Crujientemente directo a mi memoria. Este plato me transportó a esos años en los que disfrutaba más de las alitas de pollo fritas que de los tomates. La pota es un icono de la cocina de Miguel Barrera, en La Vall d’Alba, mi pueblo dicho sea de paso, que debería quedarse en el menú para siempre. La laboriosa técnica de vaciar y secar la pota de la forma más delicada posible consigue que al freírla quede en pie. Lista para crujir. Deliciosa y adictiva. La acompaña un caldo de pollo y un velo colagenoso de su interior, aquí se aprovecha todo.
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