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Anil Murthy, Personaje del año de la revista Plaza

En los últimos doce meses ha ejercido labores de presidente, consejero, director deportivo, portavoz o community manager. Repasamos sus hitos en un 2019 histórico para el valencianismo… a pesar del divorcio con su presidente

30/12/2019 - 

VALÈNCIA.-8 de noviembre de 2017. El valencianismo vivía en una nube tras tumbar al Leganés (3-0) y firmar una impecable hoja de servicios: 27 puntos sobre 33 en las primeras once jornadas. Con Marcelino al frente de un vestuario saneado que aún hoy demuestra su valía y Mateu Alemany levantando desde los despachos un club que finalizó undécimo en Liga las dos campañas anteriores, el aficionado soñaba con volver a Liga de Campeones tres años después.

Aquel miércoles, con nocturnidad, un comunicado oficial del Valencia CF se encargó de recordar que la felicidad es un bien efímero. Sin el más mínimo sentido del timing, dicho editorial —sin firma pero con las huellas del presidente bien visibles— sirvió para encender los ánimos y fragmentar a la masa social entre buenos y 'falsos valencianistas'. Exactamente un año antes, en noviembre de 2016, Anil Murthy se había sentado en la cafetería del Hotel Westin con el autor de estas líneas durante una ronda de contactos con periodistas tras aterrizar en la ciudad. Una de sus frases fue premonitoria: «No queremos separar, queremos unir. No queremos una cultura del ‘ellos y nosotros’ en este club». Nuestro Personaje del Año adora las contradicciones.

Antes de entrar en materia, un poco de historia sobre la elección de Murthy. En verano, la redacción de Plaza consideraba a Marcelino García Toral uno de los candidatos a personaje de mayor relevancia del año, aunque había un problema, y es que tenía acordada con el presidente del club una entrevista para ser portada en septiembre u octubre, demasiado cercana a la de diciembre. Pero los sucesos de final de verano dieron un vuelco al enfoque de este reportaje. Murthy canceló la entrevista y diez días después supimos por qué. El club cesó al entrenador y entonces nos dimos cuenta de que Anil Murthy había sido, de lejos, la figura más controvertida a nivel deportivo, social e institucional. Ya teníamos Personaje del Año.

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La revista solicitó de nuevo, en octubre, mantener una entrevista con el que iba a ser Personaje del año para preguntarle por sus orígenes, primeros pasos en el mundo empresarial y más detalles que dotasen de mayor empaque al texto. El Departamento de Comunicación del club denegó la petición, por lo que, a falta de frases y explicaciones de nuestro protagonista, nos ceñiremos a los hechos.

Anil K. Murthy llegó al mundo el 19de marzo de 1973 en Singapur y su carrera se resume así: licenciado en Paríscon un Diploma en Ingeniería eléctrica y mecánica, MBA de la INSEAD Business School y diplomático en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Singapur (especialidad en asuntos europeos). Dieciséis años de experiencia en el gobierno singapurense, jefe adjunto de misión en París y delegado permanente de laUnesco durante cuatro años. Está casado con Jayde Lam —presencia habitual en los partidos del primer equipo— y tiene tres hijos; el más joven, Neel, celebró hace unos meses su cumpleaños con sus amigos en el interior de Mestalla.

La vinculación de la familia Murthy con València se remonta al verano de 2016, dos meses antes de lo que dicta la versión oficial. Con mucha discreción, el futuro presidente estuvo de vacaciones unos días y llevó a cabo una primera toma de contacto con la ciudad mientras ponderaba la oferta de asentarse en ella como nuevo hombre fuerte de Peter Lim. Las sensaciones fueron positivas. Anil, sin dudarlo, aceptó el encargo y se incorporó al club a mediados de octubre de 2016. Llegó con la presidenta Layhoon Chan en mínimos históricos de popularidad, Cesare Prandelli recién fichado (tras un infame arranque de temporada con Pako Aiestarán en el banquillo) y una desazón generalizada en la afición que aumentaría poco después, cuando la presidenta confirmó en Junta de Accionistas que el estadio de Mestalla no estaría finalizado para la temporada del centenario. Otra promesa incumplida, fruto del proceso de venta de 2014.

