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MEMORIAS DE ANTICUARIO 

Comer y beber en València rodeados de arte y antigüedades

20/10/2019 - 

VALÈNCIA. Que quede claro que tanto la experiencia artística como, en el caso que nos ocupa, la gastronómica, se disfrutan por sí mismas, de diferente forma, eso sí, sin que uno deba necesariamente reclamar al otro para vivirlas intensamente. Todo eso de combinar y sumar experiencias sensoriales e intelectuales, tendencia muy de ahora, me parece una forma un tanto decadente, forzada y artificial de hedonismo de la que no participo por diversas razones que ahora no vienen al caso. Es muy de estos tiempos regados de superficialidad, cuando se pretende  “maridar”  (permítaseme este horrible palabro) y unir indisolúblemente sonidos de la naturaleza y vino, olores del campo y comida como un todo, como si sumar fuera lo importante para que todo sea más intenso y así alcanzar el nirvana sensorial. Dicho esto, cosa bien distinta y que nada tiene que ver con lo dicho, es el que el espacio en el que vamos a pasar al menos un par de horas en buena compañía deba reunir unas condiciones estéticas, un ambiente determinado con la finalidad de que estemos lo más a gusto posible y que ese espacio de deleite y ocio sea, de alguna forma una expresión de la idea estética que tiene el propietario, y, quizás incluso, su idea de la vida. Eso a mi me gusta. Pienso que un restaurante no es simplemente un lugar al que vamos a saciar nuestro apetito. Al igual que las casas, me gustan también los restaurantes “vividos” cuyo micromundos no se hacen de un día para otro: se han ido “creando” con pausa, tiempo y dedicación.

Me parece un tanto desalentador un restaurante que presume de comida creativa que sin embargo su ambientación es ejemplo de los mayores convencionalismos por no hablar de una idea de la estética fácilmente describible. No se puede saber de todo. Sin embargo otros apuestan por el riesgo con el fin de que los clientes tengan una experiencia memorable en todos los sentidos: podemos estar disfrutando de una gastronomía moderna, innovadora, rodeados de piezas antiguas (no olviden, lo antiguo puede ser rabiosamente moderno) buscadas con mimo por el propietario o, al contrario, una cocina tradicional, de mercado, disfrutando de buen arte contemporáneo.

Café de las Horas

Podría recrear en mi mente, si regentase un restaurante-cosa que no sucederá- mi idea de aquel espacio, y no dudaría hacer de este un lugar, (en el que voy a pasar más horas que en mi propia casa), algo especial y para ello no dudaría en echar mano de objetos y creaciones especiales tanto del mundo antiguo-la memoria- como moderno, que es en definitiva aquello por lo que siento pasión. Cada uno en su justa medida en un equilibrio bastante personal. Reconozco que salvo aquellos lugares con una personalidad propia, la mayoría de los restaurantes a los que voy desaparecen de mis recuerdos a los pocos días, o confundo unos con otros. València es una ciudad en la que cada vez se come mejor, eso es cierto, pero cuesta encontrar espacios especiales que es fácil recordar al margen del producto que ofrecen. Son contados los propietarios que apuestan decididamente por crear un lugar con personalidad a través del arte o el coleccionismo. Como cliente me gustaría encontrarme con espacios en que la buena mesa se desarrolla en un contexto decorativo especial, no intercambiable, auténtico. Me gusta llegar a un local en el que hay algo colgado que me invita a preguntar ¿de quién es eso? ¿De dónde habrán sacado eso otro?. 

El Ventorro

Afortunadamente , depués de una etapa poco alentadora, me congratulo de un tiempo reciente acá hay un mayor interés dotar de personalidad estos lugares de disfrute. Hace unos días que una compañera me contara que un empresario hostelero que va a abrir un restaurante de comida valenciana en el Cabanyal le había encargado una decoración propia de nuestro modernismo de origen popular de principios de siglo, tan propio de ese barrio marinero  y que, ante todo, se resistía a que la tematización fuera a base de reproducciones “no quiero imitaciones, quiero poner piezas auténticas” le puso como condición. Hay que acabar con las tematizaciones falsas, de cartón piedra. Aunque parezca mentira en un lugar como València en donde pueden encontrarse piezas de época de toda clase y precios no sea lo habitual, se recurra a las reproducciones modernas. Por otro lado existe demasiado local cortado bajo un mismo patrón, un interiorismo correcto de calidad pero impersonal y aburrido, fácilmente olvidable. Todavía echo de menos el ambiente, los rincones, que el arte naïf de Constante Gil lograba crear en la cervecería Madrid. Ya no se los años que cerró y todavía recuerdo muchos rincones de aquel lugar, cuando hay lugares a los que he ido hace diez días que se me ha olvidado su decoración.

El Ventorro

Espacios que seducen

Existen, no obstante, algunos espacios hablan por si mismos más allá de su cocina, o su atención al cliente, y que a modo de ejemplo hay que mencionar, con el evidente riesgo de dejarme otros tantos en el tintero. El Ventorro (C/ Bonaire 8) te hace viajar en el tiempo de forma natural una casa de comidas- y qué bien se come- del siglo XVIII: azulejería barroca original, una fantástica escalera del siglo XVIII con el pasamanos en nogal tallado, suelos de barro, puertas del siglo XVII y anteriores, techos con vigas de madera originales. La recreación de una ornamentación exacerbada podemos disfrutarla en el Café de las Horas (C/ Conde de Almodovar 1 ). No existe un espacio igual en València, por medio de una decoración de un barroquismo exaltado pero de buen gusto. En  otro sentido se encuentra el café Infanta en Plaça del Tossal en el que su propietario ha apostado por la cartelería de la primera mitad del siglo XX confiriendo al lugar una atractiva personalidad. Uno de los mejores restaurantes de nuestra ciudad dedicados a la gastronomía italiana, San Tommaso (C/Correjeria 37), apuesta por la alta época española: no existe en nuestra ciudad un restaurante que se haya atrevido con grandes óleos sobre lienzo de los siglos XVII y XVIII que le dan un ambiente recogido a la vez que solemne, pienso que único en València. Me comentaba su propietario, que junto a su mujer son grandes coleccionistas de arte antiguo, que ha habido muchas ocasiones en que los clientes han querido comprar alguna de las piezas que cuelgan en sus paredes. Bocamada (Calle Denia 4) apuesta por las grandes firmas del arte valenciano actual: Morea, Sanleon, Calduch, Peris o Uiso Alemany, van alternándose en las paredes de este templo de la comida de mercado. Me comentaba su dueño, Edmundo, que al disponer de mucha más obra que espacio, va rotando las piezas que cuelga en sus paredes.

Bocamada 

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