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tribuna libre / OPINIÓN

El espejismo político

17/12/2018 - 

Los efectos de una crisis financiera, que envió al fondo las esperanzas de mejora de una clase media emergente, ha sido aprovechado por los movimientos populistas que amparándose en el descontento lógico de quien ve mermado su bonanza económica, justifican esa abrupta caída de los niveles económicos en la corrupción de la clase política provocando e incentivando un desencanto político. Desde hace unos años parece que la vieja Europa se “latinoamericaniza” y es blanco de los populismos. Cuando se trata este tema, usualmente se cita como referencia los casos de Venezuela, Bolivia, Nicaragua, o los regímenes populistas argentinos, brasileños, ecuatorianos o incluso chilenos. Todos esos regímenes han oído y sufrido el ya típico discurso populista caracterizado por la identificación manifiesta de “un antagonismo entre ‘el pueblo’ representado por el líder, y una ‘élite corrupta’”.

El discurso del populismo se destaca por utilizar una “ideología floja, laxa”, y eso le permite “acomodarse a un número distinto de proyectos políticos”. Es esa ambigüedad la que le da margen para criticar el orden constitucional existente y, a su vez, utilizar sus instrumentos a fin de consolidar el poder y minar los controles que cualquier democracia impone a la autoridad del líder. David Landau, profesor de la Florida State University, publicó un artículo sobre las Constituciones Populistas en la edición de marzo de 2018 del Chicago Law Review, en el que analiza comparativamente cómo el populismo usa las herramientas constitucionales para cumplir con sus fines. En el artículo no sólo tienen cabida los países latinoamericanos que han caído en esta lacra, sino que también incluye los casos de Hungría, Polonia y Turquía; lugares en donde el populismo tiene un matiz más relacionado al nacionalismo y a la religión.

Pero los métodos en uno y otro lado del mundo son similares; en todos, los populistas, se instrumentalizan los cambios constitucionales para cumplir tres funciones: a) Derrumbar el viejo orden institucional; b) Desarrollar un proyecto alternativo basado en la crítica a ese orden; y c) Consolidar el poder. Sobre la plataforma de eventos como “la desinstitucionalización de un sistema de partidos, la percepción de una profunda corrupción, y una recesión económica profunda” los movimientos populistas se nutren y proponen el derrumbe del sistema, incluyendo en eso el régimen constitucional vigente.

Foto: EFE

Pero los métodos en uno y otro lado del mundo son similares; en todos, los populistas, se instrumentalizan los cambios constitucionales para cumplir tres funciones: a) Derrumbar el viejo orden institucional; b) Desarrollar un proyecto alternativo basado en la crítica a ese orden; y c) Consolidar el poder. Sobre la plataforma de eventos como “la desinstitucionalización de un sistema de partidos, la percepción de una profunda corrupción, y una recesión económica profunda” los movimientos populistas se nutren y proponen el derrumbe del sistema, incluyendo en eso el régimen constitucional vigente.

Su oferta, inexorablemente propondrá, que será sobre un nuevo orden constitucional la edificación de la utopía que sirve de antítesis a ese vetusto y reprochable régimen. Pero es en la construcción de esas nuevas reglas constitucionales donde se mueven las teclas para cumplir con el verdadero fin: consolidar el poder. “Inicialmente las constituciones populistas se presentan como versiones ‘avanzadas’ del originario orden constitucional liberal-democrático, pero, veladamente, socavan los controles al poder del líder populista”, dice Landau.

Las estrategias para consumar los cambios constitucionales son distintas, siendo las más drástica y estructural la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Aquí aparecen Venezuela, Bolivia, y Ecuador, pero también Hungría, con el argumento de que la Constitución era una herencia del régimen comunista y negaba el papel de la cristiandad en el Estado húngaro. Otra estrategia para alterar el orden constitucional es la acometida en Turquía por Erdogan; conseguir el control de los tribunales constitucionales ampliando los miembros de la corte constitucional para controlar la mayoría y lograr interpretaciones constitucionales “amistosas” con el poder. Estrategia similar a la utilizada por Hernández en Honduras, Ortega en Nicaragua y finalmente Morales en Bolivia.

En un mundo en que el populismo y sus caudillos avanzan, - Bolsonaro es el miembro recién llegado a el club-, aquellos que defienden principios tan predicados y tan poco aplicados —como la separación de poderes— y principios liberales —como el respeto a la libertad— deben permanecer en vigilia. Y, como bien señaló Manuel Vicent, la dualidad entre la derecha y la izquierda ha quedado definitivamente rota; son conceptos lineales que actualmente son demasiados simples para estar vigentes. El fin de esta dualidad y el hartazgo de los españoles a líderes bocazas y demagogos que se mueven con historias que ya no interesan y que ni aportan nada a los problemas diarios de los ciudadanos. Estos líderes bocazas a los que se les llena la boca con la necesidad de una reforma constitucional, cuando en realidad lo que debería asegurarse con leyes es la independencia del poder judicial eliminando todas interferencias obscenas y partidarias, tanto del poder ejecutivo como las que llegan del legislativo.

El futuro de ese populismo lo podemos ver en quien hace unas décadas fue la vanguardia de esta tendencia mundial: Venezuela. Y lastimosamente no es un espejismo sino una realidad.

Fernando de Mergelina es director y consejero de Banco Atlántida

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