Detrás de cada nueva apertura hay una historia, y La Brava 1977 no es una excepción. Nació de una frase, de una ilusión y el proyecto tomó forma alejado de las redes sociales y muy cerca del comensal. Aquí no hay fuegos artificiales en la carta, sino una propuesta sin disfraces, basada en el producto. Pero no solo destaca por lo que ofrece, sino también por la atmósfera y los pequeños detalles que convierten una comida en algo más, y te hacen sentir como en casa.
Isabel Albarracín y José Manuel Benito —Beni— han abierto algo más que un restaurante muy cerca de la plaza Xúquer (calle Vinalopó, 3). Ella apenas tenía experiencia en el sector; él, cuatro décadas a sus espaldas. Mundos alejados en lo profesional —no en lo personal— que se cruzan a partir de una frase tan honesta como decisiva: “Yo montaría algo contigo”. Isabel la pronunció con honestidad, pero Beni no quería volver a la hostelería. La pandemia le había quitado la ilusión —“se fue todo a hacer puñetas”, dice sin rodeos—. Pero aquella propuesta le llegó donde importan las decisiones: al corazón. Y compartían la misma visión: hacer algo pequeño, manejable y con sentido. Se pusieron en marcha y en octubre abrió La Brava 1977. “Estoy haciendo un máster”, dice Isabel Albarracín. Se la ve feliz en este nuevo rumbo que ha tomado en su vida.

- - JM López
El proyecto nació con una idea clara: que el producto mande y la cocina acompañe —“Cuando el producto es bueno, no hace falta inventar nada”, resume Beni—. Y aquí se cumple. No hay técnica exhibicionista ni artificios innecesarios. Hay embutido. Del bueno. De Teruel: jamón, lomo, panceta, longaniza,… Cortado al momento, como debe ser. Porque no sabe igual. “Poca elaboración y calidad”, dicen. Una pequeña puerta a Aragón en Xúquer. “Un cliente se puso a llorar con la panceta”, cuentan.
La propuesta gira en torno a tablas generosas en las que el producto se muestra sin filtros. Una tabla mixta explica bien la filosofía: lonchas finas de jamón curado, salchichón y chorizo, junto a cortes de lomo y panceta. Acompañan varios tipos de queso —desde cuñas más curadas hasta piezas más suaves— que aportan contraste de texturas y sabores. Lo suyo es pedir pan, que está buenísimo.
También hay tostas, ensaladas y unas bravas que han corrido la voz por el vecindario y más allá. Las prepara Amanda, en un extremo de la barra. Patatas en dados generosos, doradas, con piel, y dos salsas: una brava, roja y con carácter, y un alioli que equilibra. Hasta las 20:00 las ponen como tapa. La bebida sigue la misma línea. Vinos —muchos de Aragón— elegidos más por afinidad que por etiqueta. Pocas referencias, pero bien seleccionadas.



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Pero hay algo que no está en la carta y define La Brava 1977: la forma de recibir y tratar al cliente. Isabel y Beni atienden con naturalidad, sin formalismos extremos y con mucha cercanía. “Producto bueno, precio razonable y hospitalidad”, dicen. Y es esa manera de ser y de estar la que marca la diferencia. “Mucha gente nos llama por el nombre”, cuenta Isabel.
El espacio acompaña en esa filosofía. La barra —larga y de madera— actúa como eje central y punto de encuentro. La iluminación, cálida, cae desde lámparas de fibras naturales y refuerza ese equilibrio entre lo rústico y lo contemporáneo. Frente a la barra, las mesas. En un rincón tienen mantas para los amantes de la terraza incluso en los días fríos. Y una estantería con libros para que la gente intercambie ejemplares y viajen de mano en mano hasta, quizá, volver a regresar. Cuidan el pequeño detalle para que la gente esté cómoda.

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Un entorno en el que también hay memoria y reconocimiento, el de las ‘otras bravas’: mujeres como María Moliner o Guillermina Medrano que abrieron el camino para las generaciones futuras —o presentes—. “Son de las discretas y de las que no tumbó la vida”, comenta Isabel Albarracín. De ahí el nombre del local. El año… El que Beni se puso por primera vez un delantal de cocina.
La Brava 1977 es un punto de encuentro. Por eso, entre semana el espacio acoge talleres de paellas, catas de vinos, un pequeño grupo leyendo en voz alta, en inglés, a una autora que alguien ha traído o incluso una charla de eficiencia energética en casa… La vida de La Brava 1977 se extiende más allá para crear comunidad y barrio. “Montamos una actividad gastronómica y otra cultural cada mes”, comentan.
Así, La Brava 1977 no intenta impresionar con artificios, sino que prefiere seducir desde su esencia: buen producto, cercanía y mesas a las que apetece volver.
Dirección: C/ del Vinalopó, 3, Algirós, 46021 València, Valencia
Precio medio: 20 euros