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El ‘Ficcionario americano’ de Dubravka Ugrešić para aprender el idioma del desarraigo

Impedimenta edita este diario autobiográfico en el que la autora yugoslava, y después croata, narra su nueva vida como refugiada tras abandonar un país en destrucción

17/04/2023 - 

VALÈNCIA. Adentrarse en una nueva lengua es adentrarse en una visión del mundo diferente: en función de lo lejana que sea la cultura, puede llegar a ser tan diferente que nos cueste reconocer nuestro mundo habitual en ese paisaje lingüístico en el que nos sumergimos. El ser humano ha codificado la realidad de su comunidad mediante palabras, poniendo nombre a aquello que conocía o necesita conocer, porque lo que no se nombra apenas existe, habita la oscuridad adyacente a la nada. De este modo hemos ido llamando a las cosas por su nombre, creando un panorama rico y diverso de códigos que nos hablan de pueblos eminentemente funcionales, o bien dados a la floritura, al adorno; pueblos que han convivido con pueblos vecinos, que se han mezclado a lo largo de los siglos, y otros que han visto pasar las generaciones aislados, de boca en boca se diría que de las mismas personas (o muy parecidas). Hay lenguas endogámicas que se resisten y ponen trabas al futuro, mientras otras son un motor inagotable de neologismos. Hay lenguas que aún conservan casi intacta la forma que tenían mucho tiempo atrás, en otro lugar del que fueron arrancadas. 

Ha habido guerras motivadas por las lenguas que sirven de vehículo a las culturas y las concepciones de la realidad (en ocasiones con un alto contenido de irrealidad y pensamiento mágico). Lo fascinante de adentrarse en un idioma ajeno es comprobar cómo se ve todo desde otra piel, y descubrir los límites de los idiomas que conocíamos, puesto que ningún código humano abarca la totalidad de lo que fue, es, será o podría ser: las palabras que dan forma a conceptos para los que no teníamos una denominación concreta se disfrutan de otro modo, se atesoran y proyectan con satisfacción a veces, y otras como consuelo, se inflan cual balsa salvavidas a la que saltamos para no hundirnos en el vacío de todo lo que desplaza un gran cuerpo al hundirse, ya sea un barco o un país, un desplazamiento que obligatoriamente será compensado en el océano apático de los días, haya mandado al fondo y convertido en muerte y olvido las vidas que haya mandado. 

Yugo significa sur, y sur ha significado tradicionalmente yugo. Yugoslavia fue la Eslavia del Sur, la tierra de los eslavos meridionales de cuya violenta desintegración escapó la recientemente fallecida Dubravka Ugrešić, amenazada en aquel entonces por su postura contraria al nacionalismo serbio y croata. Ficcionario americano, publicado por Impedimenta con traducción de Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek es el testimonio de su aterrizaje cultural de emergencia en Estados Unidos. Es curioso: el libro del que escribimos la semana pasada  fue la pequeña enciclopedia del ucraniano Yuri Andrujovich, una antología de palabras-lugar en orden alfabético. Y ahora, un diccionario. Que uno haya seguido al otro ha sido del todo accidental, como que la escritora de Kutina teclease una efe en lugar de una de al escribir la primera palabra del título de esta obra, encontrando una senda inesperada que recorrer y en la que refugiarse del estupor ante la sonrisa plástica de Occidente. 

Europa Oriental, la hermana de piel ajada, maquillaje barato y mirada de astucia y desesperación, como un fantasma que todos los emigrados de aquellas latitudes portan consigo y que solo ellos ven, enfrente en el metro, tras el televisor, o a su lado en la mesa, a la hora de comer. En el caso de Ugrešić este compilar y explicar nuevas palabras fue una forma de terapia, un ritual bisagra que por un lado implicaba su procedencia foránea, es decir, su identidad original, la que saltaba por los aires y se disolvía a miles de kilómetros de distancia entre explosiones y sangre derramada, y por otro, su integración paulatina en una casa que poco a poco también sería la suya. El proceso no está exento de peligros: uno puede quedarse en tierra de nadie. Inevitablemente, cierto sentimiento de apátrida errante siempre acompañará a quien, como la autora, ha tenido que dejar y encontrar. No obstante, esto no es igual ni se da por los mismos motivos en todos los casos. 

“Dicho sea de paso, desde que conocí a Ellen noto que yo también he desarrollado una neurosis obsesiva. Llamo a la gente que me importa, compruebo si están en su sitio. Ellen sabe que el mundo es más frágil de lo que aparenta, desaparecen las cosas, desaparecen los países, desaparecen las personas, basta un pequeño momento de descuido y de repente el mundo que nos rodea no es nuestro. Y si despierto demasiado temprano, si me entra el miedo a la desaparición y al mismo tiempo me parte el alma fastidiar a mis allegados para controlar si todos están en su sitio, recurro al consuelo instantáneo de marcar el número de la delegación federal del Servicio de Impuestos americano. En este número rara vez contesta una voz humana viva, pero a cambio sale una cinta con Jachaturián. Que a las seis de la mañana resuene en el auricular la Danza del sable es una prueba, si no demasiado convincente, al menos bastante ruidosa, de que el mundo sigue en su sitio”. Para quien ha escapado de la muerte y el dolor de la guerra, reubicarse en el mundo, sentirlo de nuevo bajo los pies, es esencial. 

Abandonar el hogar es cortar con aquello que nos es familiar y nos dice quiénes somos. Los olores, los sabores, las reacciones, las costumbres, las ideas y las palabras. En ningún sitio se habla igual que en otro sitio: en ninguno se contempla ni se practica la existencia de la misma manera. Andrujovich no escribió su enciclopedia a propósito de la guerra, pero como si la viese venir. No era descabellado en su lugar emplear la geopoética como remedio para los males de la geopolítica. Ugrešić, que ha muerto en Ámsterdam, allí donde publicaba las crónicas de este ficcionario, lejos de su tierra natal, dominaba diferentes idiomas (serbocroata, ruso, inglés, neerlandés…), o lo que es lo mismo: era capaz de ver el mundo en una gran amplitud, por eso, quizás, tuvo que ser forzosamente nómada. Su idioma era el del desarraigo, pero también el de la libertad.

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