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medicina forense

Cuando los muertos hablan

Dicen que no existe el crimen perfecto sino una investigación defectuosa. Cierto o no, la ciencia se ha convertido en el principal enemigo de los delincuentes, como muestran series como Bones o CSI, aunque la realidad es un poco distinta

16/06/2020 - 

VALÈNCIA. El 5 de enero de 1999 un agricultor se disponía a plantar un olivo en Sant Salvador de Guardiola, en Barcelona. Pero, para su sorpresa, el agujero que había realizado ya estaba ocupado por un esqueleto. Un análisis forense desveló dos cosas: le habían disparado en la cabeza y la víctima no estaba sola, había sido asesinada estando embarazada de cinco meses.

La policía buscó en las bases de datos y al no encontrar pistas archivaron el caso. Pero, en noviembre de 2017, una mujer acudió a una comisaría para denunciar de nuevo una desaparición. Su hermana se había esfumado en 1981 sin dejar rastro, y como la tecnología había cambiado mucho desde entonces, decidió dar una muestra de ADN para introducirla en las bases de datos de desaparecidos. La respuesta fue terrible: los restos que se habían encontrado veinte años atrás eran los de su hermana.

La policía también analizó el ADN del feto que nunca llegó a nacer. Y, para su sorpresa, el que fuera dueño del terreno donde lo habían enterrado, además, era su padre. El sospechoso del crimen hoy tiene 73 años y está siendo juzgado por asesinato.

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Esta historia, que parece sacada de un capítulo de la serie americana Bones, ocurrió de verdad y es un ejemplo de lo que las ciencias forenses pueden hacer para ayudar a resolver crímenes. Mercedes Aler, médica experta en genética forense del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses de Valencia, explica en qué consiste su especialidad, empezando por aclarar un clásico malentendido, pues el término ‘medicina forense’ no tiene nada que ver con la muerte: «Es la rama de la Medicina que sirve para ayudar al foro, entendiendo el foro como el lugar donde se dirimen los temas legales entre los ciudadanos». Es decir, son todas las técnicas que sirven para «resolver temas de importancia legal, civiles, administrativos, de paternidad, de herencias, cobros de pensiones», y así un largo etcétera.

Aler aclara que existen muchas técnicas forenses, «como las de geolocalización a través de móviles para determinar dónde ha estado una persona, el análisis de las huellas dactilares o las técnicas de balística para poder demostrar que una bala ha sido disparada por una pistola en concreto. Son algunos ejemplos, porque este es un campo multidisciplinar de técnicas que intentan ayudar a resolver cuestiones de importancia legal para el pueblo. Pero, en concreto, mi especialidad es la Genética forense, que consiste en identificar individuos y sus restos. Por ejemplo, hablamos de los rastros que alguien deja cuando comete un delito».

Ricardo Collado, inspector de policía y jefe del laboratorio de ADN de la Policía Nacional de Valencia, cuenta uno de esos casos. En concreto, «un homicidio que se produjo en un piso donde estrangularon a una mujer. En la inspección ocular no se consiguió nada, ni huellas ni otras pruebas. Solo había un pañuelo que habían usado para estrangularla. Y ese objeto era lo único que se sabía que había manipulado el autor. A través del estudio de ADN dejado en el pañuelo al agarrarlo, conseguimos relacionar al presunto homicida con el pañuelo. Hicimos un trabajo muy laborioso, pero al final logramos obtener muestras de ADN que lo ubicaban en el lugar. El autor confesó al final. Cuando los elementos de prueba son casi irrefutables, la mayoría de las veces ni se llega a juicio».

La revolución del ADN

«Nuestro laboratorio está centrado en la genética y, cerca del 80% de la gente que está aquí estudió antes carreras de ciencias (Biotecnología, Física, Farmacéutica, Biología, Química o Matemáticas)», relata Collado, que además de ser inspector de policía estudió la licenciatura en Ciencias Químicas y el segundo ciclo de la carrera de Bioquímica.

Y toda esta revolución en las técnicas para resolver crímenes comenzó —aunque parezca mentira— en 1952, con un joven becario encerrado a última hora de la noche en un laboratorio de química de Londres. El tipo se llamaba Raymond Gosling y, por así decirlo, estaba haciendo una radiografía a unas moléculas de ADN para ver cómo eran por dentro. En realidad la técnica se llama cristalografía de rayos X y es algo más compleja, pero el resultado fue una famosa fotografía en forma de círculo que daría la pista definitiva a otros jóvenes investigadores, James Watson y Francis Crick, quienes publicarían un año después la estructura del ADN y ganarían el Premio Nobel por ello. 

