Algunos descubrieron la algarroba —sobre todo aquellos que viven alejados del mundo rural— cuando comenzó la fiebre por los denominados superalimentos. Una vez superada la locura por las bayas de goji, la quinoa y el kale, nos contaron quienes se dedican a etiquetar ciertos productos como fuente inagotable de nutrientes —con mayor o menor evidencia científica— lo que contenía una vaina de algarroba: rica en fibra, calcio, hierro y vitaminas, con bajo contenido graso; sin gluten ni cafeína. Mejora la digestión, regula el azúcar en sangre, reduce el colesterol y es un potente antioxidante. Sin embargo, durante siglos la algarroba fue el combustible de los animales que trabajaban el campo. Hoy sigue siendo una parte importante de la dieta del ganado.
Probablemente debido a ese uso, la algarroba no se ha valorado como tocaba y ha sido el hermano pobre de los cultivos mediterráneos si se compara con el olivo, el almendro o la vid. Pero, es tal la importancia que el algarrobo o garrofer ha tenido en la historia de algunas zonas de la Comunitat Valenciana que incluso tiene su propio verbo: engarrofar-se. «Cuando decimos me estoy engarrofando es cuando te cuesta tragar, deglutir algún alimento. Forma parte del imaginario colectivo y de la identidad local; la garrofera es algo muy importante en estos pueblos», explica Vicente Serena, técnico forestal y presidente de la Plataforma para el estudio y la conservación de la Sierra de Chiva, una zona que cuenta con más de 260 ejemplares centenarios y la mejor garrofera de España.
España es el primer productor mundial de algarrobas (30% del total) y el segundo de garrofín —espesante que se extrae de la semilla del algarrobo—, por detrás de Marruecos. La Comunitat Valenciana es la principal región española en superficie cultivada, con 17.179 hectáreas, y en producción, casi trece mil toneladas, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de 2021.

Alimento bíblico y origen del quilate
Fenicios y árabes introdujeron el árbol en el norte de África y en España desde el Mediterráneo Oriental. Los egipcios usaban la goma de las semillas en el proceso de momificación, y los romanos utilizaban el fruto para endulzar y mejorar los vinos. En los Evangelios aparece dos veces: la come Juan el Bautista en el desierto y sale en la parábola del hijo pródigo. Durante la Edad Media, el algarrobo ya tenía fama en toda Europa como alimento y medicamento; se conocía con el nombre árabe de kharroub. Su semilla (querat) era la unidad de peso en joyería (unos 0,20 gramos). De ahí proviene la palabra quilate. Si saltamos unos cuantos siglos, la harina de algarroba fue el sustituto de la de trigo en épocas de escasez. En la Guerra Civil y en la posguerra españolas era el «pan de los pobres»; de ahí el nombre de la variedad matalafam —también conocida como matalafera—.
La revalorización de la algarroba en los últimos tiempos viene asociada, además de por el creciente interés de la sociedad por la salud y la nutrición, por su utilización en la elaboración de platos, sobre todo por algunos profesionales que desde la primera línea de la alta cocina la han ensalzado, es el caso de Begoña Rodrigo, Ricard Camarena o Roger Julián. Su uso como sustituto del cacao a la hora de los postres está más que extendido en este tipo de cocina de vanguardia. Más allá de esto, la relevancia ecológica, cultural y económica de la garrofa es enorme.
El algarrobo es una especie muy rústica, con una gran adaptación ecológica. Se cultiva desde el litoral hasta cincuenta kilómetros al interior, como mucho a quinientos metros de altitud. A más altura, el árbol ya no prospera debido al frío. «De nuestro terreno, es el único árbol capaz de aguantar la sequía extrema y las temperaturas altas. Es cierto que antes de la DANA, tuvimos dos años muy secos y la cosecha se redujo un 70%, pero el único capaz de adaptarse a este clima es el algarrobo», explica Javier Enguídanos, agricultor que cuenta con unas diez hectáreas de algarrobo en Chiva. Es, además, un cultivo muy resistente a las plagas y enfermedades, señala Vicente Serena: «Es el único cultivo que no tiene ningún tratamiento fitosanitario; en su naturaleza es un cultivo ecológico porque no necesita ningún tipo de tratamiento». Serena compara los campos de algarrobos con las dehesas andaluzas o extremeñas, sobre todo si hablamos de la importancia que tienen para la biodiversidad. «Hay más biodiversidad en un garroferal que en una dehesa andaluza, al menos, en número de especies, no en importancia», afirma. Es, además, una barrera natural para frenar la erosión del suelo. «Normalmente las garroferas están plantadas en los peores suelos, en los más pobres, con poco sustrato. Es una especie muy a tener en cuenta para la erosión, que es un verdadero problema en la península ibérica. Otro de los factores es la lucha contra los incendios forestales. La discontinuidad que crea este cultivo favorece que se puedan atajar los incendios, incluso que los medios de extinción puedan entrar de una manera más segura», añade el técnico. Es también uno de los árboles que más CO2 absorbe de la atmósfera, por lo que es un sumidero de carbono y, debido a sus características, «digamos que es un gran hotel para un montón de especies, como son reptiles, aves o insectos, ya que les crea protección y alimento», apunta Serena. En época de floración, a finales de agosto, tiene una importancia vital para las abejas.
Hasta los años cincuenta, en la Comunitat había plantadas unas 140.000 hectáreas de cultivo. Actualmente se calcula que no hay más de quince mil, es decir, el 90% ha desaparecido. Con la revolución industrial y la llegada de los tractores, el consumo para alimentación animal cayó en picado. En 1956 una helada en la provincia de Valencia acabó prácticamente con el cultivo. «Mucha gente mayor que nos contaba esto lo hacía con lágrimas en los ojos; hay que tener en cuenta que fueron años de la posguerra y que perdieron los garroferales y lo pasaron muy mal», recuerda Vicente. En los años ochenta, el cultivo experimentó un repunte gracias al garrofín, que se sigue usando como espesante y estabilizante para cosméticos, helados y muchos otros productos alimenticios.

