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crónicas por los otros / OPINIÓN

Ataques de nostalgia

Pocas veces había sentido y sufrido eso que llaman“ataque de nostalgia”. Una sensación provocada por la distancia y la lejanía… por estar mucho tiempo lejos de casa.

17/06/2017 - 

Pocas veces había pasado tanto tiempo seguido tan lejos de los míos, fuera de mi contexto y alejado de la realidad que me ha acompañado casi toda mi vida. Quizá tanta distancia, tanto contraste y mi nueva situación personal me ha llevado a sentir por primera vez eso que llaman “ataque de nostalgia”.

Pongámonos en situación. Siempre he pertenecido a ese grupo de gente privilegiada que puede elegir. Porque este mundo se divide entre los que podemos elegir y los que no pueden. Dicho esto. Yo me marché de “casa” porque quise. Nadie me obligó. Entendamos por “casa” todo aquello que nos rodea en nuestra vida acomodada, estable y segura.

Fue una decisión elegida y que siempre he podido abortar aunque no lo haya hecho. Desde esta perspectiva y con este panorama hoy hablaré de sentimientos y sensaciones que pueden ocurrir cuando estás lejos de casa aún con todas las facilidades que puedas tener. Porque yo me marché de “casa” con un colchón tremendo: una familia que me apoya y me espera, dinero en la visa para cualquier problema que pueda suceder, cobertura médica necesaria, una casa en perfectas condiciones y, sobre todo, amigos y familia en el nuevo destino que empiezas a vivir. Lo tenía todo.

Vivir lejos de la casa, aún siendo una decisión meditada, reflexionada y, sobre todo, elegida, no es fácil.

Aún con todo, hay momento menos dulces y momentos amargos en los que desearías despertar en tu cama de siempre, en tu habitación de siempre, en tu casa de siempre y con tu familia de siempre. Así que aunque estemos encantados con la vida lejos de “casa”, no es raro que haya un momento en que echas de menos tu hogar, tu gente, tu familia, tu comida, tu cultura y tus rutinas… todo dentro de la normalidad. Quienes viven lejos de sus “casas” entenderán esta sensación al minuto.

El caso es que estas semanas pasadas he tenido momentos menos dulces que me han llevado a “sufrir” la distancia de la que hablo, he sentido en mis propias carnes eso que se llama nostalgia, he pensado en volver y entonces he pensado rápidamente en toda esa gente que no puede elegir y que no tiene la posibilidad de coger un avión y volver a casa como podría haber hecho yo.

Quienes no eligen

Cuando sufro momentos difíciles, pienso en todas esas personas migrantes que salen de sus casas en busca de una vida mejor. Esas personas que acuden a destinos no por elección si no porque allí conocen algún amigo o familiar que les puede recibir y abrir las puertas nada más llegan. Esas personas que no pueden elegir y que han de salir de su hogar a la fuerza sin saber si van a volver algún día o no. Casi siempre llegan en condiciones extremas tanto física o económicamente. Y empiezan a vivir, mejor dicho, a sobrevivir. Aún con este panorama cuando llegan a sus destinos, se sienten muchas veces unos privilegiados.

Pienso en esas personas que no pueden elegir y muero de dolor. Porque estar lejos de casa duele, a veces más, a veces menos.

Estas personas también echan de menos sus casas aunque tengan en su nuevo destino mejores condiciones, porque allí es donde crecieron, allí es donde recuerdan su infancia, allí es donde reconocen absolutamente todo y allí es donde casi siempre se sienten seguros, allí se queda su familia que en ocasiones ni los trataron bien pero, con todo, sigue siendo su hogar. 

Estas personas echan de menos sus costumbres y su cultura porque aterrizan en algo nuevo que muchas veces no entienden pero que tienen que aceptar… y créanme que cuesta. Y cuesta mucho por muy mentalizada y preparada que llegues del “otro lado” sobre todo si hablamos del choque cultural entre destinos desarrollados yen desarrollo. Cuesta tanto para el que cambia de un país desarrollado a un país en desarrollo, como para el que pasa de un país en desarrollo a uno desarrollado.

Sufre más el que abandona su “casa “ sin recursos porque cualquier adaptación es dura pero siempre será más fácil si se cuenta con recursos sociales y económicos.

Estas personas que no han podido elegir sufren por sobrevivir en un nuevo entorno desprotegidos en la mayoría de los casos y cuando el instinto de supervivencia les deja respirar, también sufren ataques de nostalgia tremendos de los que es difícil recuperarse aunque dicen que al final aprendes a vivir con ellos.

Síndrome del migrante

Estas semanas pasadas he querido estar donde no estaba, he querido volver a casa, he querido rodearme de los míos, he querido sentir mi hogar de nuevo, he querido volver a mis olores de siempre, mis colores de siempre, mis sentidos de siempre, mis rutinas de siempre, de gustar mi comida de siempre… Al final no lo he hecho pero podría haber cogido un avión y volver a casa. Motivos varios han hecho que me quede más tiempo lejos de mi hogar. Y no ha sido fácil pero he sido una afortunada porque he podido elegir.

Cuando entra ese ataque de nostalgia todo se nubla y se vuelve gris. El ánimo cae en picado sin motivo aparente y la desazón invade sin piedad. 

Los ataques de nostalgia se hacen insoportables y la tristeza se apodera de uno por mucho que hayamos elegido el destino donde nos encontramos en este momento. En ese momento de desasosiego no recordamos las razones que nos llevaron a elegir vivir lejos de casa. Porque insisto que hablo desde el enfoque privilegiado de quién puede elegir. Pero aún con todo no es fácil. No es fácil, no es nada fácil. Nadie dijo que lo fuera.

Salir de “casa” por elección o por obligación tiene momentos muy duros. 

Y vuelvo a pensar en quienes no eligen y reclamo empatía y amor con ellos. Admiro tanto a todas esas personas que salen de sus casas en precarias condiciones y vuelven a ser felices, vuelven a encontrar un hogar. Esas personas que dejan de llorar la distancia. Esas personas que dejan de tener esos ataques de nostalgia que destrozan a cualquiera. 

Personas como el hombre con el que volé este año cuando empezaba mi trayecto hacia África, Lamu. En el trayecto de Valencia a Madrid me senté junto a un señor que llevaba 17 años sin volver a Ecuador, su casa. Volvía en ese mismo vuelo que yo cogía. Nervioso, alegre y sin ser consciente de lo que iba a suponer reencontrarse con sus padres y su familia tantos años después… despegábamos en el mismo vuelo, salíamos a la misma vez de Valencia. Estos días especialmente no he dejado de acordarme de ese hombre. Ojalá el destino haga que me encuentre con él.  

Por lo que me contaba, una vez llevas tantos años fuera de casa ya no sabes realmente dónde te sientes mejor, en el hogar que dejaste o en el hogar que has tenido que volver a crear. Ya no sabes cuál es tu verdadero hogar, tu verdadera“casa”. Podríamos llamarlo el “síndrome del migrante”.

La semana que viene… ¡más!

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