EL CALLEJERO

Drāgoi, el arquitecto de la arena

30/07/2023 - 

La playa de la Malvarrosa es un lugar de contrastes a las 10 de la mañana. Al lado de la posta sanitaria, frente a los restaurantes de arroz, tellinas y calamares a la romana, avanzan unos pocos incautos, corredores sudorosos y jadeantes, por el paseo marítimo por donde también caminan tipos presumidos que aprovechan la excusa del calor para quitarse la camiseta y lucir la tableta que han trabajado durante la primavera. Por ahí, al principio de esa playa larga y ancha, la gran playa de la ciudad, bajo un sol cegador, también llegan los profesionales de la arena: señoras y señores cargados con sombrillas, tumbonas, neveras, toallas, revistas… y todo lo que uno pueda llegar a necesitar durante una mañana al sol. Y ajenos a toda esa fauna, tras el murete que separa la arena del paseo, hay un par de rumanos que vigilan un castillo de arena de dos metros de alto que han construido con mucha paciencia.

Son Drāgoi Sorin y Dura Gilbert, pero Dura, que tiene una cara que no sabes si está serio o sonriente, le pasa el muerto a su compañero porque dice que habla mucho mejor el español. Y sí, la verdad es que lo habla muy bien. Esto, que los rumanos se defiendan con el castellano, tiene una explicación, que son muy aficionados a las telenovelas y de tanto verlas, año tras año, el oído se les ha acostumbrado al idioma. “Allí todos vemos las telenovelas”, se ríe Drāgoi, que empieza algo desconfiado y termina abriéndose y mostrándose como un tipo exquisitamente educado.

A su lado hay cientos de metros cúbicos de arena que, con paciencia y mucho arte, han ido dando forma hasta recrear el castillo de Hogwarts de las películas de Harry Potter. Una mole de arena que, por cómo se eleva en medio de la planicie, recuerda a ese Mont Saint-Michel que a ratos está rodeado de agua y a ratos está seco. 

Drāgoi tiene 39 años; su amigo, 26. Los dos vienen de Husi, una ciudad pequeña, de unos 30.000 habitantes, que está al este de Rumanía, muy cerca de la frontera con Moldavia y en lo que se conoce también como la frontera oriental de la Unión Europea. Drāgoi lleva diez años viniendo en verano a València. La primera vez, en 2013, viajó para trabajar como jornalero en la temporada de la naranja. Un domingo fue a la Malvarrosa y descubrió una playa enorme. El rumano se quedó pensativo. Quizá había otra forma de ganarse la vida.

Tiene permiso del Ayuntamiento

El arquitecto de la arena quiso hacerlo todo legal. No le gustan los problemas. Es un hombre cabal que cada año solicita su permiso al Ayuntamiento para trabajar sin que nadie pueda decirle nada. Sus castillos están dentro de la ley. Mucha gente que llega por el paseo o sale de La Pepica, La Marcelina o cualquier de los restaurantes de esa primera línea de edificios, se detiene a contemplar la construcción de Drāgoi. Muchos sueltan una moneda sobre el trapo rojo que dejan encima del murete con cuatro o cinco euros que sugieren al público que eso tiene un precio. No les va mal. Y los transeúntes hacen la foto del castillo, luego se  toman un selfi y al final sueltan el dinero.

Cada verano vuelven. “Me gusta trabajar aquí, aunque está claro que lo hacemos para ganar dinero. Porque todos tenemos una familia que alimentar. Yo tengo una hija, mi mujer, mis padres… Todos ellos están Rumanía porque la vida está muy dura. Por eso tenemos que trabajar y mandar un dinero a nuestras familias. La gente nos respeta porque nos ve que sólo nos dedicamos a trabajar. No robamos, no vendemos nada, no nos emborrachamos, no molestamos a nadie…”.

El primer día fue el 1 de julio. Ese sábado se dedicaron a amontonar con una pala toda la arena que iban a necesitar. Atrás quedaba un viaje eterno de tres días en autobús atravesando todo el continente. Tres días y dos noches para recorrer cerca de 3.500 kilómetros a través de seis países: Rumanía, Hungría, Austria, Italia, Francia y España. Drāgoi suspira al recordar ese maratón en autocar, pero rápidamente se resigna. “Nosotros somos trabajadores, no molestamos a nadie y Dios nos protege”.

Los más duro, dice, es el principio. “Lo peor es hacer el primer montón de arena. Hay que mover y mojar mucha arena, trabajar mucho y traer un cubo de agua tras otro del mar. Hemos movido cerca de doscientos cubos de agua, que pesan mucho y, como ves, la orilla queda lejos de aquí”, explica mientras señala el mar allá al fondo. Toda la arena proviene del mismo trozo de playa. Luego, poco a poco, van perfilando su construcción. Empiezan por arriba y de ahí van bajando. “La idea es hacer algo que le guste a los niños, pero también a los. mayores. Y a todo el mundo le gusta Harry Potter. A un lado hay una cabeza de dragón, pero es muy difícil y estoy muy cansado, ya me fallan las fuerzas”.

