VALENCIA. "Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio", cantaba hace años Serrat constatando una obviedad. Aunque la realidad pueda transformarse como argumentó con coherencia un barbudo al que no está de moda citar. Y la verdad es que la socialdemocracia está en crisis como se demuestra elección tras elección. No sólo en los grandes países de Europa como Alemania o Reino Unido sino en Suecia, Dinamarca, Holanda o Austria por no mencionar los países del Este donde las décadas de democracia popular han generado lo que puede considerarse una vacuna contra ella. La composición del devaluado Parlamento Europeo refleja igualmente este ocaso que, de seguir el año próximo en España, llevará a esta opción política a la oposición en todos los países relevantes del viejo continente dejando Grecia como excepción.
La razones de este proceso de erosión del apoyo ciudadano son muchos y complejos. Son tantas que resulta imposible incluso enunciarlas en la extensión razonable de una colaboración en prensa. Abarcan desde los cambios sociales derivados del espectacular aumento de los años de educación de la población o el elefantismo burocrático con su correlato en el deseo de elegir individualmente las acciones concretas de solidaridad a realizar al descrédito de los partidos políticos ganado a pulso por el comportamiento de sus dirigentes.
No es ninguna novedad señalar que en la mayor parte de los países europeos, y no sólo en España, estos son percibidos de manera creciente como organizaciones con limitada democracia interna y en manos de los que, contando con sueldo público o de la propia organización. Y sobre todo, perciben a sus dirigentes con intereses comunes con los de los demás partidos, y dedicados a la defensa de sus propios intereses antes que representantes de las preocupaciones de los ciudadanos. Lo cual, como las diferencias entre izquierda y derecha siguen vigentes cualesquiera que sean los atributos que se le asignen a cada una, tiene un efecto demoledor sobre unas organizaciones como los partidos socialistas. Los cuales, además de los principios que dicen defender, siempre han tenido a gala ser los mejores representantes de los intereses de la mayoría.
En varios países, el análisis de estas causas constituye el centro de un intenso debate para tratar de alcanzar un diagnóstico riguroso que haga posible articular medidas para superar el declive. En otros, como el nuestro, el vacío ideológico derivado del desinterés de las organizaciones por otra cosa que no sea el puesto retribuido a costa de los contribuyentes lleva a que las demandas ciudadanas o no se muestren o se canalicen de forma súbita y explosiva ante el estupor de los políticos.
La intención de ese debate es ingente: se trata de contribuir a evitar que la corriente política que más ha contribuido a articular la sociedad del Estado del Bienestar durante el siglo XX, pase a ser una fuerza política residual en el siglo XXI. Una perspectiva bien real ya en algunos países con Italia a la cabeza, en donde el apoyo electoral a Berlusconi, ahora en retroceso, ha sido inseparable del espectáculo de gallinero de las fuerzas políticas que se le oponen.
Un diagnóstico erróneo: la derechización social
Escribiendo en el País Valenciano, es relevante tener en cuenta que avanzar en el diagnóstico no está siendo la única respuesta. No faltan quienes, además del mantra de la crisis económica que todo lo explica, todo lo atribuyen a una derechización de la sociedad frente a la cual poco o nada se puede hacer por quienes defendemos los principios de la libertad, la justicia y la solidaridad. A pesar de su difusión, inseparable del apoyo que prestan a esta tesis los políticos incapaces tratando de evitar su responsabilidad en las derrotas electorales, no hay más evidencia que justifique esta tesis que las tres falacias sobre las que se articula.
Estas pueden sintetizarse, sin entrar en matices, de la forma siguiente. Primero, la ausencia de apoyo electoral a las organizaciones que se autodenominan representantes de la socialdemocracia, y de la izquierda en general. Segundo, la propia definición ideológica de los ciudadanos dentro de la famosa escala de 0 a 10 tan usada por los sociólogos ignorantes. Y tercero, en una vetusta definición de los principios de la socialdemocracia realizada por los miembros de las organizaciones mencionadas en el punto primero.
De esta forma, el corolario que se pretende es tan erróneo como las proposiciones de las que se parte. Como los ciudadanos a) no apoyan a partidos sin ideas, sin liderazgos y sin programa, b) se definen incluso en el terreno ideológico en contra de ellos y c) no defienden propuestas obsoletas en esta sociedad del siglo XX para poner en práctica los tres principios motores enunciados, se concluye, se han derechizado.