Tras la conquista de la Copa y con el valencianismo en una nube, Murthy ejerció como ángel exterminador de Lim a la hora de transmitir malas noticias

En medio de semejante tormenta,Murthy aterrizó como ejecutivo de confianza de Lim en un área —la dirección general— que pronto derivó hacia la de los medios. Pese a que Damià Vidagany era el director de comunicación del club desde hacía ocho años, Murthy no tardó en agenciarse poderes en esa parcela: consejero del club con tentáculos en Comunicación y Relaciones Externas. Eso y un incipiente dominio del español,además de un talante más abierto, fueron sus cartas de presentación.

Mientras la presidenta perdía el poco crédito que le quedaba, Murthy moldeaba una nueva estructura más acorde a sus gustos. Vidagany, arrinconado en el departamento de Marketing, se marcharía en julio de 2017. Diversos empleados de áreas importantes fueron destituidos o dejaron el club, dando paso a figuras que sí gozaban de la confianza de Murthy. Deportivamente, el año fue un fracaso, así que Peter Lim confió al ejecutivo Mateu Alemany la tarea de reflotar el club después de que primero Prendelli y luego Suso García Pitarch se fuesen, hartos de promesas incumplidas (el primero) y de defender lo indefendible (el segundo).

Todo desembocó en la dimisión de Layhoon como presidenta en abril de 2017. En siete meses, Murthy había pasado de ser un desconocido para el valencianismo a convertirse en el presidente del club. Calificarlo de ‘ascenso meteórico’ es quedarse corto. 

Del 'laissez faire' a los 'fake fans'

En los primeros meses de Murthy como dirigente, su política de dar mando en plaza a Mateu Alemany funcionó de maravilla. Cuando en mayo de 2017 llegó la hora de decidir el futuro entrenador, José Ramón Alesanco —director de la Academia, promocionado a máximo responsable deportivo— puso sobre la mesa el nombre del preciosista Quique Setién. Alemany jugó sus cartas apostando por el pragmático Marcelino García Toral. Murthy se alineó con Peter Lim, que hizo caso a su nuevo ‘fichaje’ en el plano deportivo. Y así se fraguó la llegada de Marcelino. Pocos meses después, el club también prescindiría de Alesanco.

Desde Singapur, Peter Lim dejó hacer a Mateu y Marcelino. Desde València, Murthy hizo lo mismo. De educación afrancesada, jamás el «laissez faire, laissez passer, le monde va de lui même»(«dejen hacer, dejen pasar, el mundo va solo») tuvo tanto sentido: la profunda renovación del vestuario y la creación de un bloque sólido serían cosa de ‘la doble M’, sin injerencias de la presidencia.

Quizá ahí empezó a fraguarse el desencuentro. Porque no solo se recobró el rumbo; es que el Valencia CF 2017-2018 empezó la competición como un tiro, consolidando en apenas tres meses un modelo de juego con el que futbolistas y afición se identificaban. El equipo no perdió un solo partido liguero entre agosto y diciembre, cuando cayó en Getafe. En Copa, solo el Barça frenó a los blanquinegros en semifinales. Resultado final: la cuarta plaza y un merecido regreso a la Liga de Campeones. Un maridaje perfecto de objetivos deportivos y económicos.

  

Tanto se hablaba del duopolio al frente de la entidad que algo empezó a cambiar. Primero, con aquel editorial que ya hemos repasado y que dejó al valencianismo inmerso en un ‘gatillazo’ sentimental. ¿A santo de qué venía esta demostración de fuerza? ¿Era de recibo un titular como «Meriton salvó al Valencia del colapso y lo está volviendo a hacer grande» en pleno momento de felicidad? Dos años después, el artículo ha desaparecido de la web del Valencia. Tampoco —por fortuna— hubo más editoriales de semejante calado, aunque se había advertido que sí los habría.

