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Ciencia, drogas y Rock and Roll

Cada vez la ciencia está más cerca de explicar por qué nos gustan las drogas, y la respuesta suele estar en el cerebro. Lo que es más complicado es determinar qué lleva a una persona a la adicción

17/02/2021 - 

VALÈNCIA. Año 1874. Charles R. Alder mueve unos matraces en su laboratorio de Londres y sonríe. Ese gesto inocente matará a nueve millones de personas, ocasionará uno de los problemas de salud más importantes del mundo desarrollado e influirá en las canciones de los Rolling Stones, Ray Charles y la Velvet Underground, entre otros.  

Lo que este químico británico descubrió era la diacetilmorfina, pero para entender de qué se trataba y los efectos que llegaría a tener, habría que esperar unos años hasta que la farmacéutica alemana Bayer la comercializara en todo el mundo usando el nombre con el que pasaría a la historia: heroína.

Las drogas, tanto en sus efectos como en su desarrollo, son un campo de estudio muy importante para la ciencia, desde su interacción con el cerebro hasta sus usos en farmacología. Pero para entender qué son y cómo afectan a los que las usan, hay que viajar al cerebro humano.

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Cajal, neuronas y marihuana

Si por algo pasó a la historia Santiago Ramón y Cajal —que además de ganar un Premio Nobel de Medicina impartió clases en la Universitat de València— fue por descubrir que las neuronas no están unidas físicamente, algo que en su época se consideraba imposible. De hecho, entre ellas hay un espacio de unos treinta nanómetros. Pero ¿se trata de mucha distancia? Por ejemplo, si se tiene en cuenta que un cabello humano es tres mil veces más grande que el hueco que hay entre las neuronas, podría parecer poca cosa pero, en realidad, es un abismo imposible de saltar para una célula. Fue así como se descubrió que las neuronas se comunican con mensajeros químicos llamados neurotransmisores, y no por contacto físico, como se pensaba hasta entonces. Y es aquí donde entran en juego las drogas. 

En resumidas cuentas, los estupefacientes modifican el modo en que las neuronas se comunican mediante los neurotransmisores. Por ejemplo, la marihuana contiene THC, un principio activo similar a un neurotransmisor llamado anandamida. De este modo, el consumo de la planta introduce en el cuerpo un chute de algo parecido a un neurotransmisor, activándolo todo y causando una cascada de sensaciones. De hecho, el nombre de la anandamida viene del sánscrito ananda, que significa felicidad interior. Y eso explica por qué su primo hermano, el THC de la marihuana, produce esa sensación de euforia placentera y relajación.

Pero ¿qué se puede considerar una droga? De esto sabe mucho Lucía Hipólito, investigadora de la Universitat de València en el campo de la neurofarmacología de las adicciones, que explica que «una droga es una sustancia capaz de activar un área muy concreta del cerebro y producir cambios que hacen que el consumidor quiera repetir. Son capaces de activar el sistema dopaminérgico del cerebro, que se encarga de regular las situaciones importantes para la supervivencia. Lo que hacen las drogas es imitar ese sistema como lo haría un reforzador natural».

La dopamina a la que hace referencia Hipólito también es un neurotransmisor, y entre sus muchas funciones está la de mantener el sistema de recompensas. Para entender cómo funciona es muy útil pensar en cómo se entrena a un perro. Si levanta una pata el dueño le da una recompensa. Si entra y sale por un tubo, le da otra vez la recompensa. Y así hasta que el perro asocia hacer lo que le piden con recibir una galleta. El cerebro funciona igual con los estímulos importantes para sobrevivir o reproducirse. Cada vez que un humano hace algo que el cerebro considera deseable, le suelta un poco de dopamina. Sexo, comida, ponerse en forma y, así, un largo etcétera. Pero lo que hacen las drogas es darle al cerebro vía libre para abrir el tarro de las galletas y comérselas hasta reventar. Entonces, ¿dónde está el problema?

Según explica Lucía Hipólito, «las drogas, a diferencia de los refuerzos externos que hacen segregar dopamina, a largo plazo hacen que las personas desarrollen una fuerte adicción y que no puedan controlar el consumo de la droga, incluso si eso supone un daño físico o le hace peligrar su vida».

