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patrimonio olvidado

La Valldigna: El santuario en ruinas del valencianismo

Eufemísticamente es «referente espiritual de los valencianos» pero las deudas de la Fundación Jaume II El Just  han conducido al Monasterio de Santa María de la Valldigna a una situación de parálisis en su progresiva recuperación

15/06/2018 - 

 VALÈNCIA.- «Templo espiritual, histórico y cultural del antiguo Reino de Valencia y símbolo de la grandeza del pueblo valenciano reconocido como Nacionalidad Histórica». Así considera el Estatut d'Autonomia de la Comunitat Valenciana en su artículo 57 la identidad del Real Monasterio de Santa María de la Valldigna, definición introducida por el gobierno de Francisco Camps durante su etapa de mayoría parlamentaria. Un complejo monumental —nuestro Poblet, según los gobiernos 'populares'— con una amarga leyenda negra de muerte y poder eclesiástico absolutista durante siglos sobre su entorno, de un complejo monacal que fue mandado construir por el Rey Jaume II El Just en el Valle de la Valldigna. Durante sus siglos de historia sufrió todo tipo de expolio y destrucción hasta que el gobierno socialista de Joan Lerma lo adquirió en 1991. Sin embargo, no sería hasta la llegada de la administración 'popular' cuando se produjo un empuje —mal gestionado— que hipotecó decenas de millones de euros en un espectacular proyecto de gran belleza que se retrotrae en el tiempo pero cuyo futuro es actualmente un misterio. 

Nada se sabe de la continuidad de las excavaciones y la implicación de la nueva administración en su difusión, puesta en valor y total recuperación arquitectónica con fines turísticos y culturales. Una incertidumbre que se debe, en parte, al destino de la fundación que llevaba la gestión y a cuyo frente se encontraba Vicente Burgos, uno de los miembros del denominado ‘clan del Agujero’ —formado también por Gerardo Camps, Francisco Camps y Esteban González Pons—. Se trata de la Fundación Jaume II El Just, una de tantas creadas a la sombra del poder en tiempos de opulencia y gasto descontrolado, la misma que tutelaba el monumento y mantiene una deuda de más de diez millones de euros a entidades financieras, según el último informe de la Intervención de la Generalitat. 

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Precisamente, esa deuda es la que mantiene paralizadas las excavaciones arqueológicas en el recinto de la Valldigna, así como la recuperación patrimonial de un monumento que no puede quedar a estas alturas en el olvido. Hace cinco meses concluyeron las últimas excavaciones realizadas para consolidar el sector este de la Sala Capitular del cenobio. Durante las mismas se descubrió un entramado de antiguas construcciones islámicas adheridas al Palacio del Abad y cuya existencia se intuía, pero eran desconocidas. Hoy permanecen valladas. De momento, las excavaciones, catalogación y preservación no tienen visos de continuidad pero corren peligro.

«Hay que consolidar los elementos descubiertos porque si llueve en exceso» —el valle es un espacio con un microclima muy singular al que suelen azotar las denominadas gotas frías— «se perdería todo el trabajo efectuado», advierte el arquitecto conservador de la Valldigna, Salvador Vila. Él mismo recuerda que, con anterioridad a estas intervenciones, ya apareció la planta de un nuevo claustro, actualmente espacio ajardinado e incorporado al recorrido. 

La reciente prospección confirma que el Palacio del Abad actuaba como centro de una 'ciudad' ubicada a espaldas del refectorio —sur del claustro—, que se habría mantenido hasta la desaparición del convento en el siglo XVIII.  «Los monjes, cuando llegaron por deseo de Jaume II, se instalaron en la aldea de Benizaell. A ella solían acudir los musulmanes con sus mercancías para comprar y vender», apuntan los arquitectos enfatizando que durante las últimas excavaciones salieron a la luz restos de sillería que, dadas sus dimensiones, podrían ser una construcción importante. 