José Miguel Mulet, profesor en la Universitat Politècnica de València y responsable de la asignatura Biotecnología criminal y forense, explica que «todos los organismos tienen dentro de sus células moléculas de ADN que son como un manual de instrucciones». Y ese libro de la vida está escrito en forma de doble hélice, algo así como una escalera de caracol, donde cada peldaño está formado por dos compuestos químicos que simplificamos como letras. Toda esa información genética de una persona es, aproximadamente, 6.400 millones de letras —es decir, 3.745 veces El Quijote o 1.795 veces la Biblia, si se prefiere medirlo en términos más divinos—. Y la auténtica revolución genética no comenzó al descubrir qué estructura y longitud tenía nuestro ADN, sino cuando se aprendió a copiarlo y a leerlo.

José Miguel Mulet (UPV): «A mí me ha pasado hablar con un profesor de Antropología forense y decirme que un caso que publicó en una revista de investigación más tarde apareció en CSI»

Por ejemplo, en un caso como el del estrangulamiento relatado por el inspector Collado, hacen falta grandes cantidades de ADN para poder compararlo con el de un sospechoso. Pero lo que dejan los delincuentes generalmente son muy pocas cantidades. Hay que recurrir a técnicas de laboratorio, como la conocida como PCR (del inglés Polymerase Chain Reaction, y en español, reacción en cadena de la polimerasa), que sirven para multiplicar millones de veces el ADN que aparece, por ejemplo, en la escena de un crimen. Además, esta técnica permite seleccionar qué pequeña zona de todo el ADN se va a copiar, ya que no hay que olvidar que la información de un genoma humano equivale a miles de millones de letras. A partir de ese momento la muestra puede tener diferentes recorridos, pero uno de los más comunes es el de los secuenciadores, que son máquinas que leen el ADN y lo traducen a un código que podemos entender. Y a partir de ahí se compara con el ADN de los sospechosos o con el de los donantes que se investigan para resolver —por ejemplo— relaciones de parentesco entre individuos. De hecho, Aler es muy clara al matizar que «las técnicas forenses de ADN solo sirven si tienes a alguien con quien comparar, porque la información que extraes de tus muestras por sí misma no puede decirte muchas cosas». Entonces, ¿es todo tan fácil como lo cuentan en CSI

Collado remarca que los programas de televisión «tienen que dar una visión espectacular en 40 minutos y nosotros no tardamos 40 minutos, pero es posible tardar relativamente poco. No es lo mismo hablar de una muestra que de un caso entero. Por ejemplo, una muestra puede estar en unas diez o doce horas, pero si quiero resolver un homicidio puede haber incluso 125 muestras». De hecho, Mulet añade que, más allá del tema de los plazos, «CSI está muy bien documentada. Algunos casos son auténticos; de hecho a veces los casos reales son más exagerados que los que aparecen en la serie. A mí me ha pasado hablar con un profesor de Antropología forense y decirme que un caso que publicó en una revista de investigación más tarde apareció en CSI. Es decir, que habían llegado a su texto y a partir de ahí habían montado el capítulo». 

Ahora bien, en un proceso tan largo, donde intervienen humanos, máquinas y técnicas de laboratorio, ¿qué margen hay para el error?

El fantasma de Heilbronn

Entre 1993 y 2009 una asesina en serie y delincuente internacional aterró el norte de Europa. La llamaban ‘el fantasma de Heilbronn’ a causa del apellido de un oficial de policía al que asesinó en Alemania. Su ADN fue encontrado en la escena del crimen, pero su lista de delitos crecía sin parar. Dejó su huella genética en una taza de té después del asesinato de una anciana, también en Alemania; o en el cajón de una cocina tras matar a otro anciano en el mismo país. En 2004 dio el salto a Francia, donde su ADN apareció en una pistola de juguete tras un atraco a joyeros vietnamitas. Hasta que en 2007 su rastro apareció en el escenario de un atraco en Austria, justo después de que se la relacionara con una veintena de robos de coches. ¿Había algo de lo que no fuera capaz esta mujer?, ¿cómo lograba moverse tan rápido entre países y crímenes tan diversos?

