València

EL CALLEJERO

Sandro, el pintor callejero que retrata los edificios históricos de València

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Hordas de turistas rondan la Catedral de València. El sol, todavía primaveral, empieza a picar y los extranjeros pasean ya con pantalones cortos y sandalias. Frente a la puerta de los Hierros resiste, estoico, un joven vestido de negro. Unos zapatos de piel, unos chinos, una camisa negra, corbata y, encima, un chaleco. Su cabeza se protege del sol con un sombrero de paja. No parece sudar ni pasarlo mal. Él, Sandro Martínez Miralles, está a lo suyo, frente a un lienzo sujeto en un caballete, pintando un detalle del pórtico. Los curiosos le rodean, le fotografían y le graban. Muchos se acercan a mirar su obra y luego levantan la cabeza para compararla con el original. Sandro les sonríe y, al que le pregunte, le atiende con cordialidad.

Sandro sujeta la paleta con la mano izquierda y con la derecha maneja el pincel. Delante, el caballete con el cuadro y un carrito de la compra con sus trastos. De vez en cuando da un paso atrás para coger perspectiva de la puerta barroca. El pintor trabaja ajeno al trasiego de los turistas a su espalda. Suenan doce campanadas mientras unos chicos charlan con él. En el suelo, a los pies del caballete, hay un estuche abierto con varios tipos de pincel y, al lado, unos tubos de pintura espachurrados. Detrás, una botella de aguarrás.

Sandro es un hombre de muchos lugares. Nació en Nápoles (Italia), vivió once años en Wolverhampton, una pequeña ciudad de las Midlands, en Inglaterra, y el año pasado se mudó a València. Sus apellidos, Martínez Miralles, son españoles. Su padre es de València y su madre nació en Saint-Pierre, cerca de Lyon, pero sus raíces están en Villar del Arzobispo. Una noche coincidieron en una discoteca y Carmelo, el padre de Sandro, un galán, logró seducir a Pili, su madre. “Mi padre siempre ha sido muy elegante. Va vestido como yo, pero perfecto, impoluto. Con un sombrero, los zapatos siempre limpios y con traje. Mi madre vio sus zapatos y mi padre le dijo algo con su voz grave y parece ser que fue así como se conocieron”.

  • Foto: KIKE TABERNER

El pintor tiene un hermano mellizo y una hermana “increíble” que reside en Alemania. “Yo viví en Wolverhampton, una ciudad no muy conocida pero que tiene muy buenos parques. Wolverhampton formó parte de lo que se conoció como Black Country, en West Midlands. Y tenía ese nombre porque surgieron muchas fábricas en la revolución industrial y el cielo se volvía grisáceo o negro. Allí llegué con 11 años y estuve hasta los 18, que me fui tres años -de 2022 a 2025- al sur de Inglaterra, a un pueblo llamado Chichester (cerca de la isla de Wight). Mis padres dejaron España en su día porque no veían muchas oportunidades allí”.

Cantante de cabaret

El joven de 22 años buscó los orígenes de sus padres porque sentía que estaba olvidando el español y porque el clima de Inglaterra era fatal para él, alguien con el síndrome de Raynaud. “Irónicamente pinto en la calle, pero tengo una circulación de la sangre muy mala y se me adormecen los dedos con el frío”. 

Sandro estudió para ser cantante en espectáculos de cabaret. Un sueño muy concreto. “Le veía potencial”, dice. Durante esos años cantaba y tocaba la guitarra. Una afición que no ha abandonado del todo, pero que ha tenido que aparcar por su nuevo oficio de pintor, que incluye el dibujo y las tareas de administrativas para atender a sus clientes. Él, astuto, ha querido crear una marca personal muy reconocible y por eso, aunque le gusta vestir como su padre, va con esa indumentaria tan característica. Muchos valencianos le han visto pintar en la calle y la segunda vez le han reconocido al instante.

  • Foto: KIKE TABERNER

Sandro parece un hombre de otro tiempo pintando los edificios más antiguos y emblemáticos de la ciudad. “He dibujado toda mi vida y comencé a pintar al óleo desde finales de 2021. Desde pequeño me quise embarcar en muchas cosas. Quería ser muy bueno en muchas cosas. No sé si para demostrarle algo a la gente o a mí mismo. Yo estudiaba música por el día y por la noche pintaba”.

Una sombra parece cernirse sobre el relato de Sandro. Se intuye un episodio oscuro, doloroso, del pasado que todavía hiere. “De pequeño sufrí algo de bullying en el colegio. Pero lo peor fue un suceso ocurrido en 2018. Ese año me asaltaron en un parque de Wolverhampton y me hicieron sentir inferior. El mundo del arte es muy competitivo y a lo mejor me estaba comparando con gente que llevaba pintando muchos años. Eso me hacía sentir inferior”. A Sandro le cuesta explicarse. Se nota que todavía hay mucho dolor ahí y es mejor no insistir.

