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CRÍTICA MUSICAL

El valenciano Francisco Coll comparte programa en Les Arts con Gustav Mahler

En una meteórica carrera, el compositor, de 32 años, ha recibido ya encargos de las mejores orquestas y grupos europeos

8/04/2017 - 

VALÈNCIA. Presentó Francisco Coll en Les Arts Mural, obra que nació como un encargo conjunto de la ópera valenciana, la National Youth Orchestra (Gran Bretaña) y la Orquesta Filarmónica de Luxemburgo. Fue esta agrupación la que estrenó la partitura en 2016, dirigida por el también valenciano Gustavo Gimeno. El proceso compositivo se inició en 2013, pero no finalizó hasta 2015. Según manifestaba el propio Coll en el programa de mano, “su estructura y su armonía han supuesto una obsesión constante a lo largo de los dos años que me ha llevado concluirla; dos años durante los cuales he tenido en mente, de algún modo, que estaba escribiendo una ‘Sinfonía Grotesca’ en la que Dionisos se encuentra con Apolo”

Se trata de una obra para gran orquesta, pero de una duración muy breve (24 minutos). Coll también señalaba al respecto que “a modo de un mural, la pieza presenta una síntesis de los lenguajes musicales que he desarrollado en la última década” Y es que, a pesar de su edad (32 años), el compositor valenciano tiene ya un catálogo de obras que le permiten referirse a su propia evolución: cinco para orquesta, ocho para orquesta o ensemble con solista, ocho para grupos de cámara, cuatro para instrumentos solos, y una ópera (Café Kafka) con la que debutó en el Palau de les Arts (Mayo de 2016). Ésta fue un encargo del Festival de Aldeburgh, la Royal Opera House y la Opera North de Leeds.

Mural, ciertamente, reúne características que también se observan en otras partituras del joven compositor, como una concepción casi temática de la percusión: lejos de ser un acompañamiento, contrapuntea –fieramente muchas veces- a las otras secciones de la orquesta, obteniendo una presencia sustancial. También aparece una fuerte concentración del pensamiento musical que evita peroraciones innecesarias y minutajes excesivos. El gusto por la transparencia y la claridad le impulsan hacia una orquestación de colores muy delimitados, y hacia el uso de temas y motivos con una fuerte singularidad. Se hace patente, asimismo, el intento de comunicar, de transmitir algo, por encima de una experimentación que, sin embargo, también hace acto de presencia, y que parece haber condicionado algunos aspectos de su catálogo. Rasgos todos ellos, en definitiva, anunciadores de una prometedora madurez que confirma su carrera.

Una carrera que parece imparable, habiendo alcanzado la poco frecuente situación en la que buena parte de las obras se realizan ya por encargo. Ciñéndonos a lo más reciente y cercano, cabría señalar, además de Mural, la partitura encargada para el festival Ensems de este año, destinada al Orfeón Universitario de Valencia, y que se interpretará el 7 de junio en el Conservatorio Superior de Música. El pasado 31 de marzo estrenó en Madrid su Concerto grosso “Invisibles Zones”, encargado por la Orquesta Nacional de España y dedicado al Cuarteto Casals. Realmente, Francisco Coll no hace sino continuar su fulgurante trayectoria. Catapultado desde el Festival de Montserrat, la Orquesta Filarmónica de la Universidad de Valencia y la Joven Orquesta de la Generalitat, pronto escribió obras para la London Symphony Orchestra, la Filarmónica de Los Ángeles, la SWR Sinfonieorchesters Baden-Baden und Freiburg, London Sinfonietta y Filarmónica de Munich, entre otras muchas formaciones y grupos de cámara.

Y, tras el Mural de Coll, La canción de la Tierra

La Orquesta de Les Arts, ampliada en su plantilla con numerosos refuerzos, y dirigida por George Pehlivanian, ejecutó con limpieza las exigentes demandas del músico valenciano, que deja particularmente expuestos a metales y percusión. Después, en la segunda parte, se enfrentaron al Mahler de Das Lied von der Erde (La Canción de la tierra ), compuesta entre 1907 y 1909. Basada en una antigua recopilación de poemas chinos, incluye a la voz en todos los números, pero con frecuencia se engloba dentro del legado sinfónico del compositor.

Como señalaba Jose Luís Pérez de Arteaga, fallecido el pasado febrero y gran especialista en Mahler, la muerte es uno de los temas cruciales en esta obra, pero no el único: “[también está presente el amor], y, en concreto, el afecto entrañable a ‘la llamada tierra’ y por ende, al mundo todo que a ese enfermo del corazón se le puede escapar de las manos”. Cuando habla del enfermo se refiere al propio Mahler, a quien se le había agudizado su dolencia cardiaca en el verano de 1908. De hecho, esa muerte presentida se hizo realidad en mayo de 1911.

La gran orquesta que requiere la partitura puede causar problemas a las voces, especialmente con la mala acústica del Auditorio superior del Palau de Les Arts. La mayor parte del tiempo, sin embargo, no se emplean simultáneamente todos sus efectivos. Aún así, el tenor Nikolai Schukoff se vio apurado en más de una ocasión, pues el registro prescrito por Mahler resulta incómodo, y tampoco la batuta salió en su ayuda. Lo cierto es que sus prestaciones en la sala principal de Les Arts (Siegmund en la Walkiria de 2013 y un improvisado Alfredo (Traviata del mismo año, y cantado desde el atril por indisposición del programado Iván Magri), dejaron un recuerdo mucho más grato de su voz. 

Elena Zhidkova, por su parte, lució una potencia que le permitió superar las condiciones de la sala, y pudo concentrarse en lo que aquí es esencial: hallar el punto justo donde la cercanía de la muerte no distrae de cosas tan preciosas como la hierba en primavera. O la maestría para entonar el adiós con ese repetido Ewig, ewig... (Eternamente, eternamente...) que se constituye en espejo de una muerte serena.

La orquesta del recinto entró pronto en materia. Debe destacarse la labor del oboe, que parecía asomarse al papel de un instrumento obbligato en las arias del Barroco. También brillaron flautas, clarinetes y, en general, todas las maderas, así como las trompas. Pehlivanian ajustó bien, pero la gama dinámica pecó por exceso en los poemas reservados al tenor. Más exquisito se mostró su fraseo en el sexto, Der Abschied (El adiós). Lástima que al final, cuando voz y orquesta conseguían desvanecerse poéticamente en el último “ewig”, lo que parecía un acople eléctrico truncase, con un feo chirrido, la magia del momento.

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