VALÈNCIA. Por más que lo intento, lo de madrugar no va conmigo. Me cuesta, como a Lolita. No puedo evitar encontrar inspiración en las noches, me activo de más y al día siguiente pasa lo que pasa, que la cara me llega al suelo y sin café soy un trapo.
Programo habitualmente seis alarmas en intervalos de tres minutos para asegurarme de que estoy donde tengo que estar cuando tengo que estar. El primer aviso no cuenta, evidentemente. Después la cosa se empieza a poner seria, aunque yo apague y posponga cada nueva alerta. La mascletà llega cuando se empiezan a intercalar las alarmas tardías con las pospuestas. Ahí ya no queda otra.
Suena el despertador en Cinema Jove. El festival cuenta desde esta semana con nueva directora, María Albiñana, que ya conoce la casa y a quien le deseo todos los éxitos, vaya por delante. Sin embargo, llega tarde. No es ningún secreto, tampoco su culpa, desde luego. A la falta de previsión del Institut Valencià de Cultura (IVC), al que cuestiones calendarizadas parecen llegarle en más de una ocasión por sorpresa, se suma un volantazo del todo incomprensible.
En diciembre afirmaban desde el organismo por activa y por pasiva que estaban a puntito de nombrar director, que habían optado por un proceso interno y que, de hecho, ya estaban haciendo entrevistas para elegir al candidato idóneo. Pocas semanas después, sin más explicación, cambiaban de modelo con la publicación de la convocatoria de un concurso. Me pregunto con qué cara se quedarían los entrevistados de la primera tanda. Ambos procedimientos son, por cierto, del todo legales, sin embargo los constantes retrasos y cambios de rumbo ponen negro sobre blanco un problema más profundo en un festival que debería ser referente en la ciudad.
La buena voluntad de los que de manera temporal, accidental o permanente han estado o están en la órbita del festival no es suficiente -ni debería serlo- para salvar una inestabilidad estructural que se ha convertido en la norma desde hace demasiado tiempo. Sobre esta cuestión ya preguntamos desde este diario en distintas entrevistas y encuentros al exdirector general del IVC, Abel Guarinos, o a los anteriores directores adjuntos de Audiovisual, José Luis Moreno, María Fuster o Francesc Felipe, algo que esperamos poder hacer también con el actual director y director adjunto, Álvaro López-Jamar y Luis Gosálbez.
Decir que la nueva dirección llega tarde no es hablar por hablar, tiene efectos directos en el propio festival. Este diario publicaba recientemente una información, quizá café para muy cafeteros, pero de especial relevancia: los festivales de Berlín y Rotterdam, clave en la programación del certamen valenciano, se celebraban sin la presencia de ningún representante de Cinema Jove. Además de las labores de programación, no hay que olvidar la no poco importante tarea de generar relaciones que se le presuponen al director, aquello de estar donde hay que estar y de ser embajador del proyecto, que no solo es cuestión de imagen.
El contrato de dirección artística no engaña, pues apenas cubre siete meses, justo para subirse a un carro ya en movimiento y cerrar los compromisos y tareas administrativas posteriores. Después, vuelta a la casilla de salida. El esfuerzo y sobreesfuerzo sirve para la urgencia, para salvar la papeleta, pero de poco para el medio y largo plazo si no hay una arquitectura interna que asegure estabilidad. También en los cambios. Sobre largo plazo, estabilidad y cultura podemos hablar otro día.
Decía antes que deseo a Cinema Jove todos los éxitos y no miento, palabrita, porque sus éxitos serán los de todo el circuito cultural valenciano, pero mal harán sus gestores -los jefes, digo- si no se paran a pensar en que salvar los muebles no es sinónimo de éxito ni una opción viable. Por más que la pospongan, la alarma volverá a sonar.