Murthy empezó a mostrar una honda preocupación porque nadie se acordase ni del presidente ni del máximo accionista en tiempos de bonanza. Tampoco le gustaban los medios de comunicación críticos con la gestión de Meriton, a los que dedicó unas palabras en la Junta de Accionistas de 2017, que vaticinaban tiempos duros para los periodistas. «Estamos reduciendo los intermediarios entre el club y la afición porque consideramos y creemos en una relación directa», exclamó en la primera junta con restricciones a la labor de la prensa en 98 años de historia.

2018 transcurrió con cierta placidez para el dirigente, más allá de sus amargas polémicas con los miembros más veteranos de la Curva Nord Mario Alberto Kempes en un conflicto abierto que terminó con la expulsión de todos los aficionados mayores de treinta años. Para lanzar mensajes institucionales, parar golpes y apagar incendios siempre podía contar con la labor efectiva y callada de Mateu Alemany, cuyo brillo dejó la figura del presidente en un discreto segundo plano.

Anil también empezó a cogerle el gusto a las redes sociales con perfiles en Twitter e Instagram que llegaron incluso a dar noticias antes que los propios medios del club. Murthy se rodeó de hombres de su total confianza en un pionero gabinete de presidencia: nunca ningún otro dirigente del Valencia ostentó semejante privilegio. El primero de ellos, Sean Bai, se hizo famoso por tomar el mando de la cuenta de Twitter del Valencia CF en inglés y dejar momentos para la historia como el uso de un vídeo de un rinoceronte haciendo de vientre, hackeos que no eran tal, fotos a horas intempestivas de cervezas a medio acabar y un largo etcétera de ejemplos sacados del antimanual del buen community manager.

Al margen de eso, lo deportivo fue sobre ruedas: objetivo cumplido, regreso a la Champions, el fichaje de Gonçalo Guedes por parte de Peter Lim y el refuerzo de la figura de Marcelino, un entrenador que acumuló poder en pos de un proyecto deportivo y al que cada vez se veía con más recelo en la cúpula directiva. Marcelino y Mateu. ‘La doble M’. Nadie incluía a Murthy entre los responsables del buen momento que atravesaba la entidad.

ME GUSTAN LOS LÍOS

Durante un partido contra el Alavés, en septiembre de 2019, se fue la luz y la afición le cantó «¡Anil, canalla, fuera de Mestalla!». El presidente no solo los mandó callar con un gesto que irritó hasta a los más moderados sino que se puso la foto en el perfil de WhatsApp, todo un desafío impropio de alguien formado en el mundo de la diplomacia. Otro de sus 'grandes momentos' fue bromear (¿?) en una foto tomada el día de su cumpleaños poniendo mala cara y haciendo ademán de acuchillar al escudo del club. 

El fin de la 'Doble M'

La brecha entre el duopolio Alemany-García Toral (con el secretario técnico Pablo Longoria como tercera rueda) y el sector Meriton de la directiva empezó a agigantarse en Navidades de 2018. En medio de una crisis de resultados y tras un gol de Piccini ante el Huesca que salvó la cabeza de Marcelino, llegó la hora de posicionarse. Entre diciembre y enero de 2019, Alemany se ‘mojó’ ante Peter Lim a favor del técnico asturiano, contradiciendo la opinión de un Murthy que era partidario de un relevo en el banquillo. Lim volvió a confiar en el mallorquín: mantuvo al entrenador en contra del criterio del hombre que sí tenía —y tiene— hilo telefónico directo con el máximo accionista.

El resto es historia: la eliminatoria copera contra el Getafe, Hugo Duro, el éxtasis, el triunfo en 'semis', una remontada frenética que supuso la cuarta plaza en Liga y una victoria épica contra el Barça el 25 de mayo en la final de Copa. La Copa del centenario.

