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PASABA POR AQUÍ / OPINIÓN

Una campaña de las de verdad

8/05/2016 - 

Creo que ya llevamos tiempo suficiente de “campaña electoral” como para haber entendido lo esencial del asunto. A saber, que nuestra democracia necesita una regeneración de fondo y no solo de forma, que nuestras instituciones deben ser más sólidas y confiables, que la crisis ha golpeado de manera muy desigual a las diversas capas sociales, o que en una sociedad avanzada e inclusiva no puede aceptarse como normal, que la tasa de paro esté en el entorno del 20%. Sabemos también que, por todas estas razones, la mayoría de la población se muestra descontenta, cuando no indignada, con sus propios políticos, a los que tiende a percibir como parte del problema, más bien que como parte de la solución.

Y por supuesto, sabemos que para revertir esta situación será preciso reformar la Constitución, lograr un pacto educativo de largo alcance, acordar estrategias preventivas contra la corrupción, garantizar la división real de poderes, evitar el control partidista de los medios públicos de comunicación, acabar con la exclusión social generada en grandes segmentos de la población, mejorar el modelo productivo, crear empleo, y tantas otras…

Y puesto que todo esto ya lo sabemos, ante estas nuevas elecciones que se avecinan, no debiera ser suficiente para los partidos que optan por desplazar al PP del gobierno, fundamentar casi en exclusiva el núcleo duro de su estrategia, en la denuncia a las políticas llevadas a cabo hasta ahora en medio de la indignación y el cabreo de una buena parte de la sociedad española. Con la vaga esperanza de que ésta se muestre dispuesta a subvertir el refrán y acabe por aceptar que “más vale bueno por conocer, que malo conocido”.

En mi opinión, el principal reto para las distintas formaciones políticas, de cara al 26 de Junio, debiera consistir en bajar al detalle de cómo creen ellos que se debe lograr aquello que una mayoría aplastante cree que hay que lograr. Permítaseme la simplificación, pero creo sinceramente que ahora estamos mucho más en el tiempo de los instrumentos, que en el de los objetivos. Y es precisamente aquí en donde los distintos partidos se están jugando su credibilidad y su capacidad real para gobernar. Porque las denuncias ya no bastan, y las buenas intenciones, tampoco; los gobiernos toman medidas concretas y tienen que aplicarlas teniendo en cuenta una enorme cantidad de variables y un calendario preciso; y todo ello, además, en medio de un mundo convulso que no es como os gustaría que fuera, pero que, hoy por hoy, es el que es. Y ojo, porque las promesas irrealizables en la práctica pueden volverse contra quienes las hacen, por muy deseables que sean estas.

A menudo se hacen promesas electorales abstrayéndose del hecho indiscutible de que España pertenece a la Eurozona

En el terreno de la economía esto suele ser muy frecuente. En ocasiones, por ejemplo, se hacen promesas electorales abstrayéndose del hecho indiscutible de que España pertenece a la Eurozona; y en otras, sencillamente, se habla de la UE como si ésta no fuera con nosotros. Se desprecia (con bastante razón) a las agencias de rating, olvidando que, sean, o no, agentes perversos del capitalismo USA, tienen a corto plazo una enorme capacidad para aumentar nuestra prima de riesgo, y, por tanto, los intereses de nuestra deuda; e incluso, para dificultar nuestro acceso al crédito internacional. Se habla del cambio del modelo productivo con simples alusiones a la necesidad de gastar más en I+D, como si solo esto bastara para que, de la noche a la mañana, entráramos de lleno en la economía del conocimiento. 

Se utiliza la lucha contra el fraude fiscal como el bálsamo de fierabrás quijotesco que todo lo cura, sin considerar que ello solo sería posible a medio plazo y con un aumento notable de la inversión en personal y medios para la Agencia Tributaria, de difícil financiación a corto. Se delega, en fin, prácticamente toda la discusión sobre el empleo y la calidad en el trabajo, al funcionamiento más o menos flexible del mercado laboral (lo que podría resolverse con un simple cambio de normativa), olvidando que el volumen de empleo no es sino un reflejo de la cantidad de empresas que tengamos y de su tamaño, y que la calidad del trabajo, a la larga, depende, a su vez, de la calidad de aquello producimos y del valor añadido que logren nuestras empresas; es decir de su fortaleza competitiva. Y esto, desde luego, no puede hacerse por decreto.

En suma, que el tiempo de la denuncia, que ha resultado extremadamente útil para detectar todos los fraudes y puntos débiles de nuestro sistema democrático, debe ya dejar paso a un nuevo tiempo para gobernar; y que, para que ello se produzca, no basta con el acceso al poder de opciones ideológicas distintas, o con propuestas genéricas bienintencionadas; se necesitan además, y, muy en particular, instrumentos, programas y acciones concretas que hagan compatible la deseable ambición del cambio, con el realismo incontestable. 

En mi modesta opinión, ésta ha sido, y no otra, la verdadera esencia del “gobierno a la valenciana”. Y por eso, durará.      

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