VALÈNCIA. Había pasado algo más de un año desde la última vez que recorrí la calle del piso que una vez compartí en València, hasta que sus metros cuadrados desbordaron mi bolsillo. Es el mercado, supongo. Un taller mecánico, una cafetería y una peluquería en la que nunca terminaban de acertar con el corte que pedía —aunque nunca me quejé— envolvían ese edificio en el que reí, lloré, me confiné, me enamoré y desenamoré. En pasado, sí, porque en este extraño reencuentro nada de eso estaba ahí.
Para mi sorpresa —y lo digo sin ninguna ironía— las 'jaulas' de apartamentos para guiris han sustituido gran parte de los negocios de la zona. El barrio que habité durante más de un lustro se parecía poco al que encontré. Ya no era casa. ¿Pero yo a ti te conozco de algo?, me dijo. Será caradura, con lo que ella y yo habíamos sido. Me fui por donde había venido y en cuanto me recompuse llamé a A. para contarle la fresca que me había soltado mi antigua calle. Mi ex.
Pasaron las semanas y de las 'jaulas' ya ni me acordaba, mi cabeza solo podía pensar en las bien merecidas —esto lo digo yo— vacaciones. Hice la maleta con alegría: compré gel y crema solar que a su vez vertí en otros botes con el tamaño preciso para el vuelo; coloqué bien enrollados esos pantalones cortos no aptos para la oficina y eché un par de libros (El fin del ‘homo sovieticus’, de Svetlana Alexiévich, que ya lo estaba terminando; y Foto por privado, de Simon Chevrier, todavía por estrenar).

En un plis plas cambié los insoportables y húmedos 34 grados de València por los felices y húmedos 34 grados de una isla del Mediterráneo. Me sumergí de lleno en la dolce vita, la gastronomía local y la música callejera; disfruté de los paseos nocturnos y hasta de pagar más de la cuenta, porque es agosto y todo da igual, que para eso estaba de vacaciones. Y bien merecidas. Esto lo digo yo.
Con las mejillas ya enrojecidas por el sol y Aperol mediante caí en la cuenta: el guiri era yo. ¿Cómo podía ser? Yo, que me pongo cascarrabias cada vez que me cruzo con grupos de turistas en bicicleta (bike) alquilada (rental) por la plaza de la Virgen (Virgin) y que venía de pillar a mi antigua calle con su nuevo amor. En plena fase de negación me reconfortó ver a un grupo de chavales que parecía sacado de un reality de MTV con cara de no haber dormido mucho. Ellos eran la prueba definitiva de que yo era turista, sí, pero no como los otros turistas.
Al fin y al cabo —seguimos en la fase de negación—, me había informado de la historia del país antes de ir, aprendí a dar las gracias en su idioma y no montaba escándalo alguno. Tan solo quería pasar una mañana tranquila viendo un Caravaggio —sin audioguía, que para eso me lo había estudiado en casa— y, más tarde, ir a una de esas playas paradisíacas que había localizado en Tik Tok. Pero no a las masificadas, ojo, a las playas ‘secretas’ (secret spot), que para eso había afinado la búsqueda y tenía una lista de recomendaciones en Google Maps bien trabajada.
La escapada fue maravillosa, qué os voy a contar, pero todavía sigo dándole vueltas a si pasaría o no el examen de turista y, aunque confío en mi criterio —qué remedio—, me temo que termino este artículo —y las vacaciones, me temo— sin una conclusión clara y cargado de contradicciones.
En el vuelo de regreso le conté a J. lo de las ‘jaulas’ y le pregunté si pensaba que nosotros éramos como ellos, como aquellos chicos por los que mi antigua calle, mi ex, me había dejado.
— Bueno —se quedó un rato pensando—, nosotros hemos pagado tasa turística.
— Ah, sí.