Los expertos reconocen que las nuevas actuaciones arrojarían nuevas informaciones sobre el complejo pues se cree que hay muchos más edificios en su entorno y uno de ellos sería la propia biblioteca del antiguo monasterio. «No existe documentación o planos que clarifiquen cómo era el monasterio en su origen, ya que los fondos de la biblioteca de Santa María fueron trasladados al desaparecido Convento de Zaidía tras la Desamortización», explica el alcalde de Simat de la Valldigna, Víctor Mansanet (EU).

* Lea el artículo completo en el número de mayo de la revista Plaza

Un solar en ruinas

Y es que el Monasterio llegó a quedar convertido en un auténtico solar en ruinas. Sus sillares fueron utilizados por los agricultores del fértil valle para bancales. Sus elementos arquitectónicos fueron vendidos o saqueados. No fue hasta 1991 cuando la Generalitat, entonces presidida por Joan Lerma, compraba el complejo por 1,5 millones de euros a una familia que lo había adquirido tras la Desamortización de Mendizábal. Sus propietarios asolaron la construcción y desmontaron gran parte de sus elementos para convertirla en una explotación agrícola hoy controlada por el Ayuntamiento de Simat. Sin embargo, durante los gobiernos 'populares' se realizaron numerosos trabajos de recuperación que permitieron reconstruir gran parte de sus elementos arquitectónicos históricos a partir de sus ruinas y reinstalar otros que permanecían dispersos en diversos enclaves.

Por ejemplo, de los Jardines del Real de València (Viveros) se trasladó la Fuente de los Tritones, primer elemento que se descubre al acceder al antiguo complejo cirtesciense. También se 'repatrió' el claustrillo del Palacio del Abad que coronaba el inmueble. Este elemento fue vendido a un empresario de Torredolones que lo incorporó al Palacio del Canto del Pico, construido en 1920 para albergar la colección de arte de José María del Palacio y Abárzuza, primer Marqués del Llano de San Javier. 

Su recuperación fue posible gracias a que la Comunidad de Madrid denegó el permiso para albergar un Casino en el edificio. El titular del inmueble optó entonces por vender la codiciada pieza, adquirida en 2003 por la Generalitat por un millón de euros. A cambio de su venta, la Generalitat se comprometió a reinstalar en él una réplica exacta con las 238 piezas que lo componen. Las negociaciones fueron arduas. Se alargaron en el tiempo por las férreas normas sobre el patrimonio histórico artístico de la Comunidad de Madrid y su clasificación como Bien de Interés Cultural (BIC). Hoy es un magnífico espacio visitable que muestra el poder del clero y la importancia de su presencia.

En busca de la biblioteca

Dichas actuaciones significaban también  la continuidad de un proyecto de recuperación patrimonial que se inició en 1999 y permitió la rehabilitación de la almazara —convertida en el museo documental del complejo—, la reconstrucción de su refectorio, locutorio y sala capitular o la iglesia barroca con la sala capitular mandada construir por Rodrigo de Borja antes de convertirse en el Papa Alejandro VI. Sin embargo, por el camino y hasta la fecha, se ha quedado estancada la construcción de su museo arqueológico previsto en el primer piso de su impactante iglesia —para lo que se construyó incluso un ascensor— o un pequeño complejo hotelero, hoy innecesario e inviable.  

El alcalde de Simat, Víctor Mansanet, no descarta la construcción de ese museo y expresa que todas las piezas que se van recuperando se almacenan y clasifican en un antiguo edificio del cenobio. «Desconocemos cuándo se realizará el museo. La clave la tiene la Conselleria de Cultura y especialmente el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, máximo responsable del Monasterio al ser el patrón del Patronato de los Monasterios», explica Mansanet aludiendo a la ley que rige el Monasterio y que, según el propio Estatut d'Autonomia, señala a la Generalitat como la encargada de velar por la conservación, restauración y mejora del recinto monumental, así como del establecimiento y fomento de las actividades culturales y científicas que en él se realicen.

el ayuntamiento de simat aprobará un plan general estructural para salvaguardar el monasterio

Según los expertos, existen almacenadas más de 60.000 piezas arqueológicas recuperadas durante las excavaciones y que debían formar parte de su museo. Como también los florones policromados barrocos y de gran tamaño que se recuperaron de la parroquia de San Juan Evangelista de Benifairó y que pertenecen a su espectacular templo.