El plan inicial de Sandro era embarcarse en un crucero y trabajar allí con actuaciones musicales y haciendo retratos de los cruceristas. “Yo estuve unos años tocando en la calle. Lo hacía bien, pero la gente pasaba y no se detenía. Pero cuando empecé a pintar en la calle, daba igual cómo lo hicieras, todo el mundo se paraba a ver lo que hacías. Aquí ya no queda gente que pinte en la calle y poco a poco fui recibiendo más encargos. Por eso me concentré en la pintura porque vi que ya me podía ganar la vida así. Me di de alta de autónomos y fue un viaje de no retorno”.

Doce horas en la calle

A pesar de lo pintoresco de su oficio, Sandro trabaja duro. Saca el lienzo a las nueve de la mañana y prácticamente lo retira doce horas después. Así es de martes a domingo. Los lunes, el supuesto día de descanso, lo dedica a las tareas administrativas. “Pero todo empezó porque la gente me veía pintar un cuadro en la calle y se ofrecía a comprármelo”. Los valencianos le han sorprendido. Él vive en la Fuensanta y al principio pintaba al lado de un colegio. Los niños se acercaban y le rodeaban para verle trabajar. Eso le sorprendió.

  • Foto: KIKE TABERNER

Su primer gran encargo fue de un cliente que quería un cuadro del Mercado de Colón de 60x80 centímetros. “Y no debí hacerlo mal. A la gente le gustó y empecé a pintar en el centro de València”, recuerda. Durante estos meses -llegó en 2025- también ha aprendido a ajustar los precios, a abaratar su producto para hacerlo más asequible. Esto le ha permitido mejorar las ventas. “Y me he esforzado en crear un estilo artístico, algo que sea más reconocible, más auténtico”.

Sandro vive con un familiar que le está apoyando en sus inicios mientras se saca el carnet de conducir, pero ya ha hecho cálculos y estima que en su segundo año ya podrá independizarse. Por eso hace tantas horas. Y cada día, para aprovechar las diferentes posiciones del sol, pinta dos cuadros diferentes. Uno por la mañana, con una luz, y otro por la tarde, con otra diferente. “Así voy más rápido”.

Esta mañana anda enfrascado en una escultura de la puerta de los Hierros, del valenciano Ignacio Vergara (1715-1776), sobre un lienzo de 20x30 centímetros. Su precio será de 50 euros. “Es muy barato”, apunta su autor. “Y eso significa que tengo que hacer muchos cuadros”. Pasa muchas horas a la intemperie y por eso, y también para ser reconocible, va siempre tocado con un sombrero. Uno más tupido y pesado en invierno y uno mejor ventilado y más ligero en verano. Dentro de unos días, cuando el calor empiece a apretar de verdad, algo que ya comprobó el año pasado, en su primer verano después de dejar Inglaterra, irá quitándose ropa hasta quedarse en mangas de camisa y con unos pantalones largos. Sandro considera que en València hay muy buenos pintores y que a él le viene bien significarse por su aspecto.

El apoyo de sus padres

Su padre estará orgulloso de verle vestir con chaleco y corbata, aunque Sandro puntualiza rápidamente que sí, que eso le gusta, pero que también le horrorizaría verle manchado de pintura.  “Él va niquelado: viste como un modelo. Yo, como estoy tantas horas en la calle, no puedo ir a la peluquería y descuido mi peinado. A veces se me rompen los zapatos y los tengo que arreglar con pegamento. Soy más desastrado”. Tampoco puede cuidar a sus amistades. “Aunque mis amigos respetan que sea un poco antisocial porque saben lo que necesito hacer para sacar adelante mi proyecto”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Sandro se ha convertido en un tipo solitario, un pintor que pasa muchas horas en la calle sin más compañía que el caballete y sus pinceles. Tampoco tiene mucho tiempo para atender a la gente que le elogia o contacta en las redes sociales (su cuenta en Instagram es @s.miralles_artista). El pintor tiene los pies en el suelo. Él sabe que no se va a convertir en un pintor famoso de la noche a la mañana, pero sí que ve factible vivir modestamente de su oficio como artista. Y a eso dedica todos sus esfuerzos. “Me estoy dando a conocer lentamente y eso me permite vender cada vez más. También tengo otros planes y en el futuro veo que podré vivir mejor de esto. También aspiro a inspirar a futuras generaciones y ayudar a aquellos artistas que quieran hacer lo mismo que yo”.

Sus padres le visitarán en julio. Primero viajará él a Wolverhampton y después volverá a València con ellos. “Siempre me han apoyado y están muy orgullosos de mí. Siempre me dijeron que era una buena idea y que no importaba cuántas veces fallara”, agradece. Unos jóvenes que habían departido con él antes de entrar en la Catedral, le saludan al salir y pasar por su lado. Sandro, siempre solícito, les responde con una sonrisa. “Hey, chicos”, suelta mientras levanta la mano que suelta el pincel. Luego se vuelve a abstraer y entonces descubre que una paloma se ha posado sobre la cabeza del ángel que está retratando. Rápidamente coge el pincel y con tres golpes de muñeca añade el ave a su cuadro. Sandro sigue en su mundo.

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