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el holocausto español

Gusen, el campo de exterminio que nunca existió

Francisco López García, ‘Sopas’, fue veterano de tres guerras y acabó asesinado, como muchos españoles, en el campo de concentración de Gusen (Austria): de los cinco mil que fueron confinados, el 80% perdió la vida. Su nieto, el periodista Kike Pastor, recuerda su periplo para reconstruir su historia y sus últimos días

15/06/2020 - 

VALÈNCIA.-En un apartado rincón del cementerio de Almansa (Albacete) existe aún un pequeño panteón que pertenece a la congregación de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados. Desde 1926, ese diminuto mausoleo es la última morada de las monjas que prestan sus servicios en el asilo almanseño. Pero también fue durante más de medio siglo el lugar elegido por mi abuela Enriqueta, la madre de mi madre, para llevarle flores a su marido el Día de Todos los Santos. Mi abuelo, Francisco López García, conocido como ‘Sopas’, había sido asesinado por los nazis en el campo de concentración austríaco de Gusen el 18 de noviembre de 1941, a los 37 años. Y quince años antes, el joven herrero republicano había fraguado la reja que todavía hoy sigue siendo la puerta de entrada al sepulcro de las monjas. Sobre esa reja depositaba mi abuela sus flores cada primero de noviembre.

Puede parecer una anécdota entrañable, pero en realidad no deja de ser una de las consecuencias más indecentes de cualquier guerra, y muy especialmente de la Guerra Civil española. Que los familiares de miles de muertos, desaparecidos, asesinados o fusilados, no tengan la posibilidad de honrar dignamente a los suyos, recuperar sus restos, elegir siempre que sea posible su última morada, por el mero hecho de pertenecer al ‘bando perdedor’, no es precisamente la mejor muestra de compasión. Y mucho menos de justicia en aras de la reconciliación. Sirve exclusivamente para perpetuar sentimientos de angustia, dolor, odio y rabia.

Dicen que el tiempo todo lo cura, pero no es verdad. El tiempo es, en este caso, una burda excusa, una pesada losa para enterrar el oscuro pasado, cómplice necesario e imprescindible del olvido. Por eso los familiares de las víctimas no queremos reabrir heridas, lo que queremos es que nos dejen cerrarlas definitivamente. Cerrarlas bajo tres llaves: la de la verdad, la de la justicia y la de la reparación. Nunca la del olvido. El que quiera olvidar que olvide. Pero imponer el olvido resulta inmoral y debería también estar tipificado como delito, por la cuenta que nos trae. 

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En sus 37 años de vida, mi abuelo se vio envuelto —directa e involuntariamente— en tres guerras. Y destaco lo de involuntariamente porque me consta que en ningún caso fue decisión suya participar en ellas. Más bien al contrario, intentó infructuosamente zafarse de su fatídico destino.

* Lea el artículo completo en el número de mayo de la revista Plaza

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