Del boom al declive
La algarroba vivió unos años de esplendor hace no mucho. «En 2022 y 2023, los precios que se pagaban fueron desorbitados, se llegó a pagar el kilo a entre 2,5 y 3 euros al agricultor; ahora se está pagando a 40 céntimos», señala Ana Tarín, parte del equipo de Productos Jordán. Ubicada en Cheste, esta empresa se dedica, desde hace cinco generaciones, a la algarroba. Ellos compran el fruto y lo transforman, troceándolo, separando la semilla, y vendiéndolo, tanto para consuno animal como para humano, a otras empresas. «Estos años, la demanda tanto de troceados como de garrofín ha sido muy alta, pero esto ha desembocado en una rotura de mercado. Imagina si el primer eslabón de la cadena se pagaba a ese precio lo que se encarecía el producto final. Lo que han hecho las empresas ha sido sustituirlo por otra materia, aunque a nivel nutricional no sea igual. Los precios que más se han desajustado son los del troceado gordo —el destinado a alimentación animal—. Si a la vaca no le doy ese pienso que cuesta tanto, le doy otro de menor calidad», explica Ana Tarín. «Aquellos precios que se llegaron a pagar no eran una realidad para nosotros. Ahora otra vez nos han hundido, hemos vuelto a los precios de hace veinte años, pero con los gastos e insumos de 2026. Urge una revaloración porque, si no, pinta mal el futuro», asegura Javier Enguídanos, el agricultor de Chiva que desde que en 2015 se dedicó de manera profesional al campo empezó a plantar más algarrobos. Hoy, con 34 años —una excepción en un sector muy envejecido— no ve un horizonte demasiado halagüeño. Enguídanos afirma que la única manera para hacer rentable el cultivo es «apostar por él y darle salida al garrofín y a la pulpa, a la harina de algarroba. Y que la industria no especule tanto y reparta riqueza. Con los 30-35 céntimos que nos están pagando esto es inviable».

- - Ricardo e Inmaculada Jordán, de Productos Jordán
Ese cambio de estatus puede venir de iniciativas como la celebrada el pasado mes de septiembre en uno de los garroferales centenarios de Chiva. Un grupo de agricultores, empresarios, hosteleros y periodistas se dieron cita a los pies de un algarrobo monumental —reconocido como el mejor garrofer de España en 2025— organizado por Pipeta, un estudio creativo formado por la fotógrafa Paloma Agramunt y Carla Rodrigo. Alrededor de este árbol, con 6,5 metros de altura, un perímetro de siete metros y una edad aproximada de quinientos años, se celebró este encuentro donde se pudieron degustar productos derivados de la algarroba, desde un vermú, una tierra de garrofa y cacao, hasta un bombón de conejo, además de cerveza o licor de algarroba. Las rosquilletas de algarroba elaboradas por el horno el Puente de Chiva despertaron la admiración de los asistentes. Un evento que buscaba poner en valor la importancia de este cultivo que forma parte del ADN valenciano y del arraigo cultural e identitario de todo un pueblo.

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- Foto: Paloma Agramunt

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- Foto: Paloma Agramunt

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- Foto: Paloma Agramunt
Estas garroferas centenarias, con sus retorcidos troncos y la magnificencia de sus copas, han conseguido incluso parar una planta fotovoltaica que estaba prevista que se construyera en 2022. Al pie de la sierra de Chiva había proyectadas ochocientas hectáreas —alrededor de mil campos de fútbol— de placas solares que se iban a llevar por delante buena parte del paisaje de la Serranía. Desde la Plataforma de la Sierra de Chiva, alegaron exponiendo que 150 árboles monumentales iban a ser afectados, y consiguieron parar esta aberración. «Cuando sales de aquí no ves garroferales, y es uno de los paisajes más amenazados. Es un paisaje culturalmente muy importante, muy auténtico, que corre el riesgo de desaparecer», afirma Serena. El trabajo de la plataforma desde hace quince años y una concienciación cada vez mayor de la sociedad ha hecho que una parte importante de nuestra historia siga hoy viva.