Trabajar, vigilar o descansar

Drāgoi venía de remojarse bajo una de las duchas que hay en la arena. La playa es su hogar durante estos dos meses. Entre 60 y 80 días que pasan durmiendo sobre un cartón y duchándose y aseándose en las duchas públicas. No se pueden mover de ahí porque saben que si se alejan no tardará en llegar un grupo de energúmenos que arrasará con el trabajo de más de veinte días.

Mientras cuenta su historia, Dura habla por el móvil como hablan los jóvenes, colocándoselo frente a la cara. Se comunican en rumano, pero se le entiende una palabra: “Interview”. Ahora está sentado en una silla de playa que parece diminuta para ese corpachón sobre el que destacan varios tatuajes de gran tamaño. Pero un rato antes, quizá harto de tanto sol, se ha puesto una sudadera roja con la capucha incluida. Luego se la ha quitado, se ha sentado y se ha quedado observando la entrevista bajo una sombrilla que es su única protección. Al lado tienen un par de bolsas y una maleta vieja, junto a unos cartones y unas latas vacías que usan para iluminar el castillo con velas que colocan por la noche alrededor del castillo.

Los tres se van turnando. Uno tiene que vigilar, otro tiene que ir rociándole agua con el fumigador que sale de una de esas mochilas para sulfatar, y otro descansa. Así un día tras otro. Sin descanso. Bajo el sol abrasador por el día y bañados en la humedad sofocante de València por las noches.

El arquitecto de la arena coge una fotografía como referencia y poco a poco, minuciosamente, va perfilando cada almena, cada ventana, cada escalinata. Cuenta que hacen un castillo y luego le añaden algún detalle exterior, como la cabeza del dragón de este año, porque sería durísimo hacer uno diferente cada semana. El año pasado no ganaron mucho porque un grupo de ingleses borrachos destruyeron su obra. A eso hay que unirle los dos años anteriores de la pandemia. Este año al fin va todo bien. Aunque dice que hay gente que les molesta cada día. La policía les ayuda y Drāgoi tiene claro que es el precio que tienen que pagar para poder enviar un dinero a casa. A cambio, algunos días, uno de esos días en los que la gente se muestra más generosa, pueden llegar a sacarse sesenta euros cada uno.

Los jóvenes que les molestan

Se ganan cada euro. A ver quién se pasaría el día entero al sol, remojando la arena continuamente y enfrentándose a los jóvenes que muchas noches amenazan con asaltar su castillo. Drāgoi se ayuda de una pala y otras herramientas más pequeñas, paletas de diferentes tamaños con las que rasga la arena. Después sopla un tubo de goma con el que apuntan a su última viguería para desprender la arena sobrante y dejar limpio ese detalle.

Drāgoi se va soltando y explica que esta experiencia, en su caso laboral, es como pasarse dos meses en el desierto. “Esto es como estar en el Sáhara”, cuenta y se ríe mostrando unos dientes blanquísimos. “Y así pasamos el verano… (se ríe). Pero mi mujer está feliz porque les envío dinero para poder vivir. Ahora empieza la escuela en Rumanía y la niña, que tiene diez años, necesita muchas cosas. Ellas están bien, como mi familia, y yo puedo trabajar y mantenerlos a todos”.

Los fines de semana son complicados. A la pregunta de cómo son los viernes, los sábados y los domingos, Drāgoi responde con una simple exclamación: “Ooooooh”. Luego entra en detalles: “Por ese motivo tenemos que vivir en la calle durante dos meses. Porque no podemos dejar esto sin vigilar. Hay muchos turistas, pero sobre todo los ingleses son muy problemáticos. No sé el motivo, pero nos molestan mucho. Cada hora vienen a molestarnos. Y así no hay manera de dormir porque cada hora escuchas un ruido y te despiertas sobresaltado. Te vuelves a dormir y al rato, lo mismo. Estamos agotados”.

Drāgoi proviene de una familia humilde. Su padre ha ido pasando de un trabajo a otro a lo largo de su vida: un empleo en un almacén, conductor, barrendero… “Una familia normal. Somos tres hermanos. Yo y dos hermanas pequeñas. Una vive en Londres desde hace tiempo y la otra trabaja en Rumanía como enfermera”. Él se muestra como una persona muy responsable. Durante dos meses y medio sólo trabajan. No pueden permitirse un día de fiesta. A finales de agosto, decidirán si se van o si se quedan hasta mediados de septiembre. “A ver también cómo llegamos de cansancio a esas fechas. Luego nos tenemos que volver porque se va el sol y si vives en la calle el frío te mata”.

Drāgoi cuenta que él es muy religioso, que es cristiano ortodoxo pero que respeta todas las creencias. A ratos mira hacia la orilla, ve la gente tumbada al sol y suspira. Él está harto del sol, pero entiende que la gente viene un rato y se va, y que él se tira allí más de dos meses sin moverse. El sol que te consume por el día y la humedad que lo moja todo por la noche. 

Detrás de Dura, tumbado en el suelo, hay otro hombre durmiendo. Drāgoi cuenta que es un alemán que no tiene dinero y que cada día le ayudan para que pueda comer. Le han comprado ropa y calzado y le dejan que duerma al lado para que se sienta más protegido. Es su forma de ser: ayudar y trabajar.

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