La policía, desesperada, ofreció 300.000 euros de recompensa por pistas sobre el paradero de la criminal, pero entonces ocurrió algo que cambió el curso de la investigación. El ADN de la misteriosa mujer apareció al recoger muestras en el cuerpo carbonizado de un hombre en Francia, ¿se trataba de la asesina? En realidad no, y ‘el fantasma de Heilbronn’ tampoco había existido. Mulet desvela que «lo que realmente ocurrió fue que los bastoncillos de algodón utilizados por muchos departamentos de policía para recoger muestras estaban contaminados antes del envío. Fue un caso muy improbable. No se había mantenido el control de seguridad en la fábrica, donde una operaria no llevaba guantes y tocaba directamente los bastoncillos con las manos, contaminándolos con su ADN. Este caso, de hecho, acabó siendo parte de un capítulo de CSI Nueva York», concluye el científico.

Los errores, aunque no suelen ocurrir en los procesos forenses, pueden aparecer en algún momento. Mulet recuerda que «eso pasó, por ejemplo, en el caso de Asunta Basterra, en el que durante un tiempo se consideró sospechoso a un tercer hombre cuyo ADN se encontró en una supuesta mancha de semen». La niña, según dictaminó un jurado, fue asesinada por sus padres en 2013, «pero se apuntó a un hombre de Madrid que estaba siendo investigado por otras causas y cuya muestra contaminó la del caso de Asunta». Estos hechos pueden ocurrir, por ejemplo, en el proceso de cortado de prendas para su análisis si no se tiene cuidado en la limpieza, ya que las tijeras pueden transferir material de un tejido a otro. Pero ¿es esto común?

Ricardo Collado (CNP): «En las series tienen que dar una visión espectacular en 40 minutos y nosotros no tardamos eso. Además, no es lo mismo hablar de una muestra que de un caso entero»

Collado aclara que «los laboratorios que introducen los perfiles genéticos en las bases de datos necesitan una certificación muy estricta. La normativa establece unos mínimos de calidad para cualquier laboratorio que quiera trabajar en este ámbito. El problema no es que se produzcan contaminaciones, ya que los laboratorios tienen protocolos para detectarlas y garantizar que los resultados correspondan con los análisis de las muestras». Por ejemplo, así se pudo descartar la participación del tercer hombre en el caso de Asunta, a pesar de la contaminación.

Más común, no obstante, es poder exculpar a alguien gracias a las ciencias forenses. Un buen ejemplo es el caso de la conocida como ‘manada de la discoteca Indiana’, ocurrido en septiembre de 2019 en València. Una joven de dieciocho años fue violada en los baños del establecimiento y, por identificación visual de testigos, se determinaron dos sospechosos. Estos entraron en prisión y durante 42 días muchos medios de comunicación los trataron públicamente como violadores, llegándose a compartir sus datos en las redes sociales y exigiendo justicia callejera. No obstante, el ADN encontrado en el semen de la agresión ha determinado que no fueron ellos y han quedado en libertad. La búsqueda de los culpables sigue en marcha.

Más extremo es el caso del ciudadano holandés Romano van der Dussen, donde llama la atención la efectividad de las pruebas forenses frente a la burocracia de una Justicia que, a veces, no hace honor a su nombre. En concreto, se le acusó de la violación de tres mujeres en Málaga, que además fueron acompañadas de una gran brutalidad. El problema era que, desde un primer momento, su ADN no correspondía con el del agresor, que solo dejó rastros en una de las tres mujeres. No obstante, las víctimas lo identificaron y el juez lo condenó a quince años en 2005. Pero en 2007 la investigación dio un giro: al introducir el ADN del violador en la base de datos de la Interpol, coincidió con el de un británico que había estado en la ciudad en esas fechas, era similar físicamente al condenado y había sido procesado en Reino Unido por la violación y asesinato de una mujer. Pero, a pesar de saberse que Van der Dussen era inocente y de tener a un sospechoso más plausible, no lo dejaron en libertad hasta 2016; es decir, nueve años después de demostrarse su inocencia. A día de hoy, el Tribunal Supremo aún no reconoce el error ni tampoco está intentando procesar al presunto culpable.

Las modernas técnicas forenses han influido en la forma de obtener pruebas para resolver crímenes que, de otro modo, serían imposibles de esclarecer. En la búsqueda de una Justicia que haga honor a su nombre, las leyes y los procesos judiciales deben adaptarse a una realidad que ha conseguido —en muy poco tiempo— trasladar a las comisarías el trabajo que comenzó en los laboratorios hace setenta años. Entre medias, en la difícil balanza de la Justicia, muchas víctimas quedarán sin consuelo y muchos culpables sin castigo. Pero si la sociedad deja a la ciencia aportar algo de luz en esta difícil tarea, el resultado final, desde luego, merecerá la pena.  

* Este artículo se publicó originalmente en el 69 (junio 2020) de la revista Plaza

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