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la señora siempre tiene razón

De anfitrión en anfitrión

Los intelectuales se reúnen ahora donde pueden. No es fácil encontrar tertulias que no respondan a prototipos

3/10/2015 - 

VALENCIA. Esa pieza de la casa donde se reúne a la familia para atender al telediario y Mujeres Y Hombres Y Viceversa se llama salón. Su origen es francés. En 1608 la Marquise de Rambouillet se retiró a su hôtel, cerca del Louvre, y recibió a los aristócratas y a los intelectuales que deseaban huir de la vulgaridad de la corte de Enrique IV. Cerrado por razones políticas, se abrió el de Mademoiselle de Scudéry, donde se discutía sobre el amor entre plumas, encajes y una acelerada decadencia. Pasaron algunas guerras, dos reyes, dos regencias femeninas y bajo Luis XV los intelectuales hicieron resurgir los salones. Al de la duquesa du Maine acudía Voltaire; en el de madame de Geoffrin nació la Enciclopedia…

Bien, pues los intelectuales se reúnen ahora donde pueden. No es fácil encontrar tertulias que no respondan a prototipos, con un extenso preámbulo que inmoviliza a los asistentes sobre la silla y que sean, según la tesis del abogado Floriot, como el vestido de una mujer : “suficientemente largas para cubrir el sujeto y suficientemente cortas como para tener ganas de seguirlo”. Sin embargo esta semana he asistido a dos tertulias que cabe resaltar: la de la Bodega Montaña, en el Cabañal-Canyamelar, y una de las cenas organizadas por la familia Pinazo, en su Casa-Museo de Godella.

El Cabañal-Canyamelar es uno de los barrios que más está invirtiendo en ingenio y solidaridad para devolver la vida a sus calles: se ha reabierto el Teatro El Musical, gestionado en su día por un popular ventrílocuo, y el ayuntamiento va a borrar las marcas que estigmatizaban las casas por la prolongación de la avenida Blasco Ibáñez. Yo tengo cariño a ese barrio por motivos sentimentales; es una tontería pero es donde nació mi abuelo, que era pintor en la época de los impresionistas, y habría sido una pena que parte de nuestro pasado no se hubiera protegido. 

En Casa Montaña, la bodega de los Poblados Marítimos cuya fachada modernista ha resistido más de cien años con solera a la indiferencia del tiempo, pensaron que es justo devolver a la sociedad valenciana parte de lo que les había dado; con esta intención ética, ahora de moda en el mundo empresarial, institucionalizaron en el año 2012 una tertulia que reúne a profesionales del mundo de las humanidades y de la empresa, para recuperar el origen de la taberna: comer, beber, reunirse y maquinar ideas. Y, en Montaña, las ideas siempre abundan. Titulada La gastronomía, ni muerta ni sencilla, la charla estuvo presidida en esta ocasión por Alejandro García Llinares, relevo generacional de Emiliano García, y moderada por el periodista del diario Levante, Emili Piera.

Asistieron como chefs valencianos de culto Joaquín Schmidt —del restaurante homónimo en la calle Visitación de Valencia, donde compra, cocina y sirve para los clientes— y Miquel Ruiz, el cocinero anti-postureo del baret de Miquel, de Denia, que cifra el éxito en parámetros de felicidad. Los dos estuvieron enormemente cercanos a la hora de explicar las glorias y las visicitudes de la gastronomía en Valencia y en concreto la cocina que cada uno practica. Por parte del periodismo gastronómico estuvieron Chema Ferrer, del diario Las Provincias, y el crítico de Valencia Plaza Sergio Adelantado.

Se habló de la paella versus las estrellas Michelín; del trending topic que fue Vicente Martí; del gran éxito de la fiesta en el Mercado Central y hasta de si en algunos restaurantes cools y modestos comer sale casi al mismo precio que en establecimientos de renombre como Schmidt, Miquel o Montaña.

Para ampliar el tema gastronómico estuvo Pau Rausell, investigador en Turismo y Economía de la Cultura, y como invitados especiales la cocinera francesa Stéphane Guérin, autora del místico “cocido áureo”, y Arturo Pardos, Duque de la Gastronomía y escritor de la desaparecida La Codorniz. Yo perdí el oremus debido a la comida y deliciosas libaciones que nos fueron servidas y Arturo —excelente animador de cualquier charla— nos llamó a todos “mamotretos”, voz griega que ha pervivido en el castellano y que significa “criado por la abuela”, como explicación freudiana a que muchos hayamos olvidado o reprimido la causa de nuestros orígenes.

