En tiempos donde el odio cotiza más que la ternura, hasta a los Grinch que nos mostramos inmunes al amor como reclamo publicitario nos emociona asistir a ciertas demostraciones románticas que tienen como telón de fondo al restaurante. Muchas historias de amor nacen en un bar –una copa de vino que acaba siendo una botella, una cena aparentemente inofensiva que desemboca en un beso – y van consolidándose alrededor de los platos y lugares que necesitas descubrirle al otro. Incluso aquellos que reniegan del romanticismo pueden acabar protagonizando su particular Foodie Love –la recomendable serie de Isabel Coixet– si das con la persona adecuada.
Como decía Ferran Adriá en ese bonito prólogo que nos regaló para el Anuario, no hay ningún acontecimiento relevante que no se haya conmemorado comiendo. “Desde rituales religiosos a victorias militares, desde pactos de estado a la celebración de cosechas abundantes. Comer juntos es la forma más poderosa de celebrar la vida”, decía. También de consagrar el amor.
Hace solo unos días, entre los petit fours con los que terminan los menús de La Salita, Marta encontró un sobre que aparentemente no debía estar ahí. Lo abrió y dentro encontró el anillo con el que Pau, su chico, le pedía si quería casarse con él. El abrazo que se dieron a continuación no deja lugar a dudas de la respuesta de ella. Las demás mesas lo celebraron aplaudiendo. El momento está recogido en un vídeo que grabó una persona cercana a la casa a la que avisaron de lo que estaba a punto de pasar. Aunque no es una situación que ocurra todos los días, tampoco es un caso excepcional. Mayte Pérez, la jefa de sala de La Salita, reconoce que cada año tienen cuatro o cinco peticiones de mano. “Es un espacio propicio para este tipo de cosas. Siempre entramos en el juego y nos hacemos cómplices, normalmente es el novio el que nos contacta. Les ponemos en una mesa discreta o les hacemos algo especial”, explica.
En el caso de Pau y Marta, el chico lo había comentado cuando hizo la reserva pero no habían hablado con él en persona. Cuando se sentaron, Mayte buscó el momento en el que ella se levantaba al baño para saber si podían contribuir de alguna manera. Él le dio a Mayte el anillo a escondidas; el resto es lo que sale en el vídeo. Aunque normalmente quien lo propicia pide una mesa discreta, también han tenido casos que han pedido todo lo contrario. “Una vez, el novio nos pidió que quería estar en un lugar bien visible, que a ella lo que le gustaba era el protagonismo, que la miraran, que todos se dieran cuenta de lo que estaba pasando”, recuerda Mayte. Y así fue. En el polo opuesto, y cuando prefieren que no haya miradas alrededor, en La Salita invitan a la pareja a tomar el café en la bodega donde nadie más allá de los protagonistas y los vinos son testigos de lo que ocurre. “Para el equipo de sala son momentos que vivimos con mucha ilusión, es bonito que la gente nos elija para esto”, añade. El restaurante es una parte importante de la historia de vida de muchas parejas. Mayte recuerda una que se comprometió en el local anterior de la calle Séneca, y años después continúan siendo clientes asiduos, aunque ahora acuden acompañados por sus hijos. En la era del amor líquido, esto es una proeza.
El águila está en el nido
Un amigo y colaborador de esta casa había planeado un fin de semana en Menorca en el que le iba a pedir a su chica si quería casarse con él. Lo tenía todo planeado al milímetro. Había hablado con el restaurante, un conocido chiringuito a pie de playa, donde les habían guardado la mesa con las mejores vistas para que aquel momento fuera perfecto. Solo que mi amigo, cuando llegó al aeropuerto de Manises, se dio cuenta de que se había dejado el anillo en casa y no tenía tiempo de reacción para volver a por él. A las cinco de la mañana, poco antes de despegar, despertó a un colega para que intentase lo imposible: conseguir que aquel anillo cruzase las 214 millas que separan Valencia de Menorca y llegase a tiempo al día siguiente. Todo sin que su chica sospechase nada. En Correos le dieron calabazas, pero una empleada de buen corazón que escuchó la historia se empeñó en que aquel anillo debía llegar a su destino y llamó a un conocido que trabajaba en MRW. Mientras todo esto pasaba en Valencia, mi amigo seguía, desde Menorca, hablando a escondidas con el restaurante para ponerles al día de la situación y tratando de despistar a su novia para comprar, en un mercadillo, un sustituto que pudiera valer en caso de que no llegara el titular a su destino. El poder de la logística hizo que el anillo llegara a Menorca al dia siguiente y el señor de MRW que lo recibió fue en persona a llevarlo hasta el chiringuito.