Habitualmente la difusión de la tesis resumida en el párrafo anterior es directamente proporcional a la magnitud de la derrota electoral experimentada por el partido socialdemócrata en cuestión. El PSI italiano fue maestro en esta artimaña hasta que la huida de Craxi a Túnez lo eliminó del mapa político. No del ideológico en dónde este buen amigo de Berlusconi ya había acometido con éxito tarea en aras, según defendía, de su adaptación a la modernidad.
Teniendo en cuenta lo que se repite esta tesis entre nosotros, en especial desde el descalabro electoral del pasado 22M, no merece la pena dedicarle más atención. No debe dejarse sin constatar, sin embargo, que el grupo de demostrados incompetentes que encabeza Jorge Alarte no está solo aunque sea imposible sustraerse a recordar a quien consuela el mal de muchos.
Hay que reconocer que el diagnóstico riguroso no es fácil. La información sociológica es siempre valorada según los presupuestos ideológicos de quien la analiza, y lo mismo ocurre con la concreción de qué compone hoy el conjunto de actitudes a incluir en una definición de qué es ser de izquierdas (moderada en el caso de los socialdemócratas). A esto se añade que los resultados de la Encuesta Europea de Valores 2008 han sido, en lo que conozco, escasamente estudiados en términos comparados. Y también, y no es lo menos importante, la tendencia de los sociólogos a construir clasificaciones originales de cada uno de ellos lo que hace difícil incluso en ocasiones imposible homogenizar resultados.
La valoración que sigue no está exenta de estos defectos. Pero lo que se deduce de la información que conozco no parece compatible con una derechización de la sociedad definida como aumento de la aceptación de una situación de menor libertad, menos justicia social y menos solidaridad. Lo que se deduce es que los ciudadanos quieren que los poderes públicos utilicen sus impuestos de forma eficiente para favorecer de manera real esos principios, decidir ellos, al menos parcialmente, qué acciones de solidaridad desean realizar y que no se mantengan con sus recursos posiciones de privilegio o que juzgan no compatibles con los recursos disponibles.
En el caso de España, estas carencias en la información, no pueden llevar a ignorar que toda la disponible contradice esta tesis de la derechización de los españoles tal y como se ha definido. Pueden mencionarse muchos indicios (donación de órganos, participación voluntaria en asociaciones, etc.) pero sería en exceso prolijo. Baste señalar un ejemplo que parece más concluyente. Según el estudio financiado por La Caixa los españoles valoran muy poco a los partidos políticos y a la política, pero sí valoran, y mucho, la igualdad (tanto como el esfuerzo propio) o colaborar con grupos y asociaciones para mejorar el medio ambiente, la situación de desfavorecidos, etc. Y valoran muy negativamente contratar en peores condiciones a un extranjero por serlo, aceptar un soborno en el ejercicio de sus funciones, hacer ruido por la noche o destrozar mobiliario urbano. Actitudes todas, y se podría añadir una docena, que son difíciles de asociar con la insolidaridad o el individualismo, a pesar de formar parte de un estudio que parte de valorar como progresista considerar mejores las ideas por ser nuevas.
La derechización de la sociedad no es, por tanto, la razón de la erosión socialdemócrata. Porque no existe tal derechización a no ser que ésta se defina ad hoc para justificar la conclusión. Solo si el partido político A define una sociedad progresista a aquella que le vota y no progresista aquella que no lo hace, el resultado es una tautología: siempre será satisfactorio para los dirigentes de tal formación.
Para explicar este declive hay que acudir a otros factores. Tarea nada fácil en un contexto de crisis económica profunda que castiga electoralmente a los partidos en el gobierno sea cual sea su orientación política. Pero al margen de situaciones concretas hay dos elementos que parecen transversales en la socialdemocracia europea. El primero, su escasa, o nula según el país, adopción de nuevas formas de relación con los representados. Y la segunda, el ignorar los retos que implica un mundo dominado por una economía global, un mundo con pocas fronteras en donde se ha hecho más cierto que nunca antes que el capital no tiene patria, sólo mercados en donde obtener rentabilidad. Un elemento decisivo en países que han vivido por encima de sus posibilidades endeudándose para ello hasta lo indecible. Esto es, en el caso de España.
(La segunda parte de este artículo será publicada el próximo martes 28 de junio)
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(*) Jordi Palafox es catedrático de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad de Valencia donde imparte varias asignaturas relacionadas con la globalización