Cenas a la fresca: The Immersive Experience

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CHURRAS CON MENINAS
Publicado: 03/08/2026 · 06:00
Actualizado: 03/08/2026 · 06:00
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VALÈNCIA. La madre de mi amiga T. es una tacaña, aunque solo de puertas para adentro. Yo eso no lo supe hasta que la propia T. me lo contó. Siempre que iba a su casa me trataba a cuerpo de rey, me sacaba merienda para parar un tren, me insistía dos, tres y cuatro veces para que me acomodara en una butaca verde con hilo dorado. Siempre saludaba, que dirían en los programas de sucesos. Pero al parecer todo era pose. 

Me contaba T. —ella entre risas y yo atónito— que los dulces iban contados —marca blanca para los de casa; marca ‘famosa’ para los invitados— y que el salón estaba reservado para fiestas y visitas, que en realidad el sofá en el que la familia se sentaba a comer y ver la tele  era el de la cocina, una salita algo más destartalada, decorada con un calendario de publicidad y una mesa de pino cubierta con un alegre mantel de hule. 

El salón en el que yo esperaba a T. era un decorado de televisión, una sala diseñada para recepciones y actos sociales variados, como las que debe haber en Moncloa o el Palacio de la Zarzuela. Yo nunca he estado en Moncloa o Zarzuela, pero sí en casa de mi amiga T. y supongo que será parecido.

Pensaba en esto cuando veía la noticia de que algunos hosteleros de la Malvarrosa estaban muy enfadados porque a pocos metros de sus renovadas terrazas a pie de playa la gente del barrio sacaba sus mesas y sillas plegables para cenar ‘a la fresca’. Si es que las temperaturas permiten mantener la expresión, porque joder qué calor.

La cuestión va de imagen, de la imagen que proyectamos a los extranjeros, especificaba uno de los restauradores preguntados por À Punt, la de una escena que calificaba de “tercermundista”. Lo que hay que oír. De repente, una tortilla de patatas, un fuet y una Coca-Cola fresquita sobre la arena se convierten en símbolo de vergüenza cuando lo sitúas frente a una mesa con mantel, velita a pilas y menú cerrado. 

Y volvemos a la idea de ciudad-plató, como una red de escenarios ficticios al servicio de la València experience. Castillos de arena. 

Lo de poner la vajilla buena para el de fuera mientras nosotros tiramos con lo puesto, me temo, no es la excepción. Berlanga sigue presente. ¿Que Disney hace una escapada a tierras valencianas para rodar durante unos días Enredados? Cinco millones. ¿Qué queremos presumir de Joaquín Sorolla? A la Hispanic Society que vamos. Un alquiler de 1,15 millones al año y 20 millones para adecuar el Palau de les Comunicacions es solo una parte de la factura del futuro museo temporal. Desde luego, un Airbnb en una ubicación inmejorable.

Volviendo a lo del bocata, decía otro de los hosteleros que igual la solución —a no sé qué problema— era llevar a los vecinos que cenaban ‘a la fresca’ a un lugar acotado. Ojo, no vaya a ser que acabemos dando una pirueta y terminemos convirtiéndolo en una experiencia inmersiva, cambiando la tortilla y el refresco por una porción de cheesecake y matcha. Y de camino que sea Patrimonio de la Humanidad y nueva meca del selfie. Negocio redondo, sobre todo por lo de negocio.

 

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