Lucía Hipólito: «La sociedad relaciona el grado de daño producido con el potencial de adicción, pero eso no tiene por qué ser cierto»

Esto puede explicarse, según cuenta Hipólito, porque la dopamina crea cambios en la forma en la que las neuronas se conectan, permitiendo repetir la actividad que produjo el chute de dopamina y sin necesidad de pensar. Así es como se crean los hábitos. Pero las drogas, al producir una cascada de dopamina más intensa que la que se obtendría por los mecanismos normales, refuerzan mucho más esos circuitos que acaban pidiéndole al cerebro consumir drogas sin importar nada más. Incluso años más tarde de haber dejado las drogas, un pequeño estímulo que el cerebro asocie con sus hábitos del pasado, puede llevar de nuevo al consumo.

Otra droga que también imita a un neurotransmisor es la nicotina del tabaco, que se parece a la acetilcolina y también produce que se libere dopamina. Pero no todas las drogas imitan a neurotransmisores. Algunas, como las anfetaminas o la cocaína, hacen que el cerebro libere sus propios neurotransmisores, pero en cantidades mucho más altas de lo normal. El alcohol cambia los equilibrios de otros neurotransmisores, afectando también a cómo se comunican las neuronas. Algo similar ocurre con la cafeína, solo que en lugar de actuar sustituyendo a un neurotransmisor, lo inhibe. Pero entonces, si todas las drogas de consumo masivo funcionan más o menos de forma parecida, es decir, interfiriendo en los efectos de los neurotransmisores y liberando dopamina, ¿por qué existe la creencia de que hay drogas más adictivas que otras?

«Si existen drogas más adictivas que otras es una cuestión muy debatida. Hay investigadores que opinan que el poder adictivo de las drogas sí que es muy diferente, porque cada droga tiene un perfil propio y eso puede afectar al potencial de adicción. Pero hay otros que piensan que el poder de adicción no está tan relacionado con la droga en sí misma como con otros factores sociales. Lo que está claro es que si expones a una mayor población a una droga en concreto, por ejemplo el alcohol, socialmente aceptado, o a los opioides, que se recetan de forma masiva en algunos países como EEUU, eso puede afectar a que, epidemiológicamente, generen más problemas de adicción. Pero lo que ocurre es que las drogas tienen otros efectos tóxicos que pueden hacer que las consecuencias sean más llamativas o perjudiciales. Así que es clásico pensar que la heroína, al destruir físicamente más a sus consumidores, es más adictiva. La sociedad tiende a relacionar el grado de daño producido con el potencial de adicción, pero eso no tiene por qué ser cierto. No se sabe exactamente qué hace que haya personas más propensas a engancharse a las drogas, pero sí que se observan tres factores que pueden ser determinantes. Para empezar la biología, de cada persona, que puede estar alterada y aumentar la vulnerabilidad a un tipo concreto de droga. Luego están los factores socioeconómicos, porque siempre se tiende a buscar una genética, pero se ha visto que los factores socioculturales que te envuelven, como tener apoyo familiar o la pobreza, son muy importantes para el desarrollo de una adicción. Y por último, la presencia de otras alteraciones (si la persona padece algún trastorno neuropsiquiátrico, depresión o tiene un perfil del tipo impulsivo)», concluye Hipólito.

«La gente se cree que esto no es más que miseria, desesperación, muerte y toda esa mierda que no hay que olvidar, pero lo que olvidan es el placer que supone. De lo contrario no lo haríamos. Después de todo no somos gilipollas. Bueno, al menos no tan gilipollas». De este modo tan contundente explicaba el personaje de Mark Renton en Trainspotting (1996, Danny Boyle) que las drogas producen cosas más allá de los problemas obvios. La adicción a las drogas puede explicarse mediante las alteraciones en la segregación de la dopamina, pero hay otros efectos paralelos que difieren según el tipo de droga, como pueden ser el placer, la euforia, la relajación, las alucinaciones y una lista tan variada como usuarios hay en el mundo. 

