Nunca he escondido mis filias de la misma forma que no hago demasiado halago de mis fobias –en términos gastro–. Me gustó Maestro desde la primera vez que me senté a su mesa hace algo más de un año, y he vuelto siempre que he tenido ocasión. Le he dado la vuelta a la carta varias veces sin cansarme y espero con ilusión que me canten cada fuera de carta –recuerdo aquel bonito con tomate del pasado verano que intenté emular con estrepitoso fracaso–. Hay platos que siempre pido, y otros que depende del día. Los macarrones de la abuela están entre los primeros. A veces tengo que lidiar con algún acompañante escéptico que menosprecia la pasta antes de probarla y antepone otros productos más nobles. «¿Y por qué no las gambas o el steak?», aseveran. «Confía», afirmo con la autoridad de quien sabe que hay ciertos platos que desarman. Semanas después de descubrirles el hallazgo todavía recibo mensajes elogiando la receta como si hubiese sido yo quien la hubiese cocinado.
«La receta viene de una muy similar a la que nos hacia nuestra madre Caliz, en casa: macarrones con queso gratinado. Eso de gratinar la pasta es muy español. En Italia no se hace. Queríamos un plato para todos los públicos, algo familiar, que también sirviese para curar la resaca. Utilizamos rigatoni, y les añadimos una salsa bechamel, carrilera desmigada, un montón de queso y al horno» explica Nacho Gómez, uno de los dos hermanos responsables del establecimiento –qué suerte haberse criado esos macarrones, pienso–-.
Media ración es suficiente para acercarse al nirvana, una entera resucita a un muerto.