Opinión

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LA ENCRUCIJADA

Tradición e igualdad

Publicado: 07/04/2026 · 06:00
Actualizado: 07/04/2026 · 06:00
  • Nazarenos durante la procesión del Santo Entierro de la Cofradía de la Purísima Sangre de Sagunto el Viernes Santo.
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En Sagunto, una cofradía de Semana Santa ha levantado un amplio revuelo al negarse, por tercera vez, a recibir a las mujeres como cofrades. Los 267 varones que se inclinaron a favor de esta decisión, -otros 114 votaron en sentido opuesto-, han argüido como motivo la preservación de la “tradición”, a su vez fundamentada en los más de cuatro siglos de existencia de la Cofradía de la Puríssima Sang del Nostre Senyor Jesucrist y la presencia, en sus estatutos, de la exclusiva admisión de los hombres como miembros de la asociación.

La polvareda levantada en múltiples geografías a buen seguro habrá sorprendido a quienes, voto en mano, se opusieron a que la mujer accediera a la cofradía. El vendaval mediático ha permitido conocer el estado de la cuestión: las leyes desatendidas por los cofrades, -comenzando por la Constitución-, su desencuentro con alguna Sentencia del Tribunal Constitucional, la amplia presencia de la mujer en muchísimas cofradías en igualdad de condiciones que el varón, y la atribución a algunos de los cofrades de intenciones torticeras más próximas al machismo y la misoginia que al tradicionalismo.

Quizás quepa recordar que negar a la mitad del universo humano el derecho a la participación choca groseramente con el hecho obvio de que todo varón debe su vida a la mujer que lo parió. Que, como resulta probable, ha sido una madre, una esposa o una hermana la que ha limpiado y planchado la vestimenta de los cofrades defensores del privilegio varonil. Si fueran ellas las que solicitaran ser parte de la cofradía, ¿también les levantarían el muro de la negativa en nombre de aquella “tradición”?

Respecto a esta última valdría la pena que los cofrades tuvieran en cuenta que, a menudo, la tradición se basa en una innovación adoptada en el pasado o en una costumbre propia del momento en el que se asumió. Más de cuatro siglos de historia no proporcionan altura moral a una norma concreta: si la tradición no avanza al ritmo del espíritu de los tiempos se convierte en un fósil, un simple objeto de curiosidad histórica. Y, cuando viene barnizada por su contenido religioso, la tradición no queda inmune ante los cambios: conserva su sentido sólo si sigue encajando en la doctrina del momento.

Quienes ya peinamos canas recordamos algunas de estas “tradiciones”: tradicional era la misa en latín, aunque los feligreses respondiéramos como loros al sacerdote, pronunciando palabras aprendidas de oídas cuyo significado desconocíamos. Tradicional era que el sacerdote dijera la misa de espalda a los fieles, como si tuviera que ocultarles algún secreto o si la cercanía a Dios formara parte de su monopolio. Sin embargo, pese a la firmeza de éstas y otras muchas “tradiciones”, el Concilio Vaticano II las modificó en su afán de acercar la liturgia a creyentes y no creyentes.

No, la tradición no guarda por sí misma ningún amagado valor que la justifique por los siglos de los siglos. Por ello resulta curioso que una cofradía, cuya principal razón de ser es la de acompañar en penitencia los episodios que llevan a la muerte de Jesús de Nazaret, erija la tradición como frontera indisoluble. Tal empecinamiento implica, en la práctica, negar la comunión por igual de hombres y mujeres en una práctica religiosa. Una práctica de fe y sacrificio de la que se excluye a la mujer, como si la expresión de sus creencias tuviera que resignarse y buscar vías secundarias para su manifestación.

En consecuencia, la posición mayoritaria de la cofradía de Sagunto, además de atropellar los derechos civiles de la mujer y la igualdad que las leyes le otorgan en los diferentes ámbitos de la vida, ataca sus aspiraciones de perfeccionamiento espiritual en el terreno religioso. Por ello sorprende que la jerarquía de la Iglesia haya manifestado una respuesta que sobrevuela la indolencia. Salvo que los media no hayan acertado en su comunicación, su postura ha sido de retraimiento, alejándose de intervenir en la modificación de los estatutos de la cofradía: se ha señalado que supondría “un decretazo” (sic) y que, por ello, se adoptará algún tipo de acompañamiento pastoral, “de diálogo y maduración”…; eso sí: en un plazo y con una orientación que quedan al albur de la ambigüedad.

No es la primera vez que se manifiesta la aversión eclesial a un pronunciamiento claro y firme. De nuevo, la opción escogida es la equidistante, como si nos situáramos ante posiciones de similar valor jurídico y moral. La prudencia no debe llevarse hasta el límite del amilanamiento cuando la injusticia es evidente y de consecuencias humillantes para la mitad de la población, al considerarla indigna de procesionar y participar en una organización cristiana. Algo que desentona con la diligencia y celo de la Iglesia cuando resalta el papel de las mujeres en la vida de Jesús y, en particular, el de su madre: hasta cuatro dogmas marianos se han introducido, de los cuales los dos últimos, -la Inmaculada Concepción y la Asunción de María-, en 1854 y 1950, respectivamente: un soplo de tiempo en la milenaria vida de la Iglesia.

Finalmente, sea desde dentro o desde fuera de las creencias cristianas, resulta difícil imaginarse a Jesús de Nazaret accediendo a Jerusalén dispuesto al sacrificio y, al mismo tiempo, mostrándose apocado y sumiso ante las ideas de quienes le llevaban a la cruz. Quienes exaltan su vida, muerte y resurrección deberían preguntarse qué posición y respuesta adoptaría en un tiempo como el presente, en el que prosperan brutales incitaciones a la desigualdad, la crueldad y la negación del distinto. Un tiempo en el que esa misma negación está penetrando en los jóvenes, convirtiéndolos en arietes de quienes entierran la igualdad y la justicia bajo el peso de la dominación excluyente.

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