestiones, muy diferentes, que revisten especial interés en relación con esta ruta marítima. China (como ha seguido haciendo) vendía a España productos manufacturados especialmente valiosos y considerados de lujo en aquella época: cerámica, sedas, biombos, kimonos. A cambio, ¿qué recibía? Tenía que ser algo en lo que China tuviese un especial interés, ya que de lo contrario no se habría prestado a vender sus riquezas (esto fue lo que sucedió con su comercio con el Reino Unido en un momento posterior y que hizo que ese último país padeciera un déficit comercial notable). Y esta moneda de cambio, y nunca mejor dicho, era la plata producida en los territorios españoles de Latinoamérica (en Nueva España, es decir, México, sobre todo en las minas cercanas a San Luis Potosí y el Perú). La razón de este interés es que China fue uno de las primeros países que monetarizó su economía en sentido moderno, y lo hizo a través del patrón plata (que era utilizada en las transacciones comerciales nacionales y en el pago a los funcionarios del imperio). Como anécdota, cabe decir que la moneda española de plata se usaba como moneda de curso legal, lo que hizo que en ocasiones los usuarios orientales confundieran la efigie del monarca español con la de Buda. Esto explica el interés en el preciado metal.

Por otro lado, el alcance simbólico de este acontecimiento histórico es relevante. Es claro que esta ruta es una prueba clara de una primera globalización en el sentido moderno del término al afectar a Asia, América y Europa. El Gobierno chino ha mostrado un especial interés en esta narración. En efecto, por un lado les  permite afirmar que fueron pioneros y protagonistas, junto con España, de la primera globalización, desplazando de esta posición a los rivales anglosajones. Además, y lo que es más importante, puede entenderse como una prueba de que otras globalizaciones, que no incorporan el componente liberal, son posibles. Está claro que tanto el imperio chino como la monarquía española de la época estaban en las antípodas de cualquier tipo de liberalismo. Y, sin embargo, la ruta fue exitosa. Finalmente, legitima al Gobierno chino para extender su ambiciosa política de la franja y la ruta (de la que hablaré próximamente) al continente americano.

Francisco Martínez Boluda es abogado de Uría Menéndez en València 

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