Sin embargo, tanto el museo como las nuevas excavaciones están paralizadas y en un estado de abandono visible. Uno de los motivos, explican los trabajadores del recinto, es también la ausencia de un arqueólogo conservador que controle el estado de las excavaciones pues aunque exista un arquitecto conservador este no está a pie de campo de forma continuada. En este sentido, critican que la falta de presupuesto o el proceso de disolución de la Fundación Jaumen II El Just no debería suponer la paralización de las excavaciones pues «existen muchas fórmulas para que se lleven a cabo trabajos durante todo el año, como realizar convenios con las distintas universidades». De hecho, sostienen, hay centenares de arqueólogos y estudiantes que se animarían a participar en campañas arqueológicas, lo que supondría «largas estancias en el municipio, algo que repercutiría positivamente en la economía local». 

Dejadez en las labores de limpieza

Otra evidencia de este aletargamiento es la ausencia de cierto mantenimiento en algunos espacios del cenobio cisterciense. Rastrojos, latas, papeles, cintas de contención y colillas se reparten por muchos rincones del monumento e incluso algunos de los elementos arqueológicos de valor cubiertos para su protección con una lámina de cristal están ocultos por la maleza. «El servicio de limpieza corresponde a la Generalitat; quien lleva el contrato es una empresa privada», resalta Mansanet, remarcando también que, desde el consistorio, se ha informado repetidamente de las irregularidades. Mansanet lamenta que ellos no pueden hacer nada. «No es competencia nuestra», concluye. 

El alcalde de este municipio de La Safor reconoce que ha existido un 'parón' en las inversiones en el Monasterio —«falta de recursos económicos y humanos»— pero sostiene que el actual gobierno autonómico le ha manifestado su compromiso por retomar la actividad e intentar «ampliar las excavaciones para completar el proyecto museístico y propiciar un aumento de las visitas reguladas». 

Vecinos, trabajadores y arqueólogos coinciden en afirmar que el Monasterio debería formar parte de un gran proyecto de turismo cultural apoyado por los municipios colindantes y la Agencia Valenciana de Turismo que, más allá de promocionar la ruta de los monasterios, incluyera un circuito de «incalculable valor» junto a otros yacimientos prehistóricos como la Cova de Bolomor, Parpalló o Marietes, junto a otros parajes naturales. 

Aun así, se ha pasado de «referente sentimental de los valencianos» a monasterio de las dudas con una merma de su promoción que básicamente se queda en manos del Ayuntamiento de Simat. «El Monasterio es una de las fuentes de riqueza de nuestro pueblo y para salvaguardarlo vamos a aprobar un plan general estructural que traza un centro histórico alrededor del complejo para regular el crecimiento de Simat y que se respete ese importante yacimiento de turismo». En los últimos dos años se ha triplicado el número de visitantes, aunque estos arrojan unas cifras discretas. Por ejemplo, en 2016  se contabilizaron 46.000 visitantes. Pero falta mayor difusión de un espacio que quien descubre, conquista por su grandeza y riqueza histórica y estética.

El abandono paulatino de la vida cultural del complejo no es nuevo, reconocen los propios hosteleros y comerciantes de la zona, sino que comenzó con la llegada de Alberto Fabra a la presidencia de la Generalitat. Con la salida de Vicente Burgos —exmarido de María José Alcón, actual pareja del exconcejal Alfonso Grau, ambos víctimas del caso Taula—, se produjo el inicio de la decadencia de la Fundación y también un descenso del celo en el control de la gestión. Dejó de estar en primera línea de atracción turística, afirman los comerciantes de la zona.