Un trofeo que el presidente había despreciado durante la comida de Navidad con la prensa: «La Copa no me interesa. ¿Para qué quiero yo la Copa?». Y un centenario que el propio Murthy, en esa misma comida, había despachado con una frase lapidaria: «Será un centenario a coste cero; es más, vamos a ganar dinero con él», dijo eufórico ante un nutrido grupo de periodistas. Así fue: la inversión económica del Valencia CF en los actos del centenario fue ínfima, siendo los propios empleados del club los que buscaron patrocinios, dedicaron tiempo y derrocharon esfuerzo en dar lustre a una fecha muy especial para el valencianismo aunque no para sus dirigentes.

Una de las constantes del año 2019 de Anil Murthy es haber abrazado la senda del trumpismo más exacerbado: generar controversia con tanta asiduidad que acaba permeando el tejido social para convertirse en algo cotidiano. Algo tan habitual que deja de causar indignación porque al aficionado de a pie no le da tiempo a procesarlo en toda su magnitud: pronto llega un gesto, desplante o decisión más polémicos que el anterior.

Una de las constantes del año 2019 de Anil Murthy es haber abrazado la senda del trumpismo más exacerbado: generar controversia con tanta asiduidad que acaba permeando el tejido social para convertirse en algo cotidiano

En lo que respecta al Centenario, su falta de interés fue suplida con el entusiasmo de Fernando Giner y la Asociación de Futbolistas del Valencia CF, pero eso no evitó determinadas situaciones —como la presentación del Libro oficial en El Corte Inglés en una sala que se quedó pequeña para la expectación generada, con figuras legendarias como Merchina Peris presenciando el acto de pie— que recalcaron el carácter secundario de estos fastos para el dirigente. Su ausencia en todas las ediciones del Fórum Algirós hasta la fecha también es reseñable. Digamos que, para Murthy y Meriton, toda historia previa a la New Era que promulgan en su publicidad es algo accesorio y prescindible.

Tras la conquista de la Copa y con el valencianismo en una nube, Murthy ejerció como ángel exterminador de Lim a la hora de transmitir malas noticias. Ocurrió a finales de julio, cuando durante varias horas el comunicado con la salida de Alemany estuvo redactado en las oficinas del club debido a la brecha existente entre ‘la doble M’ y la gran ‘M’, la de Meriton. Parecía que se había esquivado la bala y que la normalidad regresaría, pero la afición olvidó una de las reglas de oro de la empresa singapurense: si te toman la matrícula, es cuestión de tiempo que te pasen la factura.

Así fue con Marcelino García Toral, destituido a principios de septiembre por haber pretendido ser más dentro del club que lo que su dueño estaba dispuesto a tolerar. Y así fue con Alemany, que seguiría su mismo destino dos meses después tras cincuenta días en un limbo de poder. Un ejecutivo zombi que se fue con inusitada elegancia pero dejando dos mensajes: «Yo llegué a un pacto con Anil que fue bien hasta este verano» y «Lim no me ha dado las razones concretas para mi salida». Ni Marcelino ni Alemany incluyeron en su lista de agradecimientos a Murthy o a Kim Koh, el otro hombre fuerte de Lim en la ciudad. Será casualidad.

La demolición de un proyecto

En los últimos tres meses hemos vivido la transmutación del presidente en un personaje de la lucha libre noventera: «Anil Murthy, más Murthy que nunca», que diría el malogrado Héctor del Mar. La lista de errores, incidentes con la afición y patinazos hace palidecer al Paco Roig más bullanguero y requeriría de varios artículos más. Ya sin el paraguas de Marcelino y Alemany para actuar como escudo, y mientras Celades y la plantilla luchan contra viento y marea para mantener el barco a flote, todas las miradas apuntan al presidente. ¿Quería protagonismo? Ya lo tiene.

