Hace casi 10 meses que no me sentaba a desarrollar una de mis aficiones favoritas: escribir. En bastantes ocasiones a lo largo de este tiempo he querido recuperar esa costumbre, pero -visto con perspectiva- reconozco que en buena parte lo he dejado pasar pensando que en una sociedad aparentemente capaz de comulgar con ruedas de molino como las que estamos tragando últimamente, cada vez hay menor capacidad de reflexión. ¿Y de qué sirve escribir si quizá nadie te va a leer?
Asumo de buena gana la crítica de ser un escritor quizá intelectualmente poco “puro”, y algo interesado… Pero debo reconocer que, efectivamente, así es. Quizá es por mi deformación profesional de economista, a la búsqueda de resultados prácticos hasta de lo más “poético”.
El caso es que una de las ideas sobre las que más me gusta reflexionar (también como economista), y como saben quienes me conocen o han leído alguno de mis artículos, es la verdad.
Frecuentemente me gusta empezar mis reflexiones sobre un tema acudiendo al diccionario, que nos da el significado de las palabras. Y las tres primeras acepciones de “verdad” que nos ofrece la RAE son:
- f. Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente (como sinónimos se refiere por ejemplo a la veracidad, la autenticidad, la fidelidad; y como antónimos a la falsedad, la mentira, el engaño)
- f. Conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa (siendo sinónimos la veracidad, la certeza, la fidelidad, la evidencia o la exactitud; y antónimos: la hipocresía o la falsedad).
- f. Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna.
Aunque no sea muy elegante citarse a uno mismo, el 26 de marzo de 2020, solo once días después del primer confinamiento por la covid-19 en España, escribí en esta misma cabecera un artículo titulado La peor pandemia en el que defendía la idea de que mucho más grave que aquella terrible pandemia era la enfermedad que supone la pérdida del valor de la verdad en las personas y en la sociedad.
En aquella ocasión, y como ejemplos para mostrar la pérdida de ese valor, mencionaba el pacto firmado por el Partido Socialista con Podemos para formar gobierno solo una semana después de haber prometido ante millones de españoles lo contrario, y la devaluación de las tesis doctorales, los másters e incluso los títulos universitarios cuando son “salpicados” por la mentira.
Me parece que la unánime desafección entre los ciudadanos y la clase política se la han ganado a pulso estos últimos, precisamente por el abandono de este valor esencial para la vida en sociedad: la verdad"
Ejemplos que ahora parecen un juego de niños si pudiéramos haber imaginado entonces tantas y tantas cosas sobre las que “donde dije digo -en campaña o en un programa de gobierno-, digo Diego”: pactos con ERC y Bildu, una amnistía inconstitucional que se “convierte” en constitucional, el cuento de la regeneración democrática, el de una nueva financiación autónoma equitativa, el de la construcción de vivienda social y -por supuesto- la mentira (¿qué es si no la corrupción?) en las más altas esferas.
Me parece que la unánime desafección entre los ciudadanos y la clase política se la han ganado a pulso estos últimos, precisamente por el abandono de este valor esencial para la vida en sociedad: la verdad.
Pero al mismo tiempo creo que es injusto esa generalización que concluye que todos los políticos son mentirosos y corruptos.
Por el contrario, soy de la opinión de que es algo extendido en todos los estamentos de la sociedad. Y me atrevería a decir que en esos otros estamentos, la mentira o corrupción es cualitativamente la misma.
Por poner solo un par de ejemplos:
- -¿Nos podemos interrogar cada uno interiormente desde la verdad sobre si pagamos siempre el IVA de nuestras facturas, o no procuramos decir al fontanero, al persianero o al manitas: “Esto te lo doy en cash”?
- -¿O cuantas veces hemos utilizado las urgencias de un hospital simulando un dolor de lo que sea para “adelantar” la cola de una radiografía?
Por eso entiendo que es tarea de todos recuperar este valor tan necesario. Aunque ciertamente corresponde una mayor responsabilidad a quienes deberían ser nuestros líderes. Porque desde luego, no hay liderazgo real que sea ajeno a lo que uno mismo trata de vivir.
En este sentido me gustaría terminar con dos reflexiones finales:
a) La primera es sobre el la verdad en sí misma.
Y para eso quiero traer unas palabras del Evangelio de San Juan que dice (Jn 8:32): “La verdad os hará libres”.
No voy a desarrollar aquí la argumentación de esta afirmación, pero solo cabe ser verdaderamente libres en la verdad.
El simple paso de los años nos demuestra a cada uno que la frase “soy libre porque hago lo que me da la gana -y cuando me da la gana…-“ es una argumentación tautológica para justificar nuestros propios defectos, y sobre todo nuestros propios vicios que, como tales, nos esclavizan.
b) La verdad puede parecer un valor arduo y pasado de moda, pero, muy al contrario, es un valor del que todos estamos siempre hambrientos, y que mueve nuestro comportamiento.
También aquí podría desarrollar una argumentación antropológica del por qué, pero me parece que resulta más ilustrativo poner un ejemplo que todos hemos visto hace unos días: el entusiasmo de millones de personas unánimes cuando son interpeladas por la verdad. Y me refiero al viaje apostólico del Papa León XIV a nuestro país.
En la Vigilia en la Plaza de Lima, ante más de medio millón de jóvenes, y contestando a una de sus preguntas, León XIV decía:
“Al liberarnos del estruendo de mil voces, reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés.
En el silencio comprendemos que las ideologías pasan, mientras la verdad permanece.
Aquí también quisiera subrayar la importancia de buscar la verdad, porque muchas voces, muchas cosas en las redes nos engañan y nos cuentan mentiras.
¡Buscad siempre la verdad! ¡Dios es verdad! ¡Si te lleva lejos de Dios, no es verdad! ¡No lo olvidéis!”
La reacción de esa nueva generación de jóvenes en ese momento y la de los millones de personas que han visto al Papa en vivo y a través de los medios de comunicación durante toda su visita a nuestro país, es lo que me ha hecho titular este artículo El optimismo de la verdad.
Javier Giner Almendral
Economista