«Hubo un tiempo en que esto era un no parar», comenta un hostelero resaltando que el complejo entró en decadencia tras producirse un cambio en la Fundación y la subcontratación de empresas externas para su gestión. De hecho, en la actualidad los eventos se reducen a actos municipales o de la Mancomunidad de la Valldigna, también en proceso de disolución. El propio alcalde de la población reconoce esta situación. Recuerda que pese al limitado presupuesto, el municipio intenta realizar actividades en su interior, aunque sin grandes pretensiones. «Estamos intentando realizar exposiciones y llegar a acuerdos con las universidades para llevar a cabo cursos y talleres, así como realizar un festival de música durante los meses estivales», señala Mansanet.

Iniciativas que solo el tiempo dirá si el Real Monasterio de Santa María de la Valldigna vuelve al antiguo esplendor que lo consagró como un referente cultural y arquitectónico de la Comunitat Valenciana o quedará como otro proyecto más donde se enterraron decenas de millones de fondos europeos, ampliando así su leyenda negra. 

Un pozo sin fondo

VALENCIA.- El Ejecutivo del Botànic en estos años de gobierno no se ha referido al futuro destino de la Valldigna. Se desconoce qué será de este complejo donde tiempo atrás se entregaban premios millonarios a estrellas de la cultura, se organizaban grandes congresos, subcontrataciones e incluso ágapes de hasta ocho mil euros. Todo en pro de la cultura del espectáculo que acompañó la primera década de 2000. Y es que, la Valldigna no ha sido ajena a las mordidas, como así aparece en el sumario del caso Taula. En él, Marcos Benavent —conocido como el yonki del dinero— declaraba en la instrucción del caso que en sus tiempos vinculados a la Fundación él era el comisionista y Vicente Burgos el encargado de los contratos. Una época en la que, según diversas informaciones, se llegó a facturar 1,6 millones de euros a la fundación Jaume II El Just en año y medio a través de Thematica Events, una de las firmas que, según los investigadores del caso Taula, formaría parte del presunto entramado empresarial que derivó en un saqueo de fondos públicos.

La creación de la Fundación fue en realidad una máquina de gastar dinero en aquellos caprichos que a la Generalitat se le ocurría. Al margen de la rehabilitación del edificio, financiada por lo general con fondos europeos, era un espacio para albergar cualquier evento. Por ejemplo, se organizaron congresos y debates que tenían a la Unesco como paraguas, o también era escenario de las entregas del Premio Mundial de las Artes Valldigna, auspiciado desde el denominado Encuentro Mundial de las Artes del que nunca se supo ya nada y dejó aún menos como corpus documental de sus actividades y hazañas. El galardón aspiraba a convertirse en un Príncipe de Asturias a la valenciana. Consistía en acercar hasta el Monasterio a una figura internacional de la cultura. El premio, dotado con 72.000 euros, era una especie de pago de caché para garantizar la presencia de figuras de la talla de Pina Bausch, Peter Brook, Luciano Berio o Manoel de Oliveira. Todo se liquidaba durante un acto de fin de semana para gloria de los políticos de turno.

Del mismo modo, la fundación creada para la gestión de la Valldigna fue utilizada para organizar la cabalgata histórica del Nou d’Octubre (2008). A semejanza de la realizada por Alfons el Magnànim para conmemorar la llegada de Jaume I a València, el pasacalle costó casi 700.000 euros. Salieron de las arcas públicas. Para su celebración se requirió de 700 figurantes, de los cuales, 120 eran jinetes. Los atuendos de los participantes fueron confeccionados y supervisados por un comité científico que controlaba el diseño de los trajes, la música y hasta los olores. El pasacalle solo se celebró en una ocasión. Aun hoy se desconoce dónde está el atrezzo utilizado para la ocasión. Así, todo. ¿Patrimonio espiritual? Más bien locura sentimental.

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