Mi amigo todavía tuvo que hacer un par de malabares más para poder atender la llamada del restaurante y que ella no escuchase el mensaje. “El águila está en el nido”, le susurró una voz al otro lado del teléfono. J. respiró, aliviado. Cuando llegaron, su chica alucinó con que todos los camareros les estuvieran esperando y llamaran a su casi futuro prometido por el nombre, también de que les hubiesen dado la mejor mesa del local. En aquel momento no reparó en que todos los clientes estaban en el lado opuesto del local mientras que ellos tenían un ala entera para ellos solos. Al final de la comida, y después de varios gestos de mi amigo al camarero, salió el anillo en una bandeja, junto a dos copas y una botella de champagne. Ese no era el plan, porque la idea era que ella abriese la propia caja de MRW donde había viajado el anillo. “Esto es para ustedes”, les comunicó. La novia soltó una enorme carcajada cuando se dio cuenta de lo que pasaba y entendió el extraño comportamiento de su chico en las últimas 24 horas. Él hincó rodilla ante los vítores y aplausos del resto de clientes que se apelotonaban a un lado del local. La respuesta era obvia.
¿Le ha dicho que no?
Bea Manzanares, jefa de sala de Llisa Negra, asegura que en los restaurantes de Quique Dacosta también se dan muchas pedidas de mano. Les suelen avisar antes y siempre intentando satisfacer los deseos de la parte de la pareja que ha decidido hacer la proposición. No siempre es el hombre quien da el paso. En el restaurante triestrellado de Dénia recuerdan una pareja que ella se lo pedía a él. Dejó en manos del equipo el anillo para que les sorprendieran. Cuando llegó el momento les llevaron a un reservado donde, en el interior de una campanas doradas, reposaba la alianza con la que formalizaron la relación. También mencionan a una pareja, clientes de la casa, que se casaba en segundas nupcias, que le pidió matrimonio a ella en Vuelve Carolina, y desde entonces celebran cada aniversario de bodas en el restaurante de la calle Correos. Solo en una ocasión, también en Vuelve Carolina, el chico no les había dicho nada, y hasta que no lo vieron arrodillarse no supieron lo que pasaba en aquella mesa. Si quería mantenerse en un discreto segundo plano no lo consiguió porque todo el mundo a su alrededor aplaudió cuando hincó rodilla.
¿Alguna vez han presenciado un no? Mayte Pérez recuerda una vez, pero no fue en La Salita, sino en su anterior trabajo. “El pobre lo pasó mal”, apunta. Bea Manzanares no puede asegurar que aquella atmósfera enrarecida de una mesa en la que él le acaba de pedir la mano a ella fuese un no rotundo, pero asegura que algo pasó. “Nos dio la sensación que a ella no le hizo gracia. No creo que le dijese que no pero no hablaban, él se salió un rato fuera… no sabíamos bien qué hacer. Fue algo raro”, añade. Para el equipo de sala, son momentos divertidos. “Es emocionante que la gente nos elija para un momento especial”, afirma. Como en La Salita, son muchas las parejas que vuelven después a celebrar allí aniversarios y celebraciones especiales.

Ramos de flores y tu playlist favorita
Los restaurantes de Ricard Camarena también han sido testigos de más de una escena romántica. No solo el gastronómico de Bombas Gens. También Canalla y Habitual han dado de comer a parejas que durante el postre han sellado allí su compromiso. “Ocurre a menudo, muchas veces nos contactan para que dejemos flores en la mesa o las llevemos en el momento del anillo. Uno de los postres lo servimos en un macaron de porcelana con un hueco en el medio y en alguna ocasión, hemos dejado ahí el anillo de compromiso”, explica José Luis Marín, responsable de operaciones y compras de los restaurantes de Camarena. Le pregunto si alguna vez han tenido que decir que no a alguna petición extravagante, pero afortunadamente los hombres –porque la mayoría siguen siendo hombres– que eligen estos restaurantes son de naturaleza discreta y según dice Marín, “nunca hemos dicho a nada que no”. ¿Música? No tienen ningún problema en que suene la lista de Spotify o la canción seleccionada si se lo piden. “No perjudica a nadie. Al contrario, es un motivo de celebración”, subraya. Hace poco hasta dejaron que tocase un grupo de Mariachis en Canalla. Como el resto de compañeros de otros restaurantes, José Luis afirma que el personal de sala lleva esos momentos “con curiosidad, pero con mucho respeto. Guardas las distancias en ese instante, los miras de reojo, manteniendo siempre la privacidad”. Les ha pasado más de una vez que después de ser testigos del ‘sí, quiero’, tiempo después han acabado organizando el catering de la propia boda. Y conforme ha ido pasando el tiempo, también de aniversarios, bautizos y comuniones", concluye.
La felicidad son ratitos, y no son tantos los que se agarran a la memoria y se convierten en esenciales. Que un equipo de personas que apenas conoces y que no saben nada de tu vida colaboren para hacerlos perdurar es lo mejor que puedes decir de un restauante. Se llama cuidar.