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ANÁLISIS

El año de los Goya más predecibles (y aburridos)

11/02/2022 - 

VALÈNCIA. Ha sido un año tan raro para el cine como lo fue el anterior. La pandemia ha dejado una huella profunda en nuestra industria que sin duda ya ha marcado un antes y un después y, eso, inevitablemente se ha visto reflejado tanto en la cantidad (ingente) de estrenos comerciales que han ido llegando a nuestra cartelera después de un año de sequía, como en las nominaciones de esta edición XXVI de los premios de la Academia.

Supuestamente debería haber sido el año de la recuperación (aunque ya sabemos que eso no ha ocurrido). Las salas de exhibición ya habían empezado a funcionar al cien por cien sin restricciones y había más oferta que nunca tras el retraso sistemático de buena parte de las producciones. Ha sido una temporada intensa repleta de grandes nombres: Pedro Almodóvar, Fernando León de Aranoa, Daniel Monzón, Icíar Bollaín, pero ninguno realmente ha logrado convencer con sus propuestas ni a la crítica ni al público. De hecho, parece que la Academia de Cine haya tenido la necesidad de ratificar El buen patrón como la gran película del año cuando, en realidad, no tuvo una repercusión importante en su estreno ni en su paso por el Festival de San Sebastián más allá de las buenas reacciones que obtuvo la interpretación de Javier Bardem. Mientras, Madres paralelas se afianzaba en su carrera internacional generando un sentimiento de contradicción bastante nocivo que ha generado algún que otro enfrentamiento en redes sociales que nos llevan del orgullo, por una parte, al ‘haterismo’ por otra.  

El encumbramiento de El buen patrón puede también estar debido a otra cuestión: que los académicos no se hayan molestado en ver mucho más allá de estos cuatro nombres y hayan decidido de alguna manera apoyar a unos (León de Aranoa y Bollaín) y despreciar a otros (Almodóvar y Monzón), dejando claro un posicionamiento que no se sabe si se trata una cuestión de gustos o de cuitas internas, sobre todo en el caso de Almodóvar.

Foto: EP.

Lo que parece claro es que se ha ido a lo seguro, precisamente en un año en el que además de estas cuatro grandes apuestas de directores consagrados había más diversidad que nunca. Tan solo una película de producción independiente como Libertad, la ópera prima de Clara Roquet, ha conseguido alcanzar una cierta consideración por parte de los académicos. Eso sí, en su forma y fondo, se trata de una propuesta mucho más convencional que otras como Sis dies corrents, de Neus Ballús, Espíritu sagrado, de Chema García Ibarra, Tres, de Juanjo Giménez, o El ventre del mar, de Agustí Villaronga, cuya respectiva presencia en los premios es directamente nula o muy escasa.

También ha ocurrido con otras películas, que parecen invisibles, como es el caso de El amor en su lugar (en la que destaca la dirección de Rodrigo Cortés, su música o dirección artística), Ama (con esa impresionante Tamara Casellas que debería estar nominada a mejor revelación) o El sustituto (qué bonito hubiera sido destacar a Pere Ponce como actor de reparto)

Está claro que no parece haber demasiada intención a la hora de raspar más allá de la superficie de nuestra cinematografía y de potenciar su pluralidad. Mejor todo a uno. Es lo que se traduce con esas 20 nominaciones históricas que tiene El buen patrón en las diferentes categorías, algunas de las cuáles, las interpretativas, parecen erigirse como una especie de monopolio sin dejar espacio a nadie más. ¿Por qué esa necesidad de apoyar a El buen patrón y convertirla en la mejor película del año? ¿Realmente lo es? Al igual que sorprendió que estuviera nominada incluso a mejores efectos especiales (cuando prácticamente no tiene) parece claro que será la vencedora de esta edición en la que se esperan muy pocas sorpresas. Y eso siempre es malo y aburrido en cualquier disciplina, sobre todo cuando planea la sensación de sectarismo, algo de lo que se le acusado mucho al cine español y que remueve viejas e innecesarias heridas. Un poco de renovación (y compromiso a la hora de buscar la pluralidad) por parte de la Academia, no vendría nada mal para incentivar una industria que parece más ensimismada y sin duda es más aburrida que nunca.

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