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'Dones e altri': mujeres y hombres y Felip Bens

El escritor “nacional” dels Poblats Marítims de València, en palabras del también escritor Rafa Lahuerta, compila en esta ocasión veinte relatos en los que se huele el pasado, los bares, el sexo y la tinta

15/01/2018 - 

VALÈNCIA. Escribir relatos cortos es una experiencia intensa, de emociones condensadas, de ardor, ensoñación y liberación final; así como la novela exige oficio, el relato demanda temperatura de ebullición. Cuando se escribe un relato la piel responde, y también la fantasía: la recompensa llegará antes. El esfuerzo, aunque no es baladí, ofrece una rentabilidad elevada por lo menos desde el plano de las expectativas. Mentirá quien diga que no concibe en ocasiones los relatos que escribe como una suerte de regalo para una persona concreta o como la fijación de un recuerdo -transliterado- cuando ese recuerdo todavía hace que sintamos escalofríos por el espinazo. Por supuesto el relato también se escribe para resucitar el pasado, para honrar la memoria. Y para conjurar lo que pudo haber sido. Y para hacer que sea lo que no podrá nunca ser. Manejarse en el relato requiere autenticidad: no hay medias tintas ahí, o no debería haberlas. O todo o nada. Una novela puede contener pasajes flojos -aunque es deseable que no sea así-, pero si un relato los contiene cae por su propio peso. Por el peso de estas mediocridades imperdonables. El relato es revelación o cotidianidad, pero siempre el soporte para ideas que muchas veces no pueden desarrollarse en otros géneros.

Quizás por eso es un género tan fecundo en lo que a libertad se refiere; en un relato, por ejemplo, Felip Bens (València, 1969), escritor, investigador y periodista colaborador de este medio, puede crear ese país de Ur borgiano, macheniano, en el que uno podría tomarse una cerveza con Ausias March sabiéndose a buen recaudo del paso del tiempo lineal. Ese país de Ur además puede haber sido el regalo del girego Cronos a un artesano valenciano demasiado entregado, demasiado previsor, y aun así, beneficiado por la ausencia de moraleja y moralina del dios Cronos hecho reflejo, hecho fantasma de Navidad de Dickens. El país de Ur de Bens, que se integra en la antología de relatos Dones e altri que ha publicado en Drassana, tiene mucho que ver con otro mundo imaginario, el Tlön de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius del célebre relato de Borges, porque como decimos, historias así son hijas de la excitante pérdida de control que acompaña al tecleo que transforma una buena idea en un buen relato corto. En un cuento. Dice el escritor Rafa Lahuerta, en su prólogo para esta antología, algo muy cierto y muy oportuno: Bens huye -por suerte- del efectismo de lo conmovedor, que no solo es recurso sino también una tiranía. No hay más que echar un vistazo -lo recomendable es solo un vistazo- a los textos que circulan con total impunidad por las redes sociales para hacerse una idea de lo que Lahuerta quiere decir.

La tiranía de lo conmovedor, por supuesto, no ejerce su nefasta influencia solo en las redes sociales: también lo hace sobre el papel. Pero a Bens, que por lo que se puede intuir leyéndole, de vivir y de publicar sabe algo, no parecen importarle demasiado las convenciones de lo que se lleva, y por eso prefiere ceñirse a sus realidades y sus ficciones -que no son más, las ficciones de uno, que sus realidades extendidas-, siendo estas a veces conmovedoras si la ocasión lo requiere, pero en mayor medida bastante canallas en una acepción que no se encuentra entre las tres que recoge la RAE para canalla, epíteto que desde hace tiempo se emplea sin la connotación despectiva que se nos apunta en el diccionario. Hay una sensibilidad canalla sublimada en estos relatos, un saber desenvolverse de expedicionario de antros que atraviesa todo el libro del cuento primero al cuento vigésimo. Un factor transversal que le permite escribir principios como este con aparente facilidad: “Els espàrrecs estaven tallats i conservats en una cambra frigorífica des de feia una eternitat i una vinagreta pretenciosa volia amagar la sabor antiga. La tortada pareixia de cartó-pedra i, ja en boca, tenia la textura d'una pilota de frontó, sense pél. El café, només correcte. Fins ací la infàmia”.

Según afirma Bens en su nota introductoria, aunque el título pueda llevar a engaño, el volumen no pretende -no empieza a intentarlo siquiera- ser un tratado sobre la feminidad. El autor nos advierte de que lo que encontraremos es una colección de aventuras entre mujeres y hombres, y de eso hay, y mucho, pero lo que se calla Bens es que en realidad un escritor subyace a todo el texto no como artífice, sino como sujeto, como materia escribible. Lo que se descompone en veinte relatos es la perspectiva de un escritor, que puede ser Bens a veces, o el Bens extendido; un poliedro de veinte caras en el que en algunas, esta verdad se muestra de un modo más evidente que en otras. Aparece el escritor con claridad en los miedos: miedos que quien escriba podrá reconocer con facilidad, e incluso sonrojarse en la identificación; seguro que más de uno y más de una han pensado en qué sucedería si sus libretas le sobreviviesen en caso de haber tenido éxito en vida. ¿Estarían las notas a la altura de la leyenda? Puede que hasta se haya planteado, ese lector de Bens que también escribe, crear una libreta para la posteridad que contenga lo mejor de uno mismo simulando que ha sido dejado caer de cualquier manera.

¿Y qué hay del miedo a que las ideas se pierdan o a que la capacidad para ejecutar no le siga el ritmo al ingenio? Cuántas ideas pueden desvanecerse en el ajetreo improductivo de lo diario, cuántas somos capaces de acumular en libretas para finalmente no hacer nada con ellas. Eso sí angustia, y no el mito romántico de la hoja en blanco. Por cierto: la presencia de Borges anteriormente mencionada no es solo un vínculo establecido de forma inopinada, o al menos se corrobora que no después, tras una referencia a Cortázar -que no se puede desvincular de Borges, igual que Luke no puede negar su relación con Anakin Skywalker ni Messi su enlace histórico con Cristiano Ronaldo-, otra a unos senderos que se bifurcan, y una confirmación a modo de cita sobre Funes el Memorioso. Es de suponer que como en todo, uno encuentra lo que quiere encontrar, aunque también lo es que un escritor auténtico es escritor cuando quiere y también cuando no, cuando se muestra abiertamente y cuando se deja entrever entre las palabras de sus historias.


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