Hablamos del uso particular de los medios del Valencia CF, como cuando el club publicó una carta enviada a una emisora de radio denunciando a un locutor (no es el único mensaje de ese estilo que ha enviado durante su mandato). De vetar el acceso a periodistas al campo de Mestalla. De llamar «twats» (gilipollas en inglés) a través de su Twitter particular a aquellos aficionados que le insultan, poniéndose a su altura. De que dicho perfil descarrilase una noche de septiembre con expresiones de mal gusto para luego echar la culpa a un presunto hackeo. De tomar el control del Twitter oficial del club para convertir una expresión («es lo que hay») en historia negra del valencianismo. De divertirse con su teléfono profesional al usar imágenes caricaturescas en su perfil de Whatsapp, haciendo mofa de las críticas recibidas. De emplear los medios jurídicos del club para cursar denuncias y retirar el abono a aficionados que le enviaron mensajes cuando su número de teléfono se hizo público. Uno de ellos perdió temporalmente el pase por llamarle calvo.

Hablamos de su foto ‘acuchillando’ una tarta de cumpleaños con el escudo del Valencia. De prometer una comparecencia pública tras destituir a Marcelino que nunca se produjo. De querer prescindir de profesionales como el delegado Paco Camarasa o el recuperador Alberto Torres, ambas ideas frenadas por una plantilla hastiada por semejante ejercicio de demolición interna. De congregar a los empleados del club para denunciar que todo era una conspiración de fake news (viendo su gusto por cortar cabezas, ningún trabajador osó levantar la mano cuando llegó el turno de preguntas).

Lejos de aguantar el chaparrón como hicieron todos sus antecesores en el cargo, Murthy mandó callar a los críticos llevándose el dedo índice a los labios

Por encima de todo, la figura de Murthy saltó a los medios nacionales por dos polémicas casi consecutivas. La primera, la negativa a seguir adelante en tiempo y forma (aunque el club llevaba trabajando en ello cuatro meses) con una campaña solidaria con el exguardameta Santiago Cañizares para apoyar a una ONG contra el cáncer infantil. Según el portero, el frenazo se debió a sus críticas hacia Peter Lim. Una cosa llevó a la otra: durante el partido ante el Alavés, un apagón de la iluminación desencadenó la tempestad y buena parte de la afición cantó contra el dirigente: «¡Anil, canalla, fuera de Mestalla!». Lejos de aguantar el chaparrón como hicieron todos sus antecesores en el cargo, Murthy mandó callar a los críticos llevándose el dedo índice a los labios en varias ocasiones, lo que multiplicó el número de críticos. Esas imágenes dieron la vuelta al mundo. Esa noche, Murthy presumió de su gesto colocándose un pantallazo en su perfil de WhatsApp.

2019 fue el año en que Murthy decidió convertirse en protagonista de la actualidad del Valencia CF. Doce meses que terminan con el presidente ejerciendo como director deportivo, negociando contratos y renovaciones e inmiscuyéndose en la parcela médica. Algo que ha llevado recientemente a Albert Celades a pedirle, por favor, que deje de trastocar dicha área del club. Un club que recorta fotografías en sus redes sociales para omitir la figura de Marcelino de las celebraciones de la Copa. Con un presidente que, ante la Agrupación de Peñas, afirmó que la destitución del asturiano se debía a una metáfora empleada en agosto («solo los cangrejos van hacia atrás»), en referencia a la posible venta de Rodrigo al Atlético. Toda una invitación a los artistas falleros para que jueguen con estos tres elementos (crustáceos, Murthy y Lim) en los monumentos de 2020.

El nuevo Valencia de Murthy ha seguido incorporando ejecutivos a su gabinete (a Bai se le unieron Teo Swee Wei y, más recientemente, Román Bellver) mientras continúa dificultando el trabajo de los medios impidiéndoles el acceso diario a la Ciudad Deportiva y obligándoles a acceder a sus campos por una puerta trasera. Un club que tuvo la opción de dar nombre a un importante torneo de pilota valenciana y descartó dicha posibilidad. Levante y Villarreal sí dedicaron una minúscula parte de su presupuesto a patrocinar el deporte autóctono, dándose la paradoja de ver a pilotaris más valencianistas que la bandera portando camisetas con los colores granotas y groguets.

