En las sociedades democráticas occidentales, y por tanto en España, la libertad individual y la dignidad humana deberían ser valores irrenunciables. Si permitimos el uso del burka, ¿estamos defendiendo la libertad o tolerando una forma de opresión?
El burka no es una prenda cualquiera. No es un símbolo neutro de identidad cultural, como puede ser un traje regional o una vestimenta tradicional. Es una imposición que borra el rostro de la mujer, la convierte en un ser anónimo y refuerza una visión profundamente desigual entre hombres y mujeres. Defender su presencia en el espacio público en nombre del respeto cultural es olvidar que los derechos humanos no son relativos ni negociables según costumbres.
En los lugares originarios del burka, en concreto Afganistán, la obligatoriedad del burka va de la mano con las prohibiciones de trabajo de las mujeres, su acceso a la educación e incluso el acceso al espacio público. Es decir, a la exclusión de la mujer de la vida pública, yo diría que de la vida en general.
Si analizamos cómo se ha desarrollado la vida en esas zonas desde mediados del siglo XX, es fácil ver como cuanto más autoritario e integrista es el régimen más obligatorio es el burka.
Precisamente, antes de escribir estas líneas leo en El País: “Afganistán castiga con mayor dureza el maltrato a un camello que a una mujer”.
En esas sociedades, porque me niego a llamarles cultura, no hay hombres y mujeres, hay amos y esclavas. Las mujeres con el rostro totalmente cubierto son despojadas de su identidad, no son nada. Y en Vox no podemos permitir que la sociedad española acepte que se elimine la identidad de las mujeres. Las que pretenden que podamos volver solas y borrachas a casa lo primero que tendrían que hacer es luchar para que a esas mujeres se les reconozca la inherente dignidad que el ser seres humanos les otorga.
En poco más de una semana, esas feministas y ‘feministos’ que enarbolan la bandera de la defensa de las mujeres mientras legislan para que violadores salgan de las cárceles e inundan nuestros barrios de esos para los que la mujer es un objeto de su propiedad, saldrán de nuevo a la calle con sus banderas moradas y sus eslóganes caducos. Estas feministas y ‘feministos’ son los mismos que han votado en contra de prohibir la cárcel de tela, que supone el burka, en los espacios públicos. Ya sólo les falta exigir que el burka sea de color morado, por aquello del feminismo, en vez de el habitual azul o negro. Quedaría mucho mejor, ¿Dónde va a parar?
En nuestra civilización occidental la dignidad del ser humano es incuestionable, en muchos países islámicos la dignidad de la mujer está por detrás de la dignidad de un camello, como hemos visto.
Tampoco puede ignorarse el contexto de presión social y familiar que existe en muchos casos. Pensar que todas las mujeres que llevan burka lo hacen libremente es, en el mejor de los casos, una ingenuidad. En el peor, una forma cómoda de desentenderse de realidades de control, dominación y miedo. Proteger la libertad real implica, a veces, poner límites a prácticas que la anulan de facto. Y en Vox lo tenemos claro. No queremos a ninguna mujer encerrada en una cárcel de tela.
Defender la prohibición del burka en espacios públicos no es atacar una religión, ni perseguir a una comunidad. Es afirmar un modelo de sociedad donde la igualdad entre hombres y mujeres es un principio básico, donde el espacio común no admite símbolos de sometimiento y donde la integración pasa por aceptar reglas, no por imponer costumbres incompatibles con los valores occidentales. No es racismo ni islamofobia, es sentido común y liberar a las mujeres del yugo del islamismo radical, al menos en España.
La tolerancia no puede convertirse en indiferencia ante el abuso. El modo de vida occidental no es el que acepta todo sin criterio, sino el que se atreve a defender sus valores fundamentales: dignidad, igualdad y libertad real para todos. Normalizar el uso del burka supondría normalizar una costumbre incompatible con el modo de vida de nuestra civilización.