Comer

Restaurante Cachito (Elche): herederas de la tradición

Noelia y Lidia Pascual lo llevan en la sangre: son la cuarta generación de una estirpe hostelera matriarcal. Ellas continúan con el legado familiar de manera entusiasta, recuperando las recetas de su abuela, cocinando el campo ilicitano y perpetuando un negocio con 90 años de historia.

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Los arroces a la leña de sarmientos son el principal atractivo, pero no el único, de este proyecto gastronómico casi centenario. Su récord son 89 en un solo servicio. Desde que Noelia Pascual ganara la “World Paella Cup 2021”, este restaurante tradicional ilicitano ha ganado en popularidad, pero la trayectoria consistente y resiliente de esta familia viene de mucho antes. El germen de Cachito –que es el apodo de la familia– se remonta a 1934, cuando los bisabuelos Ramón y Francisca escrituraron las tierras donde hoy está el restaurante. “Mi bisabuelo se enteró de que un hombre mayor que tenía una tiendecita se jubilaba y trajo todo para montar su propia tienda”. Así comenzaron su andadura como tenderos con carnicería propia, con un pequeño bar con barra, donde también ofrecían posada y fonda. Rezumaban espíritu emprendedor: en la temporada de verano iban a la zona de playas y montaban allí el “campamento”.

 

Cachito es un negocio matriarcal, que ha ido pasando de mujer a mujer. “Eran luchadoras y guerreras, sacaban todo adelante: hijos, casa y negocio”, cuentan a Guía Hedonista las hermanas Pascual. Su bisabuela tuvo tres hijas: Anita, Trinidad y Francisca. Fue la mediana, abuela de Noelia y de Lidia, quien se quedó con el negocio. “Era una todoterreno”, la describen sus nietas. Cada generación ha dejado su huella en el proyecto. En aquella época, en la que se trabajaba en el campo de sol a sol, los domingos eran una fiesta en Cachito: “iba un hombre que se llamaba Alejandro a tocar el acordeón y era un día para disfrutar, reír… y beber anís”, recuerdan. Su abuela ya hacía arroces, seguían vendiendo pan, carne de animales que criaban ellos mismos (pollo, conejo, cordero) y todo lo necesario para la casa, estilo mercería. Poco a poco, la tienda se fue reduciendo porque el bar ganaba terreno. Cuando José Antonio Pascual y Natividad Adsuar, padres de Noelia y de Lidia, cogieron las riendas del negocio, hicieron más grande el salón y comenzaron a servir desayunos y almuerzos desde las 6 de la mañana. A principios de los años 90 empezaron a ser reconocidos por las carnes a la brasa. Cachito siempre ha sido una parada estratégica de carretera entre Elche y Santa Pola.
 

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“Mi abuela era la que cocinaba, mi madre atendía la barra; a nuestro padre, que además era agricultor, le encantaba cocinar y estaba en la zona de brasa”. Las sucesivas generaciones iban solapándose, conviviendo armoniosamente en el negocio familiar para dar continuidad a algo extraordinario. “Mis padres jamás pidieron un préstamo para hacer las reformas que han llevado a cabo”, explican a Guía Hedonista. Ambas consideran que han heredado la fortaleza de un linaje resiliente, el espíritu luchador para seguir adelante. Antes de cumplir los 20, las hermanas Pascual ya trabajaban en Cachito, aunque hicieron sus primeros pinitos años antes. “Atendíamos el mostrador, servíamos el pan, cortábamos el embutido…”. Recuerdan hacer los deberes de matemáticas con su abuelo, Juan Adsuar. Cachito era su casa a todos los niveles, ya que fue el hogar familiar hasta 2013.

 

Noelia comenzó a formarse en hostelería en 2003 y no ha parado desde entonces. Con 22 años ya se hacía cargo de la cocina, haciendo 40 comensales diarios y 100 los fines de semana. “Mi especialidad siempre ha sido perfeccionar los caldos de los arroces, los fondos y la cocina de la abuela”, explica. Le emociona que haya clientes que van desde que son niños, así como despertar recuerdos en los paladares de quienes se sientan en sus mesas.

 

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Cuando Lidia terminó Secundaria, su padre le preguntó si quería estudiar o trabajar. Le gustaba socializar con la gente y la organización, así que decidió volcarse de lleno en el negocio familiar. Primero trabajó en la carnicería, luego se formó en vinos, como jefa de sala y cuando su madre falleció, cogió las riendas del servicio del restaurante.

 

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“Somos gente de campo, nos gusta cuidar nuestro entorno”. Enfrente del restaurante, cruzando la carretera, tienen su huerto propio con verduras y frutas de temporada, que sirven como entrantes, como las alcachofas estofadas o los higos en el postre. En Cachito ponen en valor el producto de manera sencilla pero sabrosa, como “les pipes i caraçes”, la ñora seca con capellán y ajo a la brasa, todo macerado con aceite de oliva en crudo. El aceite que utilizan es de cosecha propia, porque tienen olivos. Su arroz estrella es el de cebolla con bacalao. En la parte trasera del restaurante tienen un exuberante jardín de plantas aromáticas. Viven en el campo y del campo, con las limitaciones que ello tiene, por eso lo aprecian y aprovechan todos los recursos. Hacen compost, recuperan semillas de plantas antiguas como las alhábegas o los lirios, conciencian al equipo acerca del consumo del agua, que es un bien escaso. Han instalado máquinas de ozono y, desde hace no mucho, han conseguido que el agua que emplean en el restaurante pueda volver de nuevo a la tierra a través de un sistema MBR, de membranas que reaccionan biológicamente.

 

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En 2018 hicieron un lavado de cara al espacio, en 2020 crearon la terraza y los jardines. Y en un futuro no muy lejano quieren reformarlo por completo. Reconocen que en estos años ha habido épocas de miedo y resistencia a los cambios, también de dificultades para ganarse el respeto de los trabajadores. Era la novedad frente a la experiencia, pero las hermanas Pascual han tirado del carro con decisión y coraje, respetando el pasado, la tradición y la herencia. Ahora son los dos pilares de un proyecto con alma y propósito, de esos que agradecemos que sigan existiendo.

 

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