La lista sigue y se nos quedan polémicas en el tintero. Táctica trumpista, ¿recuerdan? Con la Junta de Accionistas 2019 al caer —el día de publicación de esta revista— y varias ‘patatas calientes’ como la venta (o no) de las parcelas de Mestalla a la empresa ADU Mediterráneo y la finalización del nuevo estadio, dicho encuentro con los accionistas será el primero del presidente sin el escudo protector de Mateu Alemany. Las labores de fontanería y autopromoción de Murthy a lo largo de 2019 han fructificado. Ahora, tal y como siempre deseó, todos los focos le apuntan a él.

«Murthy, apaciguar con garrote»

Vicent Molins

VALENCIA.- Cuando de aquí a unos años se pretenda sintetizar este ciclo de poder por el que atraviesa el club más representativo del territorio, creo que aquello que lo hará más relevante será esta forma de neogobernanza con trazas distópicas por la cual la soberanía se acaba desdibujando hasta deparar lo inverosímil: el director general (Mateu Alemany) que estabilizaba la institución no podía hablar con el propietario porque no tenía su número de teléfono; no se lo daban; no accedía al sistema de comunicaciones encriptadas (esto es, por SMS) con el que la dirigencia de los Lim se relaciona con su jefe, esa suerte de ojo masónico que todo lo ve.

Es importante comprender el tipo de relaciones jerárquicas que gobiernan el club porque ese mapa termina por dibujar las razones de su poder. De fondo, el empeño por sesgar los flujos de realidad para que en mitad de ese embrollo Peter Lim quede protegido, esto es, aislado, con media geografía mundial de por medio. Una gélida interacción de la propiedad que nadie pronosticaba cuando Lim aterrizó en el golfo de València, tendida la moqueta roja, como el marajá definitivo.

En el centro de ese organigrama embozado, Anil Murthy, el tamiz de la realidad. El presidente insólito. Hay múltiples teorías sobre quién mantiene el poder real del Valencia. Sobre si Layhoon Chan, expresidenta, sigue pulsando el botón rojo desde su sala oval en Singapur; sobre si Kim Koh, directivo, es el notario mayor ante Lim. La complejidad de resolver el acertijo les aporta metros de ventaja. Es difícil perforar la resistencia de quien no conoces.

Murthy, el diplomático desde París, será recordado ya para siempre como el presidente del Centenario del Valencia, quien, en los cien años, sostuvo la representatividad del club. Sin embargo Murthy terminará presumiblemente sus días valencianos con un estruendoso fracaso. Llamado a coser, ha reventado las costuras. Llamado a endulzar el gobierno Lim, usando su comicidad y cercanía como lubricante, ha terminado superado por un contexto al cual no ha podido someter (al menos, no del todo).

Murthy, el mismo que presidió en el kilómetro cero fundacional la gran amalgama social del 18 de marzo de 2019, ha propagado como nadie el ‘nosotros contra ellos’, a la manera que en Manchester los seguidores del United claman contra los Glazers americanos y su gestión casquivana. Ha hecho inviable el presumible objetivo para el que llegó: repuntar la estima social por Lim. ¡Demonios! ¡Justo cuando el Valencia, bajo su mandato, ha recuperado frecuencia en Champions y ganado un título! Ciertamente Murthy lo tenía bien difícil para desaprovechar las ventajas de un contexto deportivo tan a favor.

Quizá la mejor representación del don del presidente para malbaratar las oportunidades la protagonizó el 5 de octubre en el partido contra el Alavés. En un personalísimo sistema de códigos dijo querer apaciguar los ánimos riéndose y mandando callar al público. La coreografía no debió salirle muy bien porque raudo salió a aclarar que aquello no era lo que parecía. Lo hizo por Twitter, su canal favorito para ejercer la portavocía y por donde impulsa una lisérgica cuenta oficial en inglés adicta al registro humorístico del caca-culo-pedo-pis. Aquella noche, cuando además se fue la luz en Mestalla, se apagó su credibilidad. Murthy no ha estado a la altura del encargo del propietario. O quizá —si es que todo se trata de un señuelo con el que desviar la atención de lo relevante— lo ha estado demasiado.

* Este artículo se publicó originalmente en el número 62 de la revista Plaza

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