Esto de “perder la causa de nuestros orígenes” no es nada disparatado. Acostumbrados a políticas de un cierto vanguardismo cercano al futurismo de Marinetti, los valencianos parecemos haber atravesado el túnel del tiempo y nos cuesta recordar cuál iba a ser nuestro futuro. Estos días crispados por los ambientes pre y post electorales, he estado escuchando a gente quejándose de que los políticos “no hacen nada”. Pero la cuestión no es qué hacen los políticos por nosotros, sino qué hacemos nosotros cada día por lo nuestro.

Haciendo ese algo por lo nuestro es en lo que está ocupada ahora la familia del pintor Ignacio Pinazo con la Organización del Centenario del artista que se celebra el año que viene; se trata de una iniciativa de la sociedad civil recogida por ellos —como conservadores del legado— con el proyecto de dar a conocer de nuevo a uno de nuestros artistas más sistemáticamente olvidados. Con este objetivo, han organizado una serie de cenas previas con profesionales, amigos de la cultura y de la empresa, en su casa familiar y museo Pinazo (en la que era la calle del Pí de Godella y que ahora lleva su nombre) museo que estuvo en su día abierto al público pero que terminó concertando visitas previas porque —¡Oh, vergüenza!— apenas nadie acudía a visitarlo.

Los anfitriones de la velada fueron la veterana restauradora del Museo de Bellas Artes, Asunción Tena, quien preparó personalmente la cena ayudada por sus hijos y su sobrina; José Ignacio Casar Pinazo, biznieto del pintor, y su hermano, José Eugenio Casar Pinazo.

Estaban acompañados por Javier Pérez de Rojas, catedrático de Historia del Arte, y juntos nos hicieron un recorrido por el chalet, el jardín, las producciones artísticas del maestro y de sus hijos —José e Ignacio— los objetos personales, estancias y fetiches, que sumergen al visitante en la sana atmósfera de la época. (Iba a decir que nos hicieron “un recorrido de excepción”, pero es el mismo que realizan desde hace años, con el mismo cariño y dedicación, a cualquier visitante interesado, haciéndolo sentir como en casa).

Se sentaron a la mesa, adornada por una vajilla tradicional, Vicent Soler, Conseller de Hacienda; Joaquín Maldonado Rubio, responsable de Banco Mediolanum, representante de una de las familias más célebres de los medios financieros locales; Guillermo Navarro, profesional en la estrategia de marcas y comunicación en las mejores agencias de creatividad; Salvador Enguix, corresponsal de La Vanguardia; La periodista de El País, Maria Josep Serra, que acudió a pesar de estar pasando por las primeras gripes de la temporada; Enrique Pernía, nuevo presidente de las empresas de comunicación publicitaria de la Comunidad Valenciana. Emiliano García, de Bodega Montaña; la galerista Olga Adelantado; el coordinador de la Organización del Centenario Carlos González-Triviño y su coordinador de comunicación, el periodista Vicent Molins.

La conversación tocó el tema del lamentable olvido de nuestro patrimonio, de las obras de arte que ya no están en nuestra comunidad y de la mala financiación de Madrid a nuestra cultura. Luego giró al optimismo, en torno a las ideas y propuestas que cada sector que representaban podría aportar al centenario y, del mismo modo, de todo lo que la figura de Pinazo podía contribuir a cada uno de sus sectores y a Valencia. Todos concluimos que el proyecto representaba perfectamente un ideal necesario de la cultura: cercano a todos y lejos de la tiranía de la historia del arte, monopolizada por artistas franceses, ingleses o alemanes de la época. Una mirada nueva sobre nosotros que mostrar al exterior y que no es ajena a nadie. Y enmarcada en un esforzado formato actual porque los objetivos para recuperar y mostrar esta seña de identidad de nuestra cultura no se traducirán únicamente en las exposiciones de su extensa obra; también buscarán situarlo en la ciudad, en la huerta, la playa, las festividades y los tipos sociales que retrató; vincularlo con las artes actuales, conectarlo con todas las generaciones, unirlo con la música, la fotografía, la era digital y hasta con la gastronomía, con la recreación del banquete de 1912 en su homenaje por la concesión de la Medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid.

Para esta ocasión no fue necesario un gran banquete oficial para rememorar a Pinazo, el hombre que al final de su vida supo ser indiferente a todos los juicios y a todas las opiniones, porque la compañía, la charla y el decorado fueron suficientemente estimulantes para que a todos nos apeteciera repetir la experiencia. Eso ya demuestra que esta familia ha sabido comprender perfectamente el secreto de lo que gusta; en ellos el trabajo de un siglo a través de las generaciones ha forjado la medida justa de la sensibilidad, la más digna expresión del legado de un artista

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