esa tradición tan española

Y morir de pie, con un codo apoyado en la barra

España es el único país donde se come de pie bajo techo

| 12/04/2019 | 3 min, 51 seg

Conocí a un hombre que siempre comía de pie. Era como un oficinista de Kafka, alto, delgado, gris verdoso. Tenía la teoría de que, si rompía la vertical, la comida se le atascaría en alguna parte del cuerpo. Alguna vez lo vi, acodado en la barra, sacudiendo la pierna derecha mientras masticaba. Yo no podía apartar la vista, convencida de que, en algún momento, algún hueso iba a caer de la pernera.

Ese hombre también coleccionaba fórceps de ginecólogo, pero esa es otra historia.

Dicen que nacer de pie es positivo, que morir de pie es mucho mejor que vivir de rodillas, ¡dónde va a parar! apunta el clamor popular. Pero ¿y comer de pie? ¿es bueno o es malo? ¿Qué connotaciones tiene?

España es uno de los pocos países donde se practica el arte de comer (y beber) de pie, es decir, el tapeo. Erguidos alrededor de una barra de bar, nos fundimos en un solo ser colectivo, mucho más alegre, mucho más sociable que lo que nuestras individualidades nos permiten. Zumbamos al unísono, como un prieto enjambre reunido a la hora de libar. Mientras las mesas crean pequeñas islas de intimidad, la barra nos rebana a todos al ras y nos impele a rozarnos, a mezclarnos sin complejos, nos devuelve a un estado mucho más salvaje.

Erguidos alrededor de una barra de bar, nos fundimos en un solo ser colectivo, mucho más alegre, mucho más sociable

Y eso que cuentan que la tapa viene de arriba, que fue Alfonso X el sabio quien dispuso que no se sirviera vino sino era con algo sólido de picar para que al vulgo no se le subiera el alcohol a la cabeza. También cuentan que fue Alfonso XIII quien, de viaje por Cádiz, paró en El ventorrillo del Chato para tomar un jerez y el camarero, como hacía viento, le puso una lonchita de jamón sobre la copa. El rey le preguntó que a santo de qué, y el camarero respondió que había puesto la “tapa” para que no se manchara el vino de polvo y arena. El rey pidió una segunda copa, “con otra tapa igual”.

Pero por más que tenga origen aristocrático, por más que lo practiquen con ahínco los señoritos andaluces, es indudable que comer de pie tiene algo de popular. Lo contrario que los romanos adinerados que instauraron esa costumbre de comer acostados como símbolo de distinción social.

Cuando un señor poderoso recibía en casa, los invitados sabían que iban, no ya a acabar en el catre, sino a empezar por él. Se despojaban de las sandalias, se ponían ropa cómoda, y se tumbaban dispuestos a pasar una noche loca. Así definía Séneca a sus compatriotas: “Los romanos comen para vomitar y vomitan para comer”.

Cuentan que esa costumbre horizontal se introdujo a partir de la segunda guerra púnica, y se atribuye a Escipión el Africano, que arrastró de sus viajes la noticia de que en Oriente Medio se deglutía estirado. En realidad, era sólo el príncipe el que lo hacía, aparecía frente a sus súbditos tumbado en su cama de reposo divino.

La moda debió de parecerles cool a los ricos de la época y las camas para comer se fueron sofisticando, se cubrieron de marfil, de perlas, de oro y plata, de doseles historiados a fin de epatar a los comensales. Solían disponerse tres camas grandes alrededor de una mesa, de ahí su nombre: el triclinium, un multiusos para placeres básicos.

Hoy en día, y aunque sorprende que, con tanta tontería en busca de la originalidad, ningún restaurante haya recreado los tricliniums romanos como reclamo, ya nadie come tumbado salvo en la intimidad, y con mala conciencia.

Y eso que dicen que la horizontalidad nos hace masticar más lento, los nutrientes son mejor absorbidos y se evitan los cambios bruscos de insulina. Sin embargo, resulta fatal para la digestión ya que genera reflujos gástricos. Yo creo que por eso preferimos estar en el bar, de cañas, de vinos, erguidos como solo un español sabe estarlo, cuidando nuestra salud, cuidando nuestros ácidos españolamente.

Y morir de pie, con un codo apoyado en la barra.

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