Más allá de la adicción

En un principio se creía que estas sensaciones se relacionaban con la segregación de dopamina, pero en la actualidad muchos investigadores opinan que estos efectos pueden producirse a causa de la segregación de opioides y otras sustancias dentro del organismo más allá de los mecanismos que generan la adicción. Algunas de estas drogas, como la marihuana, han sido usadas —y todavía lo son— por artistas, personalidades mediáticas o incluso dentro del mundo de la ciencia, bajo la creencia de que les ayuda a ser creativos. Sin ir más lejos, el astrónomo Carl Sagan fue consumidor y defensor de esta droga, y con el pseudónimo de Mister X escribió un ensayo defendiendo que el consumo de la marihuana le había ayudado a inspirarse en su trabajo. Ahora bien, los estudios que sugieren una relación entre el consumo de marihuana y un aumento de la creatividad son bastante discutibles. En primer lugar, medir la creatividad es algo complicado y muchas veces se hace preguntándole su opinión al encuestado. Pero que uno piense que es muy bueno en algo no quiere decir que realmente lo sea —los especialistas en recursos humanos pueden dar fe de ello—. Además, puede que las personas más creativas quieran experimentar con las drogas, lo cual no quiere decir que las drogas sean la fuente de su creatividad.

De cualquier modo, sea cierto o no que algunas drogas pueden potenciar la creatividad, lo que es innegable es que han servido de fuente de inspiración, ya sea por abrir un abanico de experiencias diferentes a sus consumidores o por las situaciones de daño y marginación que han producido. Por ejemplo, no es ningún secreto que la historia del jazz se vio muy influenciada por la heroína y la cocaína, o la relación que han tenido las drogas en la discografía reciente de la música, desde Lucy in the sky with diamonds, de los Beatles, Brown Sugar de los Rolling Stones o Rehab, de Amy Winehouse. De hecho, esta última falleció a causa de una sobredosis, sirviendo como ejemplo de que más allá del idealismo bohemio en torno a las drogas, estas no dejan de ser tremendamente adictivas y con un potencial de degradación enorme, desde los efectos neurológicos y psicóticos que puede producir el consumo de marihuana, a los más conocidos problemas físicos y mentales que padecen los consumidores de heroína.

Ahora bien, las drogas, más allá de ser objeto de recreación, inspiración o adicción, también pueden ser usadas para cosas más interesantes desde el punto de vista científico.

De la calle al laboratorio

Alberto Galán es CEO de una empresa biotecnológica valenciana llamada Ploidy and Genomics. Esto  que a priori parece totalmente alejado del mundo de las drogas, cambia totalmente de perspectiva cuando Galán cuenta a qué se dedican. «Básicamente, desarrollamos herramientas biotecnológicas para la crianza del cannabis. Se buscan variedades de cannabis con quimiotipos específicos y homogéneos. Es decir, que tengan uso farmacológico por la presencia de algunos compuestos».

Galán se refiere a los terpenos y los cannabinoides. Entre los usos terapéuticos de los cannabinoides más aceptados se encuentra el tratamiento del dolor en pacientes crónicos o terminales, o el control de los vómitos inducidos por la quimioterapia. En cuanto a los terpenos, son una amplia familia de compuestos orgánicos, muy diversos y con múltiples usos en la industria farmacológica. Así pues, la crianza de la marihuana puede tener mucho sentido desde el punto de vista farmacológico, sobre todo para extraer sus principios activos y poderlos usar como medicamentos o en ensayos clínicos para intentar validar sus propiedades.

Galán explica que el destino de las plantas «es para empresas farmacéuticas. Luego tienen que hacerle las extracciones de compuestos. Pero el problema con el cannabis es que es muy variable, y al no haber variedades estables, puede ocurrir que te interese una planta por su composición para usos farmacológicos, pero que no puedas volverla a tener a través de sus semillas porque su composición cambia. Lo que se hace es tener plantas clónicas en estado vegetativo continuo, y así se puede mantener una variedad para que sea homogénea. Nosotros intentamos producir variedades de interés farmacológico para mantenerlas disponibles».

El mundo de los estupefacientes no solo está relacionado con el de la ciencia, sino que la mayoría de drogas nuevas que salen al mercado, ya sea de forma ilícita o legal, tienen su origen en laboratorios. Desde la heroína que se empezó a vender por Bayer para tratar la tos, hasta las modernas drogas de diseño como la cocaína rosa, también llamada tusi, que produce unos efectos psicodélicos similares a los del LSD.

Sea como sea, los humanos seguirán buscando modos de evasión e inspiración en las drogas, y muchos de ellos morirán o sufrirán secuelas por su causa. La ciencia seguirá estudiando sus efectos, que muchas veces van más allá de la simple recreación para entrar en el campo de la farmacología. Y entre medias, la gente seguirá escuchando canciones como esa que versionó Johnny Cash y decía I hurt myself today. Testimonios artísticos de una realidad que, para bien o para mal, ha cambiado la cultura para siempre.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 76 (febrero 